La intervención de Álvarez-Cascos, tras la comida en la que se celebraba la concesión del galardón de ‘Paisano de Honor’ del Día de Asturias en Valencia de Don Juan, respondió a la expectación creada. El ex ministro no entró en detalles, evitó citar nombres propios, salvo los de Fraga Iribarne, Aznar y Rajoy, pero se le entendió todo. No dijo que iba a regresar a la política activa ni mucho menos que pretendía ser el candidato a la Presidencia del Principado, pero aseguró que las condiciones puestas por él para el regreso (profundo deterioro de la convivencia democrática) estaban presentes.
Del discurso destacan algunos elementos. En primer lugar, la imputación de responsabilidades en la crisis del PP asturiano de 1998. El ex ministro afirmó que la ruptura entre el PP y Sergio Marqués se inició con declaraciones estridentes de quienes ahora repiten comportamiento. No hay mucho margen para la interpretación: Álvarez-Cascos está aludiendo a las fuertes declaraciones de Gabino de Lorenzo, en abril de 1998, descalificando a Marqués, de similar tono al documento firmado por el ‘grupo de los cuatro’ (De Lorenzo y los líderes municipales de Gijón, Avilés y Mieres) contra Álvarez-Cascos hace unas semanas. Esta valoración nunca la había hecho y quizás explique el posterior distanciamiento entre ambos personajes.
En toda la intervención está presente el impacto causado por la declaración del ‘grupo de los cuatro’, así como por el intento de instrumentalizar al comité electoral para aprobar una resolución en la que se rechazaba una «hipotética candidatura». El mayúsculo disparate, que refleja la degradación a la que se ha llegado en el funcionamiento de los órganos del PP, da pie al ex ministro para hacer una exposición dogmática sobre cómo debe funcionar un partido ganador. No es un mero repaso teórico, sino que debe entenderse como la hoja de ruta de Álvarez-Cascos en su regreso a la política asturiana: nuevo equipo en la dirección regional del partido que vele por el comportamiento de los órganos internos.
Álvarez-Cascos acepta el envite y considera que la lucha electoral debe ir precedida de la regeneración en el partido. El futuro está por escribir, pero todo indica que el ex ministro se atreve, en el plazo de diez meses, a luchar contra la gangrena de la organización asturiana del PP y la fuerza del Partido Socialista.