El Comercio
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TODOS A LA YERBA
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Pilar Arnaldo | 21-06-2017 | 10:55| 0

La recogida de la hierba seca para alimento de las vacas durante el invierno era, con mucho, la tarea mas dura del campo asturiano. Para el ‘mes de la yerba’ (de mediados de junio a mediados de julio) se preparaba la gente de los pueblos a conciencia. Así que, por estas fechas, cuando asomaba el buen tiempo, se disponían todos los miembros de la casa campesina para afrontar con éxito el trabajo más fuerte del año. Previamente las mujeres habían reservado para la época las mejores viandas. El jamón -escaso de aquella- solía guardarse para este período. También se reservaban en abundancia todas las otras carnes de la matanza y se hacía acopio de huevos, manteca, nata y todo producto necesario para elaborar las nutritivas comidas que en muchas ocasiones se consumían en el prado, a la sombra de algún árbol. Por supuesto se adquiría vino en abundancia y otras bebidas para combatir la sed de una tarea especialmente penosa y realizada a pleno sol.
También había que preparar la herramienta, los sombreros -que desde primeros de junio se ofrecían en abundancia en los puestos de los principales mercados semanales y en los comercios mixtos de los pueblos- y cualquier otra cosa que se necesitase.
La tarea de la yerba tiene tres fases principales: segar, curar (secar) y guardar. La más dura era la siega, realizada casi en exclusiva por hombres. Previamente había que sacar el corte a la ‘gadaña’ –cabruñar- tarea que solía realizar uno de los varones más viejos de la casa. Se segaba muy temprano, desde el amanecer hasta que el sol empezaba a calentar y en las últimas horas de la tarde. Si el prado era grande se juntaba un grupo de segadores para poder dominar este trabajo. Después había que ‘esparcer’ o ‘esmarallar’ para que la hierba no quedase amontonada. En cuanto estaba seca por un lado se la daba la vuelta para que curara por el otro. A continuación, especialmente si el tiempo era inestable y amenazaba lluvia, se amontonaba en ‘borricos’ – hay que especificar que todo el léxico referido a esta tarea varía muchísimo en las distintas zonas de Asturias, incluso entre pueblos muy cercanos- . Estos montones había que volver a extenderlos al sol y, finalmente, cuando ya la hierba estaba en sazón se amontonaba en una ‘morena’ –especie de balagar- . Después quedaba el trabajo de cargarla en el carro – encarrar-, trasportarla y meterla en el pajar.
Era una tarea durísima en el que colaboraban todos los miembros de la familia. Los viejos a cabruñar y prepara herramientas, los hombres jóvenes a segar, palear hierba, cargar el carro, mujeres y niños a esmarallar, dar vuelta, los niños más pequeños llevaban agua y vino a los trabajadores o pisaban la hierba en el pajar… Pero como suele ocurrir con todo aquello que requiere esfuerzo, es lo que recordamos con más nostalgia. ¿No me digan que no les gustaría volver a oír cantar un carro en un atardecer de un día de verano o despertar por la mañana y escuchar a un paisano cabruñar con desvelo la gadaña, o ponerle el ramo al último carro de la temporada y atravesar orgullosos el pueblo con la satisfacción de la tarea culminada?

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ANIVERSARIO
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Pilar Arnaldo | 12-06-2017 | 16:28| 0

Hace un año por estas fechas, un lunes 13 de junio, veía la luz por primera vez esta columna. Así que, como estamos de aniversario, hoy toca hacer balance y recopilatorio. Y agradecimientos, por supuesto.
Durante cuarenta y seis semanas traté de hacer llegar a los lectores de el diario EL COMERCIO mi visión de los problemas del mundo rural, del Suroccidente de Asturias y unos cuantos apuntes de cultura tradicional. Desde el primer artículo, “El profundo sur” -toda una declaración de intenciones-, fui, semana a semana, desgranado los distintos temas . Hubo columnas para exponer los problemas del campo: despoblamiento, abandono de los pueblos por parte de las instituciones, la autovía que nunca se termina, la brecha digital, falta de apoyo a la escuela rural… Otras dedicadas a personas o asociaciones que destacan por su buen hacer: a la arqueóloga Margarita Fernández Mier, a las mujeres del Cuarto la Riera o a la asociación El Banzao. Muchas trataron de fiestas o ferias de la zona: el Festival de la lana, la fiesta de Las Palancas, la feria de Nuestra Señora en el Puerto de Somiedo, San Bras, la reunión de los vecinos de La Bedul.
Algunas de las que me costa que más gustan a los lectores son las de cultura tradicional. Según la época del año fueron desfilando por estas páginas las distintas tareas del campo y su forma ancestral de realizarlas: las patatas, el maíz, las castañas, la matanza, las seronda, el esfoyón, la huerta. También el folclore del mundo rural: San Xuan, Antroxu, Ramos, Pascua, las mascaradas de invierno. Las hubo que se convirtieron en virales como la dedicada al pastor Nel Cañedo que llego a tener, en la versión digital del periódico, 2312 compartidos. Algunas de las que más éxito tuvieron fueron la titulada “Aldeanos”     –crítica a una representante política asturiana por utilizar esta expresión como insulto-, la dedicada a las mujeres rurales, a los ganaderos por su patrono o la de la explotación lechera que se planea abrir en Soria. La más polémica: la de los lobos. Y una de las que me consta que se recibió con mayor entusiasmo, la del verano en la braña.
El balance a día de hoy no puede ser más positivo y esto se lo debo, sin ninguna duda, a mis lectores. Quiero expresar mi gratitud a todas las personas que cada semana, a través de los “me gusta” o comentarios en Facebook, me manifestáis vuestra admiración por estos textos o los momentos de placer que os propician. Sois muchos y no puedo nombraros a todos aunque me gustaría señalar especialmente a Dionisio, el más constante, que no dejó pasar una sola vez sin poner una opinión o unas palabras de agradecimiento. Pero también a todos los que me comunican que me leen invariablemente desde la versión en papel del diario. Y, por supuesto, a aquellos lectores de los que no tengo noticia. Y una mención especial a la persona que me impulsó en esta tarea: a mi amigo el escritor Luis Arias Argüelles-Meres. Mil gracias a todos. Sois la razón para continuar. Queda mucho que contar.

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RAÍCES
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Pilar Arnaldo | 05-06-2017 | 07:23| 0

Suele ocurrir, en estos tiempos que corren, que la Asturias rural en la diáspora, los antiguos habitantes de las aldeas desperdigados por las distintas ciudades de la región o del país o por las capitales de municipios cercanos, se reencuentran en los funerales de sus convecinos. Que ya sabemos que en nuestro mundo campesino asistir a entierros de parientes, amigos o conocidos, incluso lejanos, es deber sagrado. Pues bien, los vecinos de La Bedul, en el Concejo de Miranda, hartos de coincidir solo en estos actos luctuosos, decidieron crear una forma más amable y reconfortante de encuentro y comenzaron, hace once años, a celebrar una comida anual que acoge a todos los nacidos -o a sus descendientes- en esta aldea de la montaña suroccidental asturiana.
La Bedul, uno de los pueblos más altos del Concejo, situado entre la Sierra de la Cabra y Pena Manteiga, fue en su origen braña de alzada para los habitantes de Las Luiñas, en el municipio de Cuideiru o para los de otros pueblos de Miranda. De la braña pixueta de Teixidiellu o de las mirandiegas de Carricéu y Santa Marina, alzaban en verano a La Bedul. Pero, a diferencia de los vaqueiros de la mayoría de las brañas del Occidente, que continuaron siéndolo hasta la actualidad, o por lo menos hasta que emigraron a los núcleos urbanos, los habitantes de esta aldea abandonaron la trashumancia, vendieron sus propiedades en las brañas de invierno y se establecieron definitivamente en el pueblo hacia el segundo cuarto del siglo pasado. Llegó a ser La Bedul un lugar muy poblado, con unas treinta casas habitadas. Sin embargo, siguiendo la estela de todo el rural asturiano, en los años sesenta y setenta comenzó el éxodo a las principales ciudades de la región, a Madrid y Barcelona , a países de Centroeuropa – especialmente a Suiza- o incluso a lugares situados en nuestras antípodas como Australia.
Pero si algo caracterizó siempre a los vecinos de La Bedul es su especial querencia por el lugar que los vio nacer. Ese orgullo, quizá de raices vaqueiras, por los orígenes. Un amor y aprecio por lo propio que los honra. Y como siempre fueron más amigos de fiesta y jolgorío que de penas y aflicciones, decidieron que ya estaba bien de encontrarse solo en actos tristes. La iniciativa de la reunión partio de Salustiano Rey, de casa Landocho. Con grandes dosis de entusiasmo organizó este evento que tuvo, desde el primer momento, una acogida muy favorable entre sus vecinos. Como era de esperar. Así que, ayer domingo, en su undécima edición, los vecinos de La Bedul se reunieron en torno a una buena comida. Desde el más viejo, Marcelo de La Pasadina, hasta el más joven, Pablo, de Casa Toxos, todos disfrutaron de una estupenda velada en la que contaron historias, recordaron viejos tiempos y bailaron al son de los acordes de su músico preferido, Alonso, que también tiene raíces en este precioso pueblo de montaña.
Enhorabuena por estas iniciativas, tan importantes para reforzar lazos en torno a nuestro mundo rural en declive. Dicen que los seres humanos somos raíces y alas. Ambas son importantes, pero son sin duda las primeras las que nos sostienen.

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BRECHA DIGITAL
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Pilar Arnaldo | 30-05-2017 | 12:07| 0

Las desigualdades, en lo que a servicios se refiere, entre el mundo urbano y el rural siguen siendo muy grandes o incluso se puede afirmar que en algunos aspectos aumentan. Una de estas desigualdades, quizá la mas sangrante por la importancia que tiene en el mundo actual, es la llamada brecha digital, es decir, la distancia en el acceso, uso y apropiación de las tecnologías de la información y la comunicación entre el campo y la ciudad. Según el Índice de Conectividad Global (GCI), que evalúa el progreso digital en cincuenta países, España ha mejorado mucho su situación en los últimos años con un rápido crecimiento de la banda ancha. Pero esta mejora no llega a muchas zonas del mundo rural asturiano, especialmente a las aldeas del Suroccidente, por lo que la distancia entre ambos mundos se hace cada día más grande.
Existen en el concejo de Tineo pueblos en los que la cobertura de móvil es tan escasa que es imposible hablar desde dentro de las casas. No es de recibo que en pleno siglo XXI sea necesario salir a la calle y andar un rato para poder realizar una llamada. El acceso a Internet también es complicado. La banda ancha no llega a estos núcleos de población y solo se puede acceder por el llamado Internet Radio, con un precio mucho más caro y un servicio bastante precario.
El acceso a las nuevas tecnologías es fundamental para mejorar la vida en nuestros pueblos. En primer lugar porque podría atraer población al mundo rural. Para la gente que trabaja desde casa a través de Internet, una posibilidad cada vez más extendida, la vida en el campo podría ser una estupenda opción si se dieran las condiciones necesarias para realizar dicho trabajo con seguridad. Es también muy importante para el turismo rural, tanto para los empresarios como para los clientes, así como para cualquier otra empresa que decida emprender desde estos lugares. Y un elemento fundamental de socialización para zonas con una población tan dispersa.
Pero, una vez más, como en tantas otras cosas que atañen a nuestro olvidado mundo rural, todo se queda en proyectos y buenas intenciones. O en mera palabrería. Seguimos siendo ciudadanos de segunda y cada vez con mayor motivo. ¿Tendrá esto algo que ver con que somos muy pocos a la hora de votar?

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SAN ISIDRO LABRADOR
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Pilar Arnaldo | 16-05-2017 | 16:57| 0

“San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol.”
Así reza el refrán. Este año, por estas tierras, se necesita más agua que sol, ya que la primavera, hasta ahora, vino muy seca. Pero hay mucho que pedirle al patrono de los agricultores.
La Asturias rural era tradicionalmente agricultora y ganadera. Ambas facetas se complementaban en una economía de subsistencia y autoabastecimiento que solo comercializaba unos pocos excedentes para hacer frente a gastos de bienes o servicios que la casa campesina no podía propiciar. Las mujeres de los pueblos acudían a los mercados a vender cualquier producto de la huerta, además de otros de origen animal -como la manteca y los huevos-. Poco a poco, este equilibrio entre agricultura y ganadería se fue perdiendo en favor del segundo. Dejó de cosecharse el cereal – trigo, escanda, centeno- y otros productos redujeron su presencia de forma significativa. Las tierras se convirtieron en prados para el pasto y solo quedó la huerta familiar para hortalizas y patatas. Esta fue la tendencia de los últimos treinta años: la especialización en un solo campo, en este caso la ganadería de vacuno, en detrimento de la riqueza y complejidad de la casa campesina tradicional.
En Asturias hay excelentes tierras de cultivo que podrían producir alimentos de calidad, para comercializar bajo el sello de “ecológico”, un tipo de producto que está siendo cada vez más demandado por el consumidor y que ofrece mayor rendimiento económico. Es una verdadera pena ver abandonadas zonas ricas y fértiles, como las vegas del Narcea, mientras consumimos alimentos de agricultura intensiva, traídos de lugares lejanos y de menor calidad.
Para que la agricultura vuelva a florecer en Asturias se necesitan, al menos, dos cosas. En primer lugar, un impulso decidido por parte de la Administración, con apoyo económico a las personas que decidan comenzar en esta actividad. Y, en segundo lugar, un cambio de mentalidad de la gente que, hoy por hoy, prefiere un trabajo mal remunerado y con unas condiciones laborales precarias, pero en un entorno urbano, a ser dueños de su tiempo y su actividad apostando por los territorios rurales. Si no cambiamos el “chip” estamos abocados a la pérdida de nuestra autonomía alimentaria, con todos los peligros que ello acarrea.
¡San Isidro, patrono de la agricultura, no permitas que esta muera en nuestra Asturias! Ya hemos dejado morir demasiadas cosas. Puede que algún día tengamos que arrepentirnos de tanta desidia.

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LA ALEGRÍA DE LA HUERTA
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Pilar Arnaldo | 02-05-2017 | 14:00| 0

Dice un antiguo proverbio chino: “Si quieres ser feliz durante una hora, embriágate. Si quieres ser feliz durante un día, vete a pescar. Si quieres ser feliz durante una semana, haz un viaje. Si quieres ser feliz durante un año, cásate. Si quieres ser feliz durante toda tu vida, cultiva un huerto.”
Con la llegada del mes de mayo, en estos pueblos de montaña del Suroccidente, la gente se afana en las tareas de la huerta. Una vez que se oye cantar por primera vez el cuco, es el momento de sembrar el maíz. Y entre él, las fabas, la legumbre protagonista de dos de nuestros platos emblemáticos: la fabada y el pote. Se pueden sembrar a la vez que el maíz, pero siempre es preferible hacerlo un poco más tarde, cuando este se “acacha”, labor que consiste en deshacer los terrones y alisar la tierra. También es el momento de plantar la mayor parte de las verduras y hortalizas de las que luego disfrutaremos durante el verano y otoño. O durante todo el año si las envasamos o congelamos, frescas o elaboradas.
Tiene razón este viejo proverbio. Pocas cosas habrá en la vida que produzcan tanta satisfacción como cultivar una huerta. Es la emoción de la vida misma. Sembrar, regar, ver nacer, cuidar, seguir el crecimiento y, finalmente, recolectar lo que con tanto esmero laboramos es una de las mayores dichas del ser humano. La huerta nos proporciona innumerables recompensas. En primer lugar, placer estético. Una huerta bien cuidada puede competir en belleza con cualquier jardín, sin olvidar que en estas pequeñas parcelas suelen convivir plantas para alimentación con las puramente ornamentales. Es frecuente encontrar en ellas, a los lados, rosales u otras plantas de jardín. Nos proporciona pasatiempo agradable y deporte, trabajando la tierra no es necesario el gimnasio. Es bueno para nuestra economía puesto que ahorramos en la cesta de la compra. Y la más importante, la seguridad de consumir productos de calidad, de sabores excelentes y con la certeza de que estamos alimentándonos de forma sana.
Todo esto nos ofrece la vida en el campo. Y mucho más. Así que hagamos caso a los pensadores chinos y volvamos a nuestros pueblos. Aunque solo sea un par de días a la semana, no abandonemos esa tierra que nos sustentó. Nos va en ello la felicidad, que no es poca cosa.

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SIN SERVICIOS BANCARIOS
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Pilar Arnaldo | 24-04-2017 | 13:36| 0

Tenemos mucha suerte los habitantes de estas zonas rurales y, especialmente, los del Concejo de Tineo, pues vamos a ser los más ahorradores del mundo. Y este hecho positivo y provechoso para nuestro futuro se lo debemos a las entidades bancarias con representación en la zona. Digo esto porque, últimamente, una tarea tan habitual y sencilla como sacar dinero de una cuenta corriente se puede convertir en algo tan lento y complicado que, ante las dificultades, habrá quien abandone si no es absolutamente imprescindible y quede esa cantidad que se iba a llevar en el banco engrosando felizmente sus ahorros. Y así es como se ahorra, por las buenas o por las malas. Si ni siquiera puedes sacar el dinero del banco, mal lo vas a gastar.
Tengan en cuenta que estoy hablando de personas mayores que no usan tarjeta de crédito ni ninguna otra forma de pago que no sea en efectivo.La política de los bancos de los últimos años de cerrar sucursales y recortar personal fue llevada al extremo en estas zonas rurales, de manera que, en la actualidad, realizar cualquier trámite en las oficinas de algunos bancos en Tineo se puede convertir en una pesadilla y más si no se dispone de grandes cantidades de tiempo. Algunas entidades, como Liberbank -que es el caso mas sangrante por ser la que más representación tenía en el mundo rural y la que mas recortó- cerraron el 70% de sus sucursales, es decir, de cuatro dejaron una y esa con un déficit de personal considerable.
Así es que, cuando los sufridos habitantes de estos pueblos acuden al banco, tienen que hacer colas kilométricas y armarse de paciencia para tirarse allí media mañana. Si protestan, la disculpa es que hay muchas operaciones que se pueden hacer en el cajero o con la banca online. Y yo pregunto: ¿creen ustedes que las personas mayores de los pueblos de por aquí, que son la mayoría de los habitantes, van a realizar sus operaciones en un cajero o a través de internet? ¿Desconocen que se trata de un entorno rural con una población envejecida que no sabe funcionar con este tipo de aparatos y además les causan verdadero pánico, y más en algo relacionado con el dinero que tantos esfuerzos les costó adquirir a lo largo de su vida? Eso sin contar que, muy a menudo, los cajeros tampoco funcionan.
Me dijeron hace poco en una entidad bancaria de Tineo – distinta de la anteriormente citada- que, igual que teníamos que esperar la cita para el médico o la lista de espera para una operación, había que esperar en el banco y, si era necesario, llamar antes y pedir día. Bueno, la comparación se las trae.
Habría mucho que decir de esto, pero lo primero es que parece que se les olvida que ellos son entidades privadas que hacen negocio con nuestro dinero y que nosotros somos clientes y nos deben una atención adecuada. Pero de qué nos vamos a extrañar si esto no es más que otro de los muchos casos de flagrante abandono y desprecio del mundo rural. Y los que nos representan tan tranquilos y callados.
¡Cómo si todo funcionase de maravilla!

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LA BOLLA
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Pilar Arnaldo | 19-04-2017 | 14:00| 0

Hoy, primer lunes tras la Semana Santa, todavía flota en el ambiente de las casas del Suroccidente astur el olor dulce de la masa de las bollas o rosquillas de Pascua.
En Asturias, en Pascua, es costumbre que los padrinos regalen a los ahijados “la bolla” que puede ser cualquier presente: ropa, dinero… La tradición manda que se les dé hasta que se casan. A partir de este momento, los padrinos quedan libres del compromiso. El hecho de que a este regalo se le llame bolla vienen de que, tradicionalmente, se regalaba una bolla de pan dulce. Se trata de un pan amasado con leche, harina, huevos, mantequilla y azúcar. En las casas campesinas se hacía una buena hornada de bollas ya que era costumbre regalarlos, no solo a ahijados, sino a familia, vecinos y amigos.
El amasado de los bollos dulces constituía una gran preocupación para la mujer de la casa que se jugaba mucho en ello. En primer lugar por el coste económico que suponía. Se gastaba la manteca acumulada durante una larga temporada. Lo mismo ocurría con los huevos, que se quitaban de otros usos para juntarlos para estas fechas. Además se usaba una buena cantidad de leche y, sobre todo, de azúcar, que había que comprar y suponía un desembolso que alteraba las precarias economías domésticas. Así que, ese día, el ama de casa quedaba liberada de cualquier otra tarea para dedicar todo su esfuerzo y concentración en la elaboración de las bollas, rosquillas o pan sobao –que era otra de las denominaciones que se le daban-. Pero, aunque las mujeres campesinas estaban acostumbradas a amasar y cocer su propio pan aproximadamente cada quince días, este era más complicado por la dificultad de los ingredientes. Era necesaria mucha pericia para que quedara en su justo punto, esponjado, y también en el grado exacto de cocción. Si la que lo elaboraba se descuidaba un segundo, “lo llevaba el forno”, es decir, se pasaba de cocido o incluso se quemaba un poco por fuera. Eso sí, si la fornada salía bien, era motivo de orgullo porque, con la costumbre de intercambiar las bollas, en cada casa se juntaban unas cuantas distintas y era habitual establecer juicios sobre cuál era la mejor. Era bien conocido, en cada zona y en cada valle, quienes eran las mejores amasadoras de pan de la Pascua.
Aunque hoy hay unas cuantas panaderías que los comercializan, todavía muchas mujeres en los pueblos conservan esta tradición dulce, entrañable y amistosa. Un detalle más de nuestra rica y variada cultura tradicional que ojalá nunca se pierda.

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BENDICIONES MÚLTIPLES
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Pilar Arnaldo | 10-04-2017 | 08:11| 0

La fiesta cristiana del Domingo de Ramos gozaba, en estos pueblo del Suroccidente, de una trascendencia especial. Esa mezcla de religiosidad y superstición que caracteriza nuestra cultura campesina tenía, en estas fechas, uno de sus máximos exponentes con la bendición de los ramos, el agua y el pan y su utilización como ahuyentadores de males y protectores de la casa campesina.
Se comenzaba con la bendición de los ramos. Acudía la gente de los pueblos a la iglesia o capilla respectiva cargada con buenos manojos de laurel florido. Era necesaria una gran cantidad de ellos pues luego había que repartirlos por toda la casería. Para los niños se preparaba un ramo especial adornado con cintas de colores y caramelos, rosquillas –de aquellas que se vendían por las ferias- o cualquier otra golosina, cosidos a las hojas. Se remataba con una naranja clavada en la picota. El orgullo y la alegría con que aquellos niños de antaño portaban este ramo cargado de golosinas que luego, una vez celebrada la misa y bendecido por el cura, se comerían, es difícil de explicar desde la perspectiva de la época actual. Pero había otro motivo que hacía del día ramos una fecha realmente especial: la costumbre de estrenar ropa. En unos tiempos en los que lucir vestido nuevo no era algo frecuente, se esperaba esa fecha con verdadera ilusión. La responsabilidad de que los miembros de la familia lucieran impecables, especialmente los niños y las jóvenes, recaía -una vez más- en la mujer de la casa, que se daba buenas sesiones de costura para cumplir con la tradición. No quedaba más remedio, si no quería aparecer a ojos de la vecindad como una inútil. Ya lo dejaba bien claro el refrán: “La que nun estrena en ramos/ ye que nun tien manos”.
Pero las bendiciones no se acababan aquí. Durante la semana santa, el jueves, conocido como día de las tinieblas, además de tocar carracas y dar palos en el suelo de la iglesia, se bendecía el agua. Iban los parroquianos con recipientes llenos, se echaba en la pila y el cura la consagraba. Luego se recogía y se guardaba en casa. Con ella mojaban ramas de laurel y las arrojaban en cada tierra recitando el siguiente conjuro : “Marchai sapos, ratos y toda la munición/ qu´ehí vos vei l´agua bendita y el ramu de la pasión”. También se bendecían todos los animales, cuadras, hórreos, aperos de labranza y, por supuesto, la vivienda familiar.
Finalmente, el sábado, le tocaba el turno al pan. De nuevo a la iglesia con las fogazas a bendecir. Después, comía un trozo cada miembro de la familia y se daba también uno a cada uno de los animales domésticos.
Así quedaba todo santificado y protegido de enfermedades, accidentes, plagas, o cualquier contratiempo. En la casa campesina tradicional, personas, animales y propiedades formaban una unidad indisoluble y de todo ello se cuidaba con celo y diligencia. Y si la protección venía de las altas instancias divinas, mejor que mejor.

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¿QUÉ ESTAMOS COMIENDO?
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Pilar Arnaldo | 03-04-2017 | 15:03| 0

Recientemente ha saltado a la prensa un escándalo alimentario de esos que ponen la piel de gallina a cualquier consumidor medianamente precavido. Brasil, el mayor exportador de carne de vacuno del mundo, estaba vendiendo carne podrida. Sí, así como suena, carne podrida. El proceso era el siguiente: esa carne en mal estado se lavaba con detergentes y luego se “maquillaba” con diversos productos, muchos de ellos reconocidos cancerígenos. Y a punto para consumir. Los destinatarios: la Unión Europea y Asia, principalmente. Pero no crean que el tal fraude fue cosa de un día; se venía haciendo desde hace dos años por lo menos.
Son cosas de la globalización. En Asturias tenemos una carne excelente, de una raza óptima de vacas, criadas en los ricos pastos de nuestras montañas y sometidas a continuos controles de calidad. Sin embargo, a menudo, nuestros ganaderos encuentran dificultades para vender las reses. El mercado está saturado de esas otras carnes importadas de lugares tan lejanos que no hace falta que estén podridas para que su calidad sea dudosa. Un producto fresco que atraviesa medio mundo antes de llegar a nuestra mesa nunca puede tener la calidad de uno que viene de apenas unos pocos kilómetros. Sin contar el impacto ambiental que todo ello supone. Pero no es solo una cuestión de lejanía. Las leyes, en esto, como en tantas otras cosas, rayan el absurdo. A las ganaderías de aquí se les exigen altos parámetros de calidad y, como ya dije, el control es riguroso. Sin embargo no hay ningún problema en permitir la venta de carne de lugares en los que no existen ninguno de esos controles y exigencias. ¿Tiene algo de sentido todo esto?
Eso sí, mientras tanto, nos pasamos el día anunciando a bombo y platillo que vamos a implementar medidas para proteger el mundo rural, evitar la despoblación y no sé cuántas cosas más. Y creamos organismos para ello. Pero todo en abstracto, porque atajar los problemas concretos no es costumbre por estos lares. Pues nada. Abandonemos todo lo nuestro –ya queda bien poco- y comamos esos “maravillosos” productos importados que tan bien nos saben. ¡Que aproveche!

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Sobre el autor Pilar Arnaldo
Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional