El Comercio
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Fecha: septiembre, 2012
Una conclusión sin demasiadas conclusiones
María de Álvaro 25-09-2012 | 3:43 | 18

Algunas convicciones
se desvanecen simples
frente a versos contundentes

(Victor Hugo Majus-Guatemala 1979)

Lo escribió un día Borges y no soy yo nadie para contradecirle. Escribió un día que “los hechos memorables prescinden de frases memorables”; y, si a él no le salieron, no me van a salir a mí. Más faltaba. Pienso en la frase de Borges cuando intento recapitular mi viaje, que ha sido un viaje a Guatemala, pero ha sido muchos viajes a la vez: a otro mundo, a la primavera que es allá siempre y hasta al interior de mí misma, si se me permite la cursilada, que no debería permitírseme. El caso es que he vivido hechos, para mí, tan memorables que las frases memorables resultan completamente prescindibles. Sobran. O, simplemente, no me salen. No consigo encontrarlas. Y cuando no hay palabras, siempre quedan los números. Esos que sí son, o suelen ser, incontestables.

Los números son del Instituto Nacional de Estadística de Guatemala, son de 2006 porque nadie los ha actualizado desde entonces y son falsos, o no del todo ciertos, pero sirven para hacerse una idea. Reconoce el INE de Guatemala que en el país hay un 51% de pobres, hasta un 81% en departamentos como Quiché. Son más. Muchos más. Y cuando hablamos de pobreza no hablamos de no tener dinero para comprar unos zapatos, hablamos de que, en lo que va de año, 95 niños menores de cinco años han muerto por desnutrición severa. Eso los que se saben, los que han quedado registrados. Siguen siendo más. Muchos más.

15 millones de habitantes, más del 40% menores de 14 años, suman un Producto Interior Bruto oficial de unos 20 millones de euros, pero esto tampoco es cierto porque la economía sumergida es la que más ‘flota’. De todo ese PIB, un 16,3% procede de sus recursos naturales, y a proteger esos recursos naturales destina el sector público un 0,1% de lo que ingresa. Dicho de otra manera, hay un vertedero en cada esquina. Su presupuesto anual, el que se aprobó para 2012, es de cerca de 6.000 millones de euros, de los que un 1,7% se destina al apartado de ‘erradicación de la pobreza’. El Ejército se lleva un 1,6% y el pago de deuda, un 14%, por si sirven de algo los dos ejemplos.

Y sigo. El 50% de la población rural vive en condiciones de hacinamiento. Y hacinamiento no son cuatro personas en un apartamento de 50 metros cuadrados, con su cocina y su baño. Hacinamiento son dos colchones para diez personas sobre un suelo de tierra y bajo unas láminas de metal o unas cañas de madera. Hacinamiento es tener un agujero a unos metros de la ‘casa’ que hace las veces de sanitario, una fogata con un cazo encima a la que llaman cocina y un grifo de ínfimo caudal que sirve de fregadero y ‘ducha’. Pero, insisto, esto son los datos oficiales; otra vez del INE. Vuelven a ser más, muchos más.

Si hablamos de salarios y vamos a las cifras del mínimo nos encontramos con 6,8 euros al día para este 2012, dato éste del Ministerio de la Gobernación. O sea, unos 136 euros mensuales si multiplicamos por cuatro semanas de cinco días laborables. Nuevo dato falso, porque con una economía eminentemente agrícola y una clase empresarial no siempre responsable y distribuida en cómodos monopolios, con honrosísimas excepciones, se cobra cuando se trabaja, y se trabaja cuando hay cosecha que plantar o recoger. El resto del año, Dios proveerá, desde dónde quiera que se haya metido, porque en Guatemala muchas veces cuesta encontrarle. Y eso por no hablar del número de personas que trabajan sin ningún tipo de seguro, claro que tampoco es que sirva de mucho el seguro social, que, como me dijo una vez un antigüeño: “No, chica, yo no estoy en el paro, estoy sin trabajo, aquí no hay eso de paro, aquí si no trabajas, no comes y listo”. Paralelamente, la inflación se dispara cada año. Sólo desde 2000, a una media del 6,6% anual. Ni que decir tiene que los sueldos no corren paralelos.

Y en medio de todo esto, la cooperación internacional. Sólo España ha enviado este año 30 millones de euros a Guatemala en concepto de ayudas. Unas ayudas que el país probablemente no necesitaría, o necesitaría menos, simplemente si les pagásemos sus productos por lo que valen. Si les dejásemos crecer. Si se dejasen ellos a sí mismos. Si el Congreso de Guatemala fuera algo más que una fábrica de humo. Si sus políticos se dieran cuenta de que más allá de sus paredes hay gente bien jodida. Si esa gente bien jodida cogiera de una vez la sartén por el mango y se negase a vivir como si fueran animales. Pero entonces el mundo sería otro mundo y yo tal vez tendría las palabras que no tengo. Pero tengo los números y la certeza de que, como le leí a otro guatemalteco, a Severo Martínez Peláez en su libro ‘La patria del criollo’: “Reflexionen quienes creen, equivocándose, que las ideales morales determinan la economía, y no al revés”.

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De vuelta
María de Álvaro 24-09-2012 | 5:32 | 1

No tienen de qué reírse porque lo suyo no tiene ninguna gracia. Pero son niños. Y los niños, se ríen. Ellos tienen lo que más echo de menos junto la papilla de frutas que me daba mi madre para merendar: inocencia. Y la inocencia, esa que a ciertas edades empieza a tornar en cinismo sin que uno (una) sepa muy bien por qué, o sí que es peor, es el mejor salvavidas.

No tienen de qué reirse, pero se ríen.

Hoy es mi primer día lejos de los niños de Alotenango, primer día sin Jeison (así escrito, ¿qué pasa?), sin Dilia, sin María de los Ángeles, sin Melvin, sin Juan Carlos, sin Rosalinda, sin Nancy Paola… Me subo por fin a mi último avión camino de casa, de mi otra casa, porque allá me he dejado una. Tengo niños delante, detrás y a los lados. Y lo primero que oigo es un chillido de “¡eso es mío!”; lo segundo, un “¡me aburro!”.

Creo que voy a tardar en acostumbrarme. ¿En qué momento habremos perdido la capacidad de reírnos? ¿Por qué hemos contagiado hasta a nuestros niños?

Ya no oigo nada. Todos han enchufado sus DVD, sus PSP y sus nintendos. Tienen los auriculares puestos. Están mudos. Yo también. Me he vuelto a quedar sin palabras. Igual que aquella noche en la que me preguntaba qué coño hacía en Guatemala. Creo que empiezo a saberlo.

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La sonrisa de un niño no vale
María de Álvaro 20-09-2012 | 3:34 | 3

La sonrisa de un niño no vale. Me he hartado de escuchar la expresión de que la sonrisa de un niño todo lo puede. Y no es cierto. No lo es en un país con un 51% de pobres, un país en el que una familia media, estimada en 5,5 miembros, consume al día 200 mililitros de leche (un vaso, vaya) frente a casi tanto de refrescos gaseados, 135 gramos de pollo (el resto de carnes ni siquiera figuran en los listados del Instituto Nacional de Estadística, no existen) y poco más de otros tantos de tomate y frijoles. Tortillas de maíz sí, ahí estamos hablando de 2,5 kilos diarios. Lo que se viene llamando una dieta ‘equilibrada’. Un país en el que la población activa empieza a contar a partir de los 10 años (y no, no han leído mal) y los índices de analfabetismo alcanzan el 20%, en algunas zonas y según que segmentos de población: más del 80%

La sonrisa de un niño está llena de energía, puede que hasta de esperanza, pero es sólo un minúsculo punto de sutura en una brecha profunda. El niño crecerá y el enfermo seguirá en estado crítico. El enfermo se llama Guatemala y es un lugar que la naturaleza ha bendecido y el hombre se ha ocupado de maldecir desde que mi primo Pedro de Alvarado asomase por sus selvas; puede que antes. La sonrisa de un niño necesita tener la oportunidad de convertirse en la sonrisa de un adulto. Y eso está complicado acá. Muy complicado mientras nadie, ni ricos ni pobres, tomen cartas en el asunto.

Y, pese a todo, he visto sonrisas memorables, en niños y en no tan niños. Porque este es un país increíble. Un país del que uno (una) puede enamorarse con sorprendente facilidad.

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Regalos
María de Álvaro 18-09-2012 | 11:52 | 2

La carretera parecía una curva eterna. Pasamos cafetales, campos de maíz, montañas, pueblos y hasta algo parecido a ciudades y donde quiera que diésemos la siguiente curva aparecía idéntico cartel: ‘Pinchazo’.
-¿A qué llaman exactamente ‘pinchazo’ ustedes? –le pregunté al conductor.
-Pues a ‘pinchaso’, ¿a dónde llevan ustedes el carro cuando se les poncha una rueda pues?
Y me quedo clarísimo, naturalmente.

El español es ese idioma maravilloso capaz de adaptarse a tantas y tantas realidades. Aquí (acá) hay pinchazos a los jamás puedes llevar un coche, porque resulta que eso es un cerdo y nada más que un cerdo y te pueden mirar fatal. Exactamente igual que si pretendes coger cualquier cosa y muy especialmente si te refieres a una persona. Lo aprendí un día en el recreo que propuse jugar a eso, a coger. Los niños aún se están riendo, y es fácil de imaginar por qué. Y si coger está fatal, en público al menos, se entiende, mucho peor si uno va pelado, que no es tener frío, ni estar sin un duro, ni nada que se le parezca, sino andar como su madre le trajo al mundo.

Las cosas aquí son chileras cuando son buenas, que nada hay mejor que el chile (esto ya es opinión personal) y resaca no se gasta, que es goma, pero de todas las palabras, de todas las expresiones de Guatemala, mi favorita la oí por primera vez un día en el autobús cuando una chica que quería pasar me dijo: “¿Me regala usted su permiso?” Y cómo no iba a apartarme pidiéndomelo así, hubiera salido volando de ser necesario. Aquí, y eso es lo más grande, todo se regala. Desde una cerveza en un bar, hasta un periódico en la calle, que es, por cierto, donde se venden, pasando por el tiquet de la lavandería. Luego hay que pagarlo, claro, pero suena tan bonito… Tan ‘calidá’. ¿Me lo regala?

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Amanece
María de Álvaro 18-09-2012 | 2:40 | 0

Un inglés, una estadounidense, un brasileño y una española se adentran en la selva con un viejo guatemalteco cuando apenas son las cuatro de la madrugada. Una linterna del tamaño de un mechero ilumina el camino. Ellos van en silencio, pero en la oscuridad de la noche la selva es un puro ruido, el sonido mismo de la vida que no cesa nunca, porque hasta los árboles parecen crujir mientras crecen.

No es un cuento, no, ni siquiera uno de esos chistes en los que todos se suben a un avión y sólo hay un paracaídas. La española soy yo misma y esto es lo que he tenido que hacer esta mañana para contemplar uno de los mayores espectáculos que, estoy segura, contemplaré en mi vida. Hoy he visto amanecer encaramada en lo alto de un templo maya, el de la Serpiente Bicéfala de Tikal, el más alto de Mesoamérica; 65 metros verticales de historia en piedra caliza, terminados de construir en el año 740 pese a que su primera piedra pudo haberse colocado allá por el 600 antes de Cristo.

Allí arriba, aún de noche cerrada, los gritos de los monos aulladores taladran los tímpanos y hasta vísceras más y menos poéticas. Allí arriba, con la selva a tus pies, se produce también un instante único de silencio, el que media entre la noche y el día, cuando los monos aulladores dejan paso al crepitar de los tucanes. Allí parece que el mundo se para y uno (una) teme que vaya a ser verdad eso de la profecía maya, que, todos tranquilos, será sólo un cambio de era. Me lo han jurado. Pero ese silencio dura apenas un instante, y cuando el primer rayo de sol, aún rojizo, amenaza la noche y cesa su música, comienza la del día. Y lo hace entre una bruma casi fantasmagórica que termina por fundirse con el suelo y desaparecer.

El viejo guatemalteco me lo había advertido al empezar la caminata.
-Señorita, esto que vamos a ver es lo más importante de la vida después del nacimiento de uno.
-Vamos a ver cómo amanece, ¿no sucede eso todos los días?
-No, señorita, porque allá donde usted vive, en uno de esos países que yo les digo de ‘alta tensión’ (después me contaría que durante unos meses al año tiene que trasladarse a Estados Unidos, el porqué ya no lo sé), amanece y no se dan ni cuenta, porque no se paran a escuchar. Por eso usted cree que no es importante algo que ocurre todos los días, cuando ahí está precisamente su importancia.

Hoy escuché amanecer en medio de la selva y en lo alto del templo de la Serpiente Bicéfala y le tuve que dar la razón al viejo guatemalteco, que también me había advertido de algo que dicen quienes aún son más viejos que él en su pueblo maya: “Nos sentimos tan humanos que nos hemos olvidado de que formamos parte de la naturaleza”.

Allí arriba, no. Porque allí arriba está la pura, simple y tan compleja belleza, esa que hace posible que el mundo siga girando. Pese a todo.

PD: Tikal es uno de los lugares más bellos en los que he estado nunca. Comparable a la primera vez que te plantas ante las ‘Meninas’, a la sensación que produce situarte justo a la altura del dedo gordo del pie de Ramses II en Abu Simbel, sentarse en un banco a mirar la vista trasera de Notre Damme, cruzar el cañón de la media luna de Petra, pasear por San Lorenzo una mañana de marea baja y cielo despejado. A la primera página de ‘Lolita’, a la obertura de ‘Tristán e Isolda’, a un beso en condiciones.

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