Quizás usted desayunaría bogavante. Probablemente, sustituiría la lavadora por una estufa en la que quemar la ropa al acabar el día, y esperar cada mañana la nueva remesa recién confeccionada. Pero, ante todo, repítalo, repítalo otra vez: dejaría de trabajar.
Mañana por la mañana se celebra el sorteo de Lotería de Navidad, que es, quizás, el auténtico y novísimo día de San Nicolás, San Pequeño Nicolás, patrón de la picaresca, amo y señor de la frontera que separa la ambición de la avaricia y emblema de toda una generación de españoles.
Unos pocos –no los que necesitan salir de un apuro o vivir merecidamente mejor– lo sueñan con la mirada clavada en objetivos salvajes y en una catarsis total, como todas esas que hemos ansiado y que han moteado el año: Nicolás tiene mucho más de héroe que de villano; más de maestro que de aprendiz, cuando ha conseguido con su corta edad lo que demasiados fantasean con lograr mientras que la vida se les escapa entre los dedos. Y no tanto por tocar el poder como por el manejo de una vida opulenta: el pasado miércoles era detenido en Oviedo un tipo que doblaba en edad al joven liante por intentar su particular y creativa versión, esto es, fotocopiar billetes en su casa y recortarlos con unas tijeras el domingo por la tarde. E intentar colarle uno, para más poesía, a un vendedor de la ONCE.
Este año ha sido especialmente reseñable en los anales de la ambición porque, en junio, un hombre de Parla ganaba el mayor premio de la Historia en España. 190 millones de euros. La gran pasada. Desapareció. No sabemos qué cara tiene ni qué cara se le quedó al descubrirlo, pero quizás fuese de pavor. Seguro que distinta, en todo caso, de la de Ian Galtress, un británico que un par de meses antes perdió el resguardo de un boleto premiado con un millón de euros. Su fotografía es la definición del abatimiento.
Sí podemos volver a escuchar la voz de un hombre, uno que llamó a la radio hace años al borde del llanto porque le había tocado un premio de los que a cualquiera le solucionan la existencia. Su llanto, no obstante, no era de alegría, sino de angustia: era maestro, disfrutaba con lo que hacía y al ver esa cantidad en su cuenta corriente estuvo seguro de que haberse hecho rico le iba a arruinar la vida. En realidad, decía, el premio le había servido para darse cuenta de que tenía todo lo necesario para vivir. Regaló hasta el último céntimo. Un loco mileurista.
Lo primero que hizo la anterior ganadora de un megabote –126 millones de euros– que cayó en viernes fue acurrucarse en el sofá el fin de semana, pasar una gripe y acudir el lunes a primera hora a un trabajo que temía perder. Tenía 25 años y estaba horrorizada.
Mañana hay mucho que compartir, que es lo importante según la tele; mucho que ganar, dicen los ojillos brillantes de todos los nicolases del mundo, y quizás bastante que perder, cuentan todos estos ganadores inopinados. Porque de ganar 400.000 euros, o 4 millones, o 40 millones… ¿Cuántos dejarían de hacer lo que están haciendo? ¿Qué peso nos quitaría de encima esa cantidad de dinero? ¿Qué frustración quedaría presuntamente remediada? Quizás la catarsis deba ser otra, otra distinta a fotocopiar ilusiones, hacer propósitos en el aire, fantasear con la destrucción que inevitablemente sigue al acopio: lo mismo que nos ha traído, en fin, hasta aquí, a tapar unos agujeros con cava y untar la hipoteca con caviar. Mañana, todo es posible. Y sea lo que sea… suerte.
[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 14 de diciembre de 2014.]