Hoy, 1 de octubre, es el día mundial de la tercera edad. Y de ellos toca hablar. De esos abuelos que aquí, en este envejecido territorio rural, son mayoría.
Una generación nacida en una época especialmente difícil de la historia de este país. Vinieron al mundo en años próximos a la guerra civil, en su mayor parte, y fueron niños durante la contienda o en los duros años de la posguerra. No tuvieron una infancia fácil. Eran tiempos complicados, de hambre, miedo y opresión.
Les llegó la edad adulta al mismo tiempo que el desarrollo económico apuntaba tímidamente a esta España hasta entonces mísera y subdesarrollada. Y se subieron al carro de la lucha y el trabajo incesante. Fue una generación de trabajadores infatigables, de luchadores natos y de ahorradores y pequeños inversores que siempre tuvieron como objetivo principal la mejora de vida de sus hijos. Algunos se quedaron en el campo y muchos emigraron a las ciudades españolas o al extranjero aportando mano de obra muy apreciada por los empresarios: gente seria, cumplidora, poco conflictiva y acostumbrada al trabajo duro. Y gracias a ese espíritu de sacrificio muchos de ellos tuvieron el placer de ver como sus hijos accedían a la universidad y llenaban sus aulas en últimos años setenta y la década de los ochenta, una universidad que hasta entonces había sido coto casi exclusivo de hijos los de la burguesía y la aristocracia.
Nadie de tan poco consiguió tanto. El milagro bíblico de los panes y los peces lo hizo posible esta generación. Con sus pequeñas ganaderías, negocios o sus escasos sueldos fueron capaces, no solo de estudiar a sus hijos y proporcionarles ese ascensor social incuestionable que es la formación académica, sino de financiarles la compra de vivienda, apoyarlos a la hora de emprender negocios y ser la guardería de lujo de sus nietos.
Hoy nuestros mayores están en buena parte condenados a una vejez solitaria. Perviven en los pueblos mientras pueden valerse por sí mismos y tiene que emigrar a la ciudad cuando esto ya no es posible. Es urgente y necesario buscar fórmulas para paliar este desarraigo obligado al que se ven abocados los ancianos del mundo rural. Los ayuntamientos ofrecen algunas, como la asistencia a domicilio, que resultan muy útiles. Pero son insuficientes.
No se trata solo de asistencia material. Uno de los principales inconvenientes de los mayores es la soledad y la falta de objetivo de vida. En las culturas primitivas los ancianos gozaban de un estatus especial: se consideraba de gran importancia su saber y experiencia acumulada, se les consultaba en las decisiones importantes, tenían voz y voto en la comunidad. Así ocurría también en la Asturias campesina tradicional. Hoy parece que las modas van por otro lado. Se sobrevalora la juventud y se desprecia la vejez. Y con esto no solo los estamos condenando a ellos a una vida vacía y carente de propósito, sino que nos estamos perdiendo todo un caudal de sabiduría y experiencia que nos puede resultar sumamente útil.
Hoy, día de la tercera edad –pero también el resto del año- acompañemos a nuestros ancianos. Escuchémoslos y valorémoslos. Todavía tienen mucho que contar.