Los hosteleros ven su futuro gris por el incremento de los precios en productos y servicios. Una opinión que seguro compartirán la inmensa mayoría de los ciudadanos, porque cada uno en su negocio, sea propietario o asalariado, lo sufre directamente. La patronal de turismo de Asturias, Otea, informó al finalizar el pasado ejercicio que se habían perdido 224 establecimientos, entre bares y restaurantes. A partir del mes de julio de 2022, el descenso de trabajadores autónomos fue constante. Crecieron los trabajadores por cuenta ajena y bajaron los trabajadores por cuenta propia.
Según el vicepresidente de Otea, Fernando Corral, es muy difícil encontrar mano de obra cualificada. El déficit de formación es una realidad en la mayoría de los sectores productivos. Cuando se abordan los procesos de concertación debería ponerse esta cuestión encima de la mesa, porque los gobiernos no pueden inhibirse de todo lo que tenga que ver con la formación de la mano de obra.
Los hosteleros lamentan que haya una guerra de precios en la calle, en una permanente competencia entre establecimientos. Cuando la inestabilidad de los precios está generalizada, la competencia entre establecimientos basada en el precio, más que en la calidad, es inevitable. Aunque sea duro para los que están inmersos en esa batalla, supongo que serán conscientes de que con la guerra de precios salen ganando los consumidores.
No obstante, voy a atreverme a dar una visión bastante más optimista sobre el protagonismo de la hostelería y el papel que juega en la sociedad. La hostelería española dio un paso adelante cuando en la crisis financiera de 2008 se hundió la construcción, el sector que hacía de locomotora de la economía nacional en la primera década del siglo. No digo que la aportación al PIB de la hostelería sea la misma, pero sí que fue muy relevante su capacidad para absorber la mano de obra poco cualificada que se perdía en la construcción y en otros sectores económicos.
La crisis de 2008, y el shock provocado por la pandemia, cambiaron hábitos y tendencias, sustituyendo parte del gasto que se hacía en los comercios por gasto en establecimientos hosteleros, con consumiciones al aire libre: el arrollador éxito de las terrazas, que ampliaron la superficie de los negocios. Tener una mesa en una buena terraza equivale, socialmente, a disponer de una platea en el teatro. El triunfo de Ayuso en la política, su perfil de mujer valiente y decidida, se gestó manteniendo abierta la hostelería madrileña.