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Categoría: psicologia clínica
¿PSIQUIATRA O PSICÓLOGO?

Según la psiquiatría cualquier trastorno psicológico o enfermedad mental es consecuencia de una disfunción a nivel biológico cerebral, sobre todo a nivel de los neurotransmisores. Por ello hay que combatirlo con fármacos que supuestamente actuarán sobre la “lesión” o disfunción a ese nivel. Sin embargo para la psicología un problema psicológico no es sino un fallo del individuo en la forma de reaccionar mentalmente, emocionalmente y en sus comportamientos con los demás, con el contexto o consigo mismo, con sus malestares, molestias, fallos, tendencias, actos, etc. etc,. La disfunción está en el pensamiento, en la emoción, en las conductas que lleve a cabo durante ese estado problemático y en la interacción con el medio.  La alteración biológica, según eso, sería consecuencia del problema, pues es sabido que nuestros pensamientos, sentimientos y conductas producen reacciones en nuestro organismo al activar determinados centros cerebrales. Esta distinción entre psiquiatría y psicología es vital para entender la forma de abordar dichos problemas. En el caso de la psiquiatría predominantemente se tratan con fármacos. En el caso de la psicología, la terapia trata de enseñar al paciente a manejar  sus contenidos mentales y procesos mentales, sus conductas y su forma de relacionarse con el medio, así como su estado emocional y fisiológico. No quedan excluidos los fármacos porque a veces son necesarios, cuando el malestar psíquico y fisiológico es elevado e inhabilitante como en la ansiedad o depresión, hiperactividad, pero manteniendo su ingesta tan solo el tiempo imprescindible hasta que el sujeto adquiere las habilidades necesarias para prescindir de su uso o se encuentra ajustado. Como veis dos plateamientos opuestos. No estoy de acuerdo completamente con ninguno de las dos por ser excluyentes. Coincido con el psiquiátrico en que en algunos casos como el trastorno bipolar, la esquizofrenia y el autismo parece probable que haya una base biológica, lo que ocurre es que no se ha identificado todavía. Y no coincido en esos casos con el planteamiento clínico psicológico, aunque estoy de acuerdo con él en casi todo y desde luego no tiene efectos secundarios. Pero hace falta seguir investigando.

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SOBRE LAS TERAPIAS PSICOLÓGICAS

 

Afortunadamente desde que comencé hace ya muchos años mi práctica profesional como psicólogo clínico o terapeuta la actitud de los ciudadanos hacia la terapia psicológica ha cambiado mucho, pasando de una cierta resistencia a confesar que se acudía a terapia o a que se supiese, por la connotación negativa que existía, que si ibas al psicólogo es que estabas loco o poco menos o la resistencia a reconocer que uno necesitaba ayuda, se ha pasado como digo a una aceptación casi generalizada de la figura del psicólogo clínico como un agente útil para nuestra salud mental. Eso es digno de celebrarlo porque en efecto esos profesionales pueden ayudar sensiblemente a aliviar el malestar que los trastornos psicológicos y los estilos insanos de vida producen. Sin embargo es preciso reconocer que las terapias que no han evolucionado en la misma medida en cuanto a la duración de las mismas y a la eficacia de los tratamientos, así como tampoco la formación que se recibe en las universidades y en los másters, aunque se haya evolucionado. Todavía abundan demasiado las terapias basadas en la larga exploración de los problemas que afectan a los pacientes y en la escucha activa de su historial clínico y personal, en la conversación dirigida a que sea el cliente quien caiga en la cuenta de lo que le sucede y llegue por si mismo a descubrir la solución de su problema. Terapias en las que comprender y apoyar al pacientes y el  “hablar” predomina notablemente sobre la asignación de tareas de cambio, así como en la asignación de tareas destinadas, sobre todo, a que el cliente caiga en la cuenta (esto abunda mucho) de cual es su estado emocional y su forma de pensar para modificarla, no digo que sean inútiles, pero no se puede esperar de ellas resultados eficaces y a muy corto plazo. Hablar es necesario para convencer al paciente de su necesidad de cambio, para ayudarle a tomar conciencia de sus fallos de procedimiento y de sus comportamientos inadecuados,  así como de los valores y creencias que subyacen a sus comportamientos, y para orientarle y valorar su evolución, pero no eso es suficiente para obtener un buen resultado. Tienen que provocarse y producirse cambios, lo más inmediatos posibles para que el cliente sienta alivio, que es lo que en realidad necesita y está buscando.  Por supuesto que esos cambios deben ser razonados y consensuados con el paciente, pero es ineludible perseguirlos. Por eso tan importante como hablar son las tareas o actividades de cambio que el paciente debe realizar entre sesiones. Ahí radica gran parte de la eficacia de los tratamientos, si el experto sabe bien qué tipo de cambios cognitivos, conductuales, emocionales y fisiológicos debe provocar. Muchas de las reticencias que los psiquiatras han tenido y tienen aún sobre las terapias psicológicas están basadas en que creen que los psicólogos nos dedicamos a pasar tests y hablar fundamentalmente, lo que no es cierto en todos los casos y con todos los terapeutas. Tan negativo es que se carguen las tintas solo  en las terapias farmacológicas como en las psicológicas consistentes en que los pacientes sean escuchados y apoyados  y descubran por si  mismos qué les pasa y cambien. El psicólogo está para algo más.

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SI TIENE QUE IR AL PSICÓLOGO

 

 

Ya  que estamos en un blog como este viene a cuento orientar a los posibles usuarios de los servicios psicológicos, cuando estos tienen que buscar ayuda terapéutica, sobre distintos aspectos que conviene tener claros de antemano, sobre todo, si hay que pagar por el servicio.

En primer lugar usted tiene derecho a saber en qué va a consistir el tipo de terapia que le han de aplicar o cómo trabajará el profesional con usted, pues todas las terapias no son iguales. Pida siempre aclaraciones para poder decidir con conocimiento de causa y convencido de que ese plan de trabajo le interesa.

Pregunte cuanto tiempo aproximado estima el profesional que durará el tratamiento. Cuantas sesiones y cuanto le costará cada sesión para hacer bien sus cuentas. No espere a que pasen las semanas o los meses.

De ordinario un profesional experto no necesitará emplear varias sesiones y entrevistas para saber lo que le ocurre. Por eso el profesional debe saber y explicarle, en las primeras dos o tres sesiones cual es su problema (diagnóstico),  cómo evolucionará su caso (pronóstico), en qué va a consistir el tratamiento y qué resultado se espera. Todo profesional debe inspirarnos confianza por su autoridad científica  y profesional.

Si usted busca la ayuda y va muy motivado el resultado será mejor y más rápido. Si va porque otros se lo dicen o aconsejan, pero usted no está por la labor, no pierda el tiempo acudiendo. A no ser que acuda a ver si le convence la ayuda que le ofrezcan.

Son importantes las sesiones de terapia y su desarrollo pero el profesional tiene que darle tareas o ejercicios que deberá cumplir y aplicar entre sesiones para ver el progreso. Si no hay trabajo que hacer en esos intervalos, no se puede avanzar satisfactoriamente, pues de lo que se trata en toda terapia es de cambiar y no se cambia solo porque le expliquen su caso, su problema, su trastorno y sus errores. Si duda de la utilidad de los ejercicios pida que se las aclaren.

Hay terapias que consisten en que usted hable y hable, sesión tras sesión, de aquello que siente, piensa o hace, pero habrá de saber que esa terapia no es tan eficaz ni rápida como la de recibir pautas y orientaciones que le ayuden a cambiar a encontrar alivio, a medida que las aplica.

No se corte y dígale al profesional cuales son sus dudas respecto al tratamiento, si las tiene, y respecto a su eficacia. Vale más preguntar que quedar con la duda.

No espere nunca a que pasen semanas o meses sin notar el progreso. Este puede y debe experimentarse poco a poco a las dos o tres semanas como mucho, aunque luego le lleve más tiempo su consolidación.

Recuerde que cambiar de forma de pensar respecto a algunas cosas de la vida lleva tiempo pero “empezar a cambiar” su estilo de vida y forma de actuar no lleva casi nada.

Hay que ser asertivos y no temer preguntar lo que no se sabe. Vale más enterarse al principio que luego quemarse constatando que se ha perdido un tiempo precioso. El verdadero profesional  no tendrá inconveniente en informarle como usted se merece. Es todo.

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EL FAMOSO TDA

 

Es una moderna epidemia entre los alumnos de primaria y secundaria obligatoria. No hay departamento de orientación, no hay academia que no guarde en sus cajones informes de chicos aquejados por el moderno “trastorno por déficit de atención” ( y muchos casos hipertactividad). Pero centrémonos en el déficit de atención. Esto es una
epidemia señoras y señores. Deficit de atención, qué casualidad, para lo que
implica estudiar, hacer deberes y obedecer las órdenes, porque para lo que les gusta e interesa nanai del peluquín. Eso lo captan todo con pelos y señales. Entonces ¿cómo se explica este extraño fenómeno? De extraño, nada. Detrás de esa actitud se esconde una maléfica ley que es la ley del mínimo esfuerzo o mejor dicho la de que todo aquello que nos cueste trabajo y no nos interesa no entra ni por los ojos ni por nuestras  orejas. Ahí reside el problema verdadero. Dado que la atención es selectiva y  se queda con lo que más nos interesa, no queda más remedio que educarla y centrarla también en aquello que, no siendo atractivo, deben aprender porque les hará buena falta con el paso del tiempo. Si cada vez que usted habla a su hijo lo hace frente a frente y no le deja que esté haciendo otra cosa, lo probable será que se entere bien  y la información u orden pase a su cerebro. Si cada vez que le habla evita los sermones repetidos hasta la saciedad  conseguirá que su hijo le preste algo más de atención. Si en lugar de darle al tiempo tres o cuatro órdenes acompañadas del correspondiente “rollo” le da una, es posible que la retenga. Y si cuando su hijo le habla pero no lo hace a los ojos no le contesta para obligarlo a hacer contacto ocular, también aumentará su atención. Finalmente si le asigna responsabilidades y no le da resueltas las cosas que puede resolver él, estará contribuyendo a que no haga acto de presencia el TDA. La atención se educa, sobre todo, cuando se pasa por situaciones donde uno mismo tiene que sacarse las castañas del fuego. Pero, mientras otros se las den asadas y peladas, el TDA seguirá estando en alza.

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CONTRA TODOS LOS MIEDOS

Sólo una vez me tocó ver cómo una
mujer que ya estaba sentada en el avión lo abandonó de pronto por un ataque de
ansiedad, al parecer provocada por su miedo a volar, pero conozco a mucha gente
que evita volar sistemáticamente por miedo o fobia. Cuando uno se encuentra
envuelto en una situación de peligro real el miedo es un resorte que nos puede
salvar de compl icaciones y en ese caso el miedo es un mecanismo adaptativo.
Pero cuando, como en el caso de la viajera, uno tiene miedo a algo que no es
amenazante el miedo se convierte en irracional, deja de ser adaptativo y se
convierte en un verdadero handicap.  El
miedo siempre nos empuja  a dos
reacciones, o a escapar del peligro real o percibido como tal o a evitar la
situación temida, poniéndonos excusas para no provocar el afrontamiento. En
ambos casos se deriva siempre un alivio inmediato, pues quien huye  se libra de la molestia y quien no va, no se
enfrenta, no coge el  toro por los
cuernos, es decir, quien evita la situación, también se siente aliviado. Pero
con el tiempo el alivio inmediato da paso a  un aumento de la ansiedad, el malestar y el
miedo. En el caso del peligro real se entiende la huída o la evitación, pero en
el caso del miedo irracional, al no haber amenaza verdadera  ambas reacciones no están lógicamente
justificadas, además de que, quien no se enfrenta,  pierde un cúmulo de ventajas entre las que se
encuentra la sensación de libertad. Si
el sujeto temeroso de males inventados o que raramente ocurren se decide
a usar la conducta adaptativa, es decir, la del afrontamiento  experimentará de inmediato un aumento de la
ansiedad, por lógica, pero ha de tener en cuenta que a medio y largo plazo la
ansiedad y el miedo disminuyen y el alivio general hace acto de presencia. Cuando
esa sensación se experimenta varias veces el fóbico, comienza a experimentar
una libertad que no tiene parangón y que le empujará a vivir de otra forma, sin
tanta limitación como venía sintiendo. Piénsese en cualquier fobia: la del
vuelo, la de viajar, la de hablar en público o alejarse de casa para los
agorafóbicos, la de estar en medio de multitudes o en lugares cerrados. ¿Qué es
mejor, tenerse que tomar una copa de ginebra para salir de casa y no sentir la
ansiedad en la calle o aprender a controlar su miedo a que le de un ataque, al encontrarse
lejos de su centro de seguridad? No hay color.

 

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PESADUMBRE Y REMORDIMIENTO

Estas dos palabras implican un profundo dolor interior cuando se sufren. Imagínese usted un ácido corrosivo que carcome aquello sobre lo que recae y tendrá una aceptable idea de cuales son los efectos emocionales del remordimiento. La pesadumbre en cambio es como sentir que te cuelgan de la vena ahorta un kilo de peso (pesa-dumbre) y cuyo efecto es un ahogo y una opresión del corazón que casi te impide respirar.

Los efectos emocionales de los dos sentimientos son a cual más demoledor. Ambos suelen surgir cuando uno ha cometido una falta u ofensa con consecuencias perjudiciales para quien la padece. Suelen cebarse en personas de gran sensibilidad hacia los demás, en los amantes de la justicia y del buen proceder, en la gente que es buena y que tiene buenos sentimientos hacia otros seres humanos. Pero el mayor efecto destructivo lo tienen cuando el perjudicado no está a nuestro alcance, no permite que le hagamos llegar nuestro perdón, porque se halla muy lejos de nosotros psicológicamente y sobre todo cuando ha muerto y no es posible ya demostrarle nuestro arrepentimiento.

En esos casos la pesadumbre y el remordimiento pueden durar años o toda la existencia en algún caso, de suerte que el que cometió la falta se siente condenado y sin remedio. Por tanto, siendo ambas emociones muy capaces de desgastar a quien las sufre, lo importante es prevenir en lo posible las faltas o las ofensas, cometidas ya sea por acción o por omisión. Quien sea más insensible a cometer ofensas o quien nunca haya experimentado estas emociones no puede imaginar el dolor que se siente y por eso es más probable que camine con la guardia baja, sin extremar su cuidado. De cualquier forma lo mejor es esforzarse en no ofender a nadie y a los seres queridos no sea que luego se instale el sentimiento de dolor referido y la persona sufra angustiosamente.

El mejor remordimiento y pesadumbre son los que no existen y por ello es mejor no tener que sentirlos sobre todo con alta intensidad y por tanto mejor es no ofender a nadie sabiendo la angustia que acompaña. Y si por casualidad se llegan a sentir, por no haber tenido suficiente cuidado, tacto o sensibilidad o por despiste, se debe recurrir al perdón de manera inmediata, pues el perdón, pedido y aceptado, son las mejores vías de liberarse de la angustia. Y lo que se tiene que evitar en lo posible es llegar tarde o cuando no hay remedio para recibir el perdón del ofendido. Mejor llegar a tiempo.

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Sobre el autor Miguel Silveira
Psicólogo clínico, experto en ansiedad y estrés C/ Carlos Marx,1 - 6º D Gijón (Asturias) http://www.miguelsilveira.com http://www.estresyansiedadonline.com

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