Aunque todos sabemos aquel refrán de antes del euro de que nadie da duros a cuatro pesetas, conocido por todos y una gran verdad. Aunque en grado diferente el afán de encontrar chollos o gangas es innato a los humanos sin embargo hay una diferencia entre las gangas ofrecidas antes de internet y las que se ofrecen a nivel digital. En las antiguas uno podía verlas, tocarlas y comprobar in situ si la ganga merecía la pena por su precio o no, qué calidad tenía y qué aspecto presentaba. Todo era analógico y las gangas también. También los comercios las ofrecían en los conocidos periodos de rebajas, sobre todo. Y casi todos ellos usaban entre otras, la ley de la escasez como reclamo: “Solo nos quedan x artículos, compre antes de que se agoten”. Antes también se conocía el agente, empresa o comercio, que las ofrecía.
Hoy hay una enorme diferencia pues han surgido online, como hongos, agentes malvados y depredadores, (no hablo de los que aplican las rebajas y en los que se puede confiar plenamente) que nadie los conoce y entran en nuestra vida hasta la cocina a través sobre todo del móvil. Y surge un aspecto inédito hasta ahora cual es que somos capaces de comprar un artículo, un viaje o lo que cuadre sin poder tocar y comprobar tanto la verdad del anuncio como su credibilidad y a pesar de lo cual entregamos nuestros datos bancarios con sus claves(¡), exponiéndonos a quedar engañados, defraudados y dispuestos a que entren más veces en nuestra cuenta para seguir haciendo de las suyas. Por nada del mundo daríamos esos datos a personas conocidas, ni amigos ni incluso familiares, no digamos a un desconocido que nos encontramos casualmente. Consideramos con toda lógica un absurdo dar personalmente o por teléfono a alguien nuestros datos financieros más delicados. Pero no dudamos un momento hacerlo cuando, llevados del deseo de adquisición de lo que nos parece una ganga, entregamos esos datos a alguien que en absoluto conocemos ni vemos y que puede estar en las antípodas. ¿Cual es la explicación psicológica de tal comportamiento? El deseo irrefrenable de no perder una oportunidad que nos parece de oro, sin pararnos a comprobar todo el proceso por si se trata de algún tunante o depredador sin escrúpulos. Nada de eso. Muchos ciudadanos ingenuos y cegados por el precio del supuesto chollo dejan su tarjeta con todos los detalles y luego viene el llanto y el crujir de dientes, cuando es tarde ya y no hay posibilidad de retorno o de rehacer el mal en muchos momentos y casos. El caso es que sabemos que las estafas abundan, pero los listos consiguen que pensemos que la cosa va en serio. La impulsividad y la impaciencia están también detrás y contra ello solo cabe la prudencia y la desconfianza a priori antes de confiar en esos indeseables como si fuesen nuestra pareja o nuestros padres. Porque a algunos hijos tampoco les daríamos alegremente nuestros datos bancarios. ¿O no?