Permítanme que tenga dudas metódicas. Al fin y al cabo, siguiendo al filósofo Descartes, es el principio de cualquier evolución. Me refiero a lo que hemos escuchado en este pasado ocho de septiembre, Día de Asturias. En particular, cuando se dice que nuestro paraíso natural está en disposición de «liderar la nueva revolución industrial». Algo que estuvo muy presente en el discurso institucional de nuestro presidente, Adrián Barbón. Más que nada, insisto, porque ya hemos sufrido otras dos anteriores con resultados cuando menos cuestionables o directamente nefastos. La primera, la de los años ochenta, modernizó nuestra siderurgia y construcción naval. Su consecuencia fue que se amortizaron miles de puestos de trabajo. Es verdad, todo hay que decirlo, que sin esta reconversión el resultado hubiese sido peor. Es decir, el entramado de empresas públicas obsoletas hubiese acabado hundiéndose. Gracias a la iniciativa privada -siempre tan denostada en el Principado- en la actualidad ambas actividades siguen presentes. Sobre todo, la naval que constituye un ejemplo a seguir.
En la segunda revolución, la cosa fue bastante peor. Aquí de lo que hablamos es de una liquidación total del sector minero. Un cierre por cese de negocio. Una muerte dulce comprada a base de jubilaciones y sin más futuro que marchar durante los inviernos al apartamento de Benidorm. Ojo, no sólo para aquellos asturianos que con poco más de cuarenta años se iban a casa, sino para las futuras generaciones que fueron condenadas a la emigración. Ni la lluvia de millones malgastados procedentes de los fondos mineros consiguieron nada. Las Cuencas acabaron siendo un desierto en lo humano y material. Paraíso sin futuro.
Entonces, ¿por qué esta tercera revolución industrial va a ser diferente? ¿Quizá porque tiene una clara deriva ideológica? ¿Quizá porque es más verde y eso mola mucho? No sé, el caso es que se nos está vendiendo más las oportunidades, que las amenazas. Tal parece que el maná europeo acabará con los males endémicos -el paro estructural más alto de España, la menor población activa o donde cada día somos menos- que aquejan a nuestra tierra. Lo cual, como ya sabemos de sobra, no funciona por sí solo. Esto, digo, no es ese pesimismo que tanto critica Adrián Barbón, sino la duda como instrumento para llegar a la certeza que decía Descartes. La Asturias 3.0 podrá ser o no. Nada está ganado de antemano y depende de nosotros.
@balbuenajm