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Pilar Arnaldo

Desde La Pontecastru

PROHIBIDO AYUDAR


De la vecina Comunidad gallega nos llegan noticias, cuando menos, inquietantes para nuestro maltrecho mundo rural. Parece ser que el Ministerio de Empleo pretende controlar las ayudas en tareas agrícolas, incluso si se trata de la ancestral colaboración que, desde siempre, vecinos o familiares se prestan siguiendo un viejo principio de reciprocidad equilibrada que resulta fundamental para la supervivencia del campo.
Desde siempre, en nuestros pueblos se practicó la denominada andecha, comuña o simplemente “ir a ayudar”, que es la denominación más frecuente en nuestros días, al menos por esta zona del Occidente. La dureza de muchos trabajos, la abundancia de situaciones imprevistas, desgracias o emergencias y la ausencia total de coberturas sociales pudieron sortearse en las aldeas gracias a este principio inamovible de solidaridad entre vecinos, principio sagrado que incluso se cumplía entre familias enemistadas si la situación era de gran emergencia. Sin esta cooperación no hubiera sido posible acometer muchos de los trabajos campesinos. El esfoyón, la matanza, la mayada, son impensables sin la ayuda de los vecinos; Eso sin contar el componente festivo, de reunión y celebración, que no existiría si cada familia realizara en soledad su trabajo. Pero también se junta la gente del campo para sembrar o sacar las patatas, para recoger la hierba, o para cualquier otra tarea costosa, especialmente en la época actual en que las casas están faltas de brazos de trabajo y no queda otra que recurrir a la vecindad.
Una vez más nos encontramos ante leyes o normas que pueden tener sentido en otros ámbitos como las ganaderías intensivas o las grandes explotaciones agrícolas de otras zonas de España, pero que no lo tienen en las modestas comunidades campesinas del norte del país. Precisamente si los pequeños ganaderos pueden sobrevivir es, en muchas ocasiones, debido a estas ayudas que familiares, amigos o vecinos proporcionan, que siempre son sin prestación económica y siguiendo los tradicionales principios de amistad, benevolencia o buena vecindad. Incluso el Derecho Consuetudinario asturiano recoge este precepto.
Pretender legislarlo todo, controlar hasta los mas nimios detalles de la vida cotidiana de las personas da lugar a esperpentos como este. Dejen en paz a la gente del campo que ya traga con muchas más normas absurdas de las que puede soportar. ¡Anda que no habrá cosas que inspeccionar en este país sin cargar sobre los más débiles! Nuestro mundo rural ya se muere solo, no es necesario que dicten más leyes para acabar de rematarlo.

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Sobre el autor

Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional


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