La reducción de la siniestralidad del tráfico en las carreteras de España es una historia de éxito. En el año 1989 hubo 9.344 muertos por accidentes de circulación; en 2023, los decesos se quedaron en poco más del millar (1.145). Somos el cuarto país de la Unión Europea con menos fallecimientos por accidente, tras Suecia, Malta y Dinamarca. Las causas de tan sensible mejora son variadas. La principal es el formidable esfuerzo realizado en infraestructuras. En 2012 ya éramos el país con más kilómetros de vías de alta capacidad (autopistas y autovías) de Europa, con 17.021 km, casi 5.000 más que Alemania y 6.000 más que Francia, país de más extensión que el nuestro. En segundo lugar, la mejora de los coches en todo lo que tiene que ver con la seguridad, tanto activa (frenos, amortiguadores, neumáticos), como pasiva (airbags, reposacabezas, sistemas de retención infantil). Un tercer factor es más difuso, pero de gran importancia: el nivel cultural de la población. Se dejaron de admirar los dobles alerones en cualquier coche utilitario y se permitió dejar pasar a las ambulancias y los vehículos de bomberos cuando tocaban la sirena. Como cuarto elemento que contribuyó a la reducción de la siniestralidad está el permiso de conducir por puntos. Hay más cuestiones, como la mayor educación vial de niños y jóvenes. En definitiva, debemos estar orgullosos de la mejora colectiva lograda, como lo estamos de haber sido el país que actuó con más disciplina en la campaña de vacunación contra el covid-19.
Asturias, entre 1990 y 2020, fue la región en que más se redujeron los fallecimientos por accidente en la carretera (88%), seguida de Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cantabria, País Vasco y Galicia. No debe extrañar, porque nuestra región tenía la red viaria más peligrosa de España, mientras que ahora las vías de doble calzada, que canalizan la inmensa mayoría del tráfico, suponen un salto cualitativo en seguridad.
Por todo lo anteriormente dicho, causa extrañeza que en los últimos tres años hayan aumentado los decesos en las carreteras asturianas. Pasamos de los 13 muertos en 2020, año del confinamiento, a 17 en 2021; 22, en 2022, y 38 en 2023. Este último dato es alarmante, porque supone un crecimiento del 73% y no guarda semejanza con lo ocurrido en España, donde los decesos se mantuvieron estables (tres muertos menos que en 2022). Hay que analizar lo sucedido y ponerse como objetivo invertir la tendencia. No podemos resignarnos a que haya un muerto cada nueve días.