Ante el incesante goteo informativo acerca de las nefastas gestiones en unas cuantas cajas de ahorro que las han dejado en la ruina, al tiempo que sus máximos responsables se fueron con indemnizaciones aprobadas por ellos mismos realmente escandalosas, hay tres preguntas que muchos no podemos dejar de hacernos. 1ª) ¿Cómo es posible que se haya permitido que esas entidades financieras públicas que se concibieron para ayudar socialmente a las personas y colectivos más desfavorecidos y también para respaldar las iniciativas culturales más importantes del ámbito territorial correspondiente hayan sido destruidas por la desaprensión de unos cuantos depredadores sin que nada ni nadie lo haya impedido? 2ª) ¿Cómo se puede explicar que los partidos políticos y los sindicatos a los que pertenecían muchos de los responsables que aprobaron medidas ruinosas para esas entidades financieras no hayan dado explicaciones sobre el particular y en muchos casos no hayan tomado las medidas oportunas cuando se tuvo conocimiento de ello?. 3ª ¿Qué credibilidad puede tener el discurso de un partido político o de un sindicato que esgrimen una profunda sensibilidad por lo social cuando consintieron que determinadas personas, amparadas en sus siglas, diesen el visto bueno a ciertas operaciones financieras que constituyeron un atropello a los derechos que dicen defender, así como a las señas de identidad de las cajas de ahorro? ¿No supone un cinismo hiperbólico militar en partidos que dicen estar contra los desahucios al tiempo que se cobran buenos sueldos con cargos en entidades financieras que vinieron aplicándolos? ¿A quién pretenden engañar?
Mucho más que un saqueo, digo. Convirtieron las cajas de ahorro en viveros de canonjías para políticos que, en la mayor parte de los casos, vinieron cobrando dietas más que generosas por sentar sus traseros en unas sillas que los enriquecían, al tiempo que en la inmensa mayoría de los casos los susodichos representantes políticos no tenían ni idea de economía. A nadie se le ocurrió proponer que los representantes de las instituciones fuesen funcionarios conocedores de la materia que defendieran los intereses del Ayuntamiento de turno. Las utilizaron para operaciones tan delirantes como ruinosas. Y aquí, salvo muy contadísimas excepciones, no pasó nada, sobre todo en lo tocante a la asunción de responsabilidades políticas.
Mucho más que un saqueo, porque las cajas de ahorro no volverán a ser aquello para lo que fueron creadas. ¿De verdad tiene sentido que las estén convirtiendo, más o menos, en bancos privados? ¿Y cómo es posible que desde la izquierda de siglas nadie se haya escandalizado por el hecho de que fue un Gobierno socialista, el de Zapatero concretamente, el que más apostó por ello? La mal llamada clase política, tras haber estado parasitando esas entidades financieras durante décadas, las desvirtuó para siempre. Y aquí no pasa nada, ni siquiera un reconocimiento de los hechos, ni siquiera un replanteamiento conducente a que las cajas de ahorro recuperen sus señas de identidad.
Entre los muchos episodios vergonzantes de la política de los últimos años, lo que vino sucediendo en las Cajas de Ahorro es uno de los mayores ejemplos de parasitismo y corrupción, tan imperdonable como indignante. Sin duda, la historia tomará nota de esto. Lo que hace falta es que la ciudadanía lo haga también, sin demora.