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¡HABLA!

 

Cuando quieras que los demás conozcan tu estado emocional y lo que te preocupa, ¡Habla!

Habla, si por callar  el otro abusa de tu generosidad y complacencia. Habla  para expresar tu oposición o diferencia de criterio.

A qué esperas para defender tus derechos, violentados o a punto de serlo. Habla y no te calles.

Si aspiras a que los demás conozcan tu opinión  y tu postura en algunos asuntos, ¡habla! No te quedes callado.

Y qué decir cuando no sabes algo que te interesa. Habla en forma de interrogación o de pregunta y no te calles.

¿Por qué esperas a que otros averigüen tus intenciones, basados en supuestos no bien fundamentados? Habla y exprésalas tu mismo con calma pero con claridad muy meridiana.

Los silencios son buenos, pero cuando se pueden interpretar erróneamente en contra tuya, no te calles y Habla!

Si de demostrar tu amor a las personas se tratara o tratase, además de con hechos, usa tu boca y habla!.

Si padeces el riesgo de ser ninguneado, ignorado, preterido ¿a qué esperas para hacerte notar? No te calles y habla.

Hablar es una forma eficaz y sonora de contactar con otros, de ser escuchado y de ser considerada tu existencia. Habla!.

Habla, no por hablar, pero si no dices lo que piensas o sientes, lo que sabes o temes, lo que deseas o quieres, nadie se enterará ni serás atendido como tu te mereces. No esperes más y habla!

Hablar de sentimientos finalmente libera de presiones y de angustias, de pesos y de ahogos. Habla, exprésate con las palabras.

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¡ES UNA GUERRA, AMIGOS!

 

No puede haber armisticio ni negociación. Solo cabe o vencer o ser vencidos. Es imposible porque se trata de una guerra permanente. No es pesimismo, sino realismo puro.

Por un lado estamos nosotros, los humanos, tú y yo en cuanto seres humanos. Este es uno de los bandos. En el de enfrente están los contratiempos y las adversidades que cuando menos lo pensamos aparecen, nos sorprenden al paso del camino, acechados o que se les ve venir. Son el enemigo.

Y con este enemigo no caben ni componendas, ni negociación ni pactos. Imposible. Se trata de un dilema, de que o ganamos esa guerra o seremos vencidos.

Tampoco es solución esconder la cabeza o hacernos los despistados, dejarlas pasar porque se imponen delante de nuestra vista y si pretendemos no verlas nos pasan la factura. No hay remedio.

Adoptan varias formas, se presentan cuando menos lo esperas y en cualquiera de las áreas de la vida, desde la salud, el trabajo, la economía, la familia, la pareja, las relaciones, todas, todas las áreas esconden obstáculos y contratiempos varios.

Quien opta por buscar ayuda para defenderse hará muy bien, si encuentra, pues los refuerzos son siempre bienvenidos pero lo más interesante es curtirse en las batallas diarias y adquirir fuerza, la fuerza y la moral que dan la victoria sobre ellas.

Perder esta visión bélica de lo que constituye la existencia es un acto de ingenuidad y de ignorancia.

No se puede bajar la guardia, aunque tampoco es necesario vivir en estado permanente de  neurótica alerta, como si no tuviésemos momentos de descanso. Quien ataca aumenta las probabilidades de victoria.

Por tanto, es bueno recordar, que con los contratiempos no se puede negociar o pactar. O te impones o ganan.

Cierto es que podemos siempre sacar, caso de ser vencidos alguna conclusión o moraleja que nos puede servir para rearmarnos ante los muchos de ellos, que a lo largo de la existencia nos esperan.

Eres de los que se arrugan o refugian en el fornido “primo de Zumosol” que te saque las castañas del fuego?

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¡QUISIERA SER JUNCO!

 

Desde siempre me han fascinado los juncos al ver que cuando les azota el viento, por muy fuerte y violento que estos sean, solo se cimbrean, pero nunca se parten, si están vivos (verdes quiero decir). Su flexibilidad les permite curvarse y adaptarse, pero,  pasada la ventolera vuelven a su estado preliminar o previo. Me encantan como digo, pero según pasan los años noto que mi actitud va ganando cierta rigidez y eso, además de no gustarme, confieso que me asusta. Me parecen tan injustas algunas actuaciones que me impactan con fuerza y temo que al perder flexibilidad me pueda partir en dos o en varios trozos. Tengo que hacer grandes esfuerzos de comprensión algunas veces, porque sé que es positiva y amortigua las relaciones, y de suavidad en mis reacciones, pero si me dejo llevar de mis impulsos, reconozco que alguna rigidez me amenaza ante ciertas conductas  y cuando alguien me trata con dureza. No quisiera llegar a padecer de arterioesclerosis, porque eso indica que se me están endureciendo las arterias y tampoco quisiera padecer psicoesclerosis, que significa el endurecimiento de las actitudes, pero tengo que hacer y voy a procurar hacer dieta mental. No sé si, querido lector, te ocurre a ti lo mismo. Antes yo era igualito, igualito que los juncos y ahora…ahora noto que tengo la tentación de andar, si me descuido, un poquito más rígido. Es cosa de los años.

Bueno, como sé el peligro que me acecha, tengo que ejercitarme con frecuencia en entrenar la comprensión y la empatía para contrarrestar esa tendencia. Son más sanas, lo sé. Creo que lo voy consiguiendo, pero a poco que me descuide o baja la guardia un tiempo, la rigidez que siempre nos acecha,  puede ir calando mis tejidos y, en verdad, no lo quiero.

Aunque el mal de muchos no debería ser consuelo, algo si me consuela porque no soy ni raro ni el único. Hay muchos más. Será acaso una epidemia…? Olvidé vacunarme y por eso me tengo que esforzar en ganar en cintura. A ver si lo consigo. Me ayudará recordar que yo también soy imperfecto…

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¡NO ERA PARA TANTO!

 

En cuanto nos enfrentamos a un problema tendemos a pensar lo duro que nos resultará resolverlo. Tendemos a magnificar su importancia hasta el punto de que, en algunos casos, la preocupación se apodera de nosotros, sobre todo en temas de salud, del porvenir de nuestros hijos o del nuestro propio. En determinadas circunstancias tendemos a pensar no solo que nos será difícil superarlo sino imposible. La imposibilidad y la dificultad se magnifican pudiendo frenarnos por completo, bloquearnos y dejarnos con el alma encogida. Sucede también cuando nos enfrentamos a experiencias que no hayamos tenido y cuya vivencia se nos antoja insuperable o casi. Anticipamos los resultados negativos y no nos vemos capaces de afrontarlos. De esa forma la ansiedad o la angustia dominan nuestra acción empujándonos a evitarlo en lo posible. Que se lo pregunten sobre todo a los hipocondríacos, tendentes a imaginarse ante cualquier dolor que el peor mal les acecha. Pero no sólo en temas de salud. La negatividad tiende a apoderarse de los débiles, inseguros y poco confiados en si mismos y en sus capacidades. El miedo, en fin, hace acto de presencia y tienden o tendemos a cruzar los puentes antes de que lleguemos a ellos. Seneca, nuestro sabio español, lo tiene claro y voy a citarle porque sus palabras describen mejor que yo podría hacerlo el mecanismo psicológico que se activa en cuanto nos enfrentamos a lo desconocido o dificultoso. “El camino no es tan abrupto como algunos se imaginan. Solo la primera parte tiene rocas y peñascos y aspecto de ser  impracticable, tal como mucho parajes, vistos de lejos, suelen parecer abruptos y macizos, puesto que la lejanía engaña a la vista. Luego, a  medida que se van acercando, aquellos mismos lugares que la confusión visual había amontonado,  poco a poco se separan. Entonces, lo que por la lejanía les parecía un despeñadero, se torna ligera pendiente.”  Maravillosa descripción y símil.

 

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ACOSO ESCOLAR ¿DÓNDE ESTÁ EL PROBLEMA?

El acoso escolar, después de tantos casos desgraciados, parece que se ha puesto en la diana de las autoridades educativas y de la sociedad española. A ver si es verdad, aunque mucho me temo que todo este revuelo se pase en cuanto la actualidad lo vuelva a enterrar por una temporada. El tema es complicado de atacar porque nace no ya de la idea repentina de los acosadores por su interés por hacer daño, aunque muchas veces no sean plenamente conscientes de ello, sino de un caldo de cultivo social y educativo que está detrás de ello. A medida que la autoridad ha ido perdiendo fuerza, que el miedo a ella ha disminuido, que la sensación de inmunidad ha ido creciendo a la par en los acosadores y que el clima de falta de respeto a las diferencias individuales y al otro en general, el acoso ha ido en aumento. A medida que las relaciones interpersonales por ello se van deshumanizando y parece que uno puede descargar sus impulsos violentos contra los que nos caen mal o a los que envidiamos. A medida que las familias se van desestructurando y muchos padres se inhiben de la orientación, instrucción y educación de sus hijos en valores morales. A medida que ocurre todo esto no es de extrañar que surjan cada vez más casos en los que los pequeños y los adolescentes la tomen con los más débiles, tímidos, educados o incluso con los más estudiosos ya sea por envidia, por divertirse a costa  del sufrimiento ajeno, por compensar su fracaso escolar, sus frustraciones y un largo etcétera. Si la educación emocional , la compasión, la empatía, la solidaridad, la colaboración, la caridad, el respeto a las diferencias ajenas no se cultivan predominantemente ni en las familias ni en los colegios, ni en la política ni el los medios, no deberíamos extrañarnos de que haya cada vez más casos de acoso escolar. Si añadimos la facilidad  que las redes sociales e internet ofrecen a los acosadores tendremos un plato combinado con todos los ingredientes. Por ello hacen falta muchas intervenciones en la comunidad educativa y programas como el programa KIVA finlandés o el TEI español, un teléfono al que llamar para pedir auxilio, para disminuir esta tendencia creciente en los colegios. Ah, y no se nos olvide que en los adultos también existe el acoso. Por eso si la educación emocional se empieza a aplicar desde abajo afectará para bien para que entre los adultos también vaya disminuyendo el acoso personal y laboral. Cuantas más dosis de respeto, buenas formas, lealtad, solidaridad, comprensión y empatía sembremos, menos se desarrollará esta abominable práctica.
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DIGITALIZADOS, SÍ, PERO…

Es incuestionable que la digitalización ha acarreado, hasta hace poco, increíbles e impensables ventajas y beneficios. El acceso a todo tipo de información no sólo es más sencillo sino más rápido y es instantáneo a veces. Hace la vida mucho más fácil y satisface muchas necesidades de manera inmediata. Es sencillamente maravillosa y eso que esto no ha hecho más que empezar, como quien dice. Pero, como no podía ser de otra manera, tiene algunos inconvenientes que conviene saber para neutralizarlos. Entre los tres principales se encuentra la a modo de necesidad de estar siempre conectados, por si nos perdemos información y contacto con los demás.  Relacionado con lo anterior está el riesgo de hacernos dependientes y adictos a esa conectividad continua y en tercer lugar la dificultad que conlleva de pararse a reflexionar sobre la información recibida y sobre nuestra vida en general. Los tres riesgos deben ser evitados procurando, en cuanto al primero, desconectar diariamente tiempo suficiente para volcarnos en el cuidado y la atención sobre  el mundo tangible y cercano que nos rodea. No es que el mundo digital no sea real, pero la realidad digital no puede invadir y anular la vivencia de la realidad tangible, que nos rodea. En algunos momentos la digitalización puede ser una huída rentable de la realidad palpable, si esta es desfavorable, pero si la huida es permanente, perdemos contacto con esa realidad que existe desde siempre  y eso nos puede enajenar. La adicción, como cualquier otra, debe ser evitada, pues ya sabemos hasta el punto en que puede ser dominante y esclavizadora. Pero donde mayor necesidad  veo de centrarse en la neutralización de sus efectos es en la necesidad de cultivar la reflexión, no solo sobre la información recibida, sino sobre la vida que llevamos. La reflexión, a diferencia de la impulsividad e instantaneidad, permite realizar  críticas razonables para evitar ser muy manipulados. Permite ese distanciamiento para ver la información en perspectiva y permite analizar los pros y contras y las facetas, caras e implicación de toda esa carga de información, así como evitar ser engullidos por la vorágine de noticias e informaciones múltiples que nos bombardean. El sujeto que reflexiona decidirá mejor y con más claridad, se orientará mejor y tendrá más control para aminorar las manipulaciones de que puede ser víctima.

¿Viva la digitalización, viva internet, vivan las redes sociales, los correos electrónicos, las aplicaciones y lo que venga!, pero sin permitir que nos dominen, invadan, anulen, enajenen, esclavicen o anestesien. Todo a nuestro servicio y no al contrario.

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Sobre el autor Miguel Silveira
Psicólogo clínico, experto en ansiedad y estrés C/ Carlos Marx,1 - 6º D Gijón (Asturias) http://www.miguelsilveira.com http://www.estresyansiedadonline.com

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