«La inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar». (Immanuel Kant).
Se dio la circunstancia de que en el mismo fin de semana coincidieron en Asturias dos grandes acontecimientos deportivos y la fiesta de la autonomía. A ello hay que añadir la convulsión mediática y social que está generando en todo el país el llamado problema catalán, omnipresente en los discursos institucionales llariegos.
En efecto, en la ceremonia de la entrega de las medallas que otorga cada año el Gobierno asturiano, Cataluña estuvo presente en el discurso del jefe del Ejecutivo, lo cual no es ninguna novedad. Por su parte, en el Parlamento autonómico, los grupos políticos también se pronunciaron acerca del contencioso existente entre las instituciones catalanas y el Estado. Don Javier Fernández, en su discurso institucional con motivo del día de Asturias, también se ocupó del conflicto catalán. Y, como colofón a todo esto, en la liturgia en Covadonga, la máxima autoridad de la jerarquía eclesiástica en Asturias felicitó a nuestro presidente por su defensa de la unidad en España.
Así las cosas, en Asturias, la armonía impera en las relaciones entre la Iglesia y Estado, al tiempo que, tras varias décadas de autonomía, en esta tierra no hay una fiesta cívica, al margen de las devociones marianas. Se ve que tal cosa no es apremiante.
En todo momento me pregunté si fue pertinente que el problema catalán tuviese tanto protagonismo en unos actos institucionales en los que tocaba hablar de nosotros mismos, de nuestro presente, de nuestros horizontes, de nuestros problemas, de nuestras esperanzas.
Es insoslayable –y perdón por la obviedad– que el problema catalán es grave, porque, de consumarse la independencia de ese territorio, significaría un estrepitoso fracaso de España como nación, y eso no nos puede resultar ajeno. Por tanto, que se haya hablado de este asunto desde los ámbitos institucionales astures no es en modo alguno extraño, pero eso no tenía que haber llevado a lo que sucedió: hablando de Cataluña, preocupación y dramatismo; hablando de Asturias, ambigüedades y topicazos que ocuparon el tiempo y el espacio de haber abordado los grandes problemas que hay en esta tierra. Incertidumbres astures ante un futuro inquietante mientras no se detenga el declive demográfico, mientras no se despejen las incógnitas del necesario cambio generacional en los partidos políticos tradicionales, mientras no se tenga claro qué proyecto de Asturias tienen todos, también los nuevos partidos.
Y, por otra parte, los días pasados dejaron una lección muy clara: la Asturias oficial iba por un lado, mientras que la Asturias real se hizo notar con su entusiasmo en la etapa de L’Angliru y en el derbi futbolístico. Y, por favor, no me vengan con memeces supuestamente sesudas que desprecian las pasiones por el fútbol y el ciclismo, entre otros deportes, pues tales pasiones dan cuenta de una sociedad que está muy viva y que no sufre letargo alguno, a pesar de la clase política que soporta y que incluso tolera.