Michelle entró ayer por su casa vestida de rojo y hoy ha salido por las portadas de todos lo periódicos del mundo. Y lo más importante que hizo ayer Michelle entrando por su casa fue, precisamente eso, ir vestida. Vestida como fue, se entiende, que si hubiera ido en pelota estaríamos hablando de otra cosa. O eso es al menos lo que me ha parecido a mí a tenor de los sesudísimos análisis políticos que he leído, visto y oído sobre la primera entrada de Michelle en su casa. El caso es que el modelo, rojo vivo y hasta puñeta, cuello caja con drapeado, talle sin complejos, largo formal, manga francesa, es de lo único de lo que se tiene que preocupar Michelle, porque esa es su misión en la vida o, por lo menos, en la legislatura, que, en este caso, viene a ser lo mismo. Lo suyo es salir mona y, si eso, agacharse un poco, que mide metro ochenta y no queda bien al lado de señores más bajitos. (Sospecho que la renuncia de Sarko a un puesto en la cumbre de Washington en favor de España tiene algo que ver, pero es una noticia que no tengo contrastada con mis fuentes en la Casa Blanca y no me gusta hablar por hablar).
En fin, que a mí todo esto, conste, me parece estupendísimo, porque hasta donde yo sé Michelle Obama, de soltera Robinson, no iba en las papeletas y, por lo tanto, no la ha votado nadie. Lo que me revienta es que yo me muero por saber quién le hace los trajes al marido de Angela Merkel y nadie me lo dice. Yo quiero enterarme de dónde saca las corbatas el chavalote de Carme Chacón y tampoco. Ya de pequeña quise descubrir quien le firmaba las camisas al propio de la Thatcher y nunca hubo manera. Si tan siquiera algún sesudo analista político me contase dónde se pone las mechas el marido de Ana Botella… ¿Es importante o no es importante? En qué quedamos.