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Juan Neira

LARGO DE CAFE

ARECES Y TORRE

El viernes se colgó un retrato de Vicente Álvarez Areces en la Presidencia del Principado, junto a los cuadros del resto de presidentes. Adrián Barbón aprovechó la ocasión para convertirlo en una pequeña ceremonia, con la presencia de la familia de Tini: su viuda, Soledad Saavedra, hijos y hermanos, así como los tres ex presidentes socialistas vivos y varios consejeros de Areces. Barbón tiene una especial sensibilidad con los protagonistas de la historia de Asturias. Un acto sobrio, remembranza de un político que dejó su huella como ningún otro.

Un retrato soberbio, que capta la gestualidad de Tini, con el rostro entre la seriedad y la media sonrisa, que componía cuando escuchaba. Volvió a Gijón, en 1987, con un Renault de segunda mano y en doce años transformó la ciudad: calles, parques, paseos, barrios, equipamientos deportivos, campus universitario, Parque Científico Tecnológico, rehabilitación de teatros, elogios del horizonte, Semana Negra, etc. Cuando algún imberbe me pregunta por lo que hizo, en vez de recitar la lista, le digo: tres barrios (El Llano, Moreda, Montevil) y dos playas. Hasta entonces, nada; desde entonces, tampoco. De Asturias, además de dos autovías, Niemeyer, Jurásico, Laboral, etc., prefiero fijarme en el HUCA. Ningún otro presidente lo hubiera construido, con el Gobierno central en contra y las reticencias de su partido. Tuvimos presidentes de comportamientos correctos, pero construir infraestructuras o levantar múltiples equipamientos, solo uno.

Graciano Torre se incorporó al Gobierno de Areces en 2001. Asturias estrenaba bicefalia, al salir derrotados los renovadores del Congreso de la FSA. Areces pensó en Torre, pata negra del socialismo de las cuencas, para cicatrizar la herida. Torre tenía rasgos diferenciales. Era un hombre fuerte para tomar decisiones, o soportar presiones; tenía la experiencia de diez años de alcalde y había convertido la Federación Asturiana de Concejos en un centro de poder. En una comarca muy ideológica, estaba abierto a las empresas. Sobra decir que tenía un gran olfato político, lo que ahora escasea. Areces siempre valoraba su criterio.

Después de perder las elecciones, Cascos y antes de ser investido Fernández, quedé con él un día en Sotrondio. Había vuelto a la enseñanza y sin el peso de los cargos hizo un recorrido lúcido sobre la región, sus gentes y problemas, interrumpido por los saludos del vecindario. La casualidad ha querido que compartiera con Areces la fecha final: 17 de enero.

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por JUAN NEIRA

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