El Comercio
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Categoría: optimismo
BUSCAR ALTERNATIVAS

“No hay cosa más perdida que el ratón que no sabe sino un solo agujero.  Qué quieres, hija, de este número uno? Más inconvenientes te diré del que años tengo a cuestas” decía la Celestina a Parmeno. No es bueno poner todos los huevos en una sola cesta, diría el refrán hispano, calcando las palabras de Fernando de Rojas. Quienes a lo largo del tiempo no se han ocupado de investigar y hallar alternativas por si la senda que transitan ofrece obstáculos o se hace intransitable o se ven ante una emboscada de la vida. A los que con facilidad se acongojan  cuando las cosas se tuercen les viene bien saber que es bueno disponer de alternativas para escapar de turbias depresiones y del ánimo bajo que seca la ilusión y la esperanza. Siempre ha sido conveniente esa actitud abierta  hacia diferentes escapatorias, pero en este tiempo de alta precariedad e inestabilidad, de cambios sobrevenidos bruscamente por causa de los flujos económico-financieros hay que tenerla con más razón aún. Es más, no solo es bueno tener preparadas más salidas por si acaso, sino que resulta altamente saludable que a cada bajón emocional se responda de inmediato como si de un aguijonazo se tratase, redoblando esfuerzos, aumentando la curiosidad, la creatividad, la invención, la innovación y la preparación versátil. Y digo de inmediato porque una vez que las hormonas del desánimo caen en el torrente sanguíneo más difícil resulta limpiarlo, como le ocurre a una mancha de aceite en cualquier tejido.  Dejarse apabullar por el contratiempo, si bien es lo más fácil, es el peor remedio para salir airoso de cualquier vendaval que nos azote. En fin, más salidas, más puertas abiertas, más planes razonables y voluntad prometeica son necesarias. Ahora sobre todo.

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ME LO MEREZCO

No hace mucho viendo la televisión me llamó la atención  y me agradó, por qué callarlo, que un  joven apreguntas de un periodista dijese que estaba enamorado y su pareja también deél. Y concluía con un ¡me lo merezco! No trascendieron las razones pero tampoco era necesario. Se veía que aquel el hombre era más que consciente que el mérito era propio y lo reconocía con alborozo. ¿Por qué iba a quitarse esa medalla y por qué no reconocer el bienestar del que uno disfruta si no es a costa de arrebatárselo a los otros? No hace falta ir publicando a los cuatro vientos nuestras cualidades, nuestros logros y nuestros éxitos porque además de despertar envidia, en muchos casos puede causar rechazo la exhibición de una excesiva confianza en uno mismo y puede dar la sensación de una falsa inmodestia. El exceso de autocomplacencia no es general, en todo caso y ciertamente cuando lo vemos, lejos de producir admiración nos provoca rechazo. En el extremo opuesto se sitúan todos aquellos que teniendo motivos para mostrar sus cualidades optan por tender a ocultarlas e incluso si alguien les aborda y les habla de ellas o les pregunta por sus logros suelen sentir sonrojo  y rápidamente tratan de quitar importancia y minimizarlos para hablar de otros temas porque se encuentran incómodos , turbados o azorados. Es como si les pusiesen en un aprieto al hablar bien de ellos. Esto es lo que hace la mayoría porque confunden reconocer sus méritos con presumir de ellos aunque a lo que se limiten sea a contestar a una pregunta y responder a una evidencia.

Hay sin embargo una minoría que no tiene ningún inconveniente en reconocer cuando se les pregunta o cuando es apropiado, decir la verdad,  mostrar sus cualidades y lo hacen con naturalidad. ¿Por qué habían de ocultarlo, me pregunto, si esa es la verdad? Por qué no reconocer ellos mismos sus méritos, si son cosecha propia y a nadie se los han arrebatado? ¿Dónde puede residir la explicación a esos comportamientos de ocultación y azoramiento? En que algunos confunden presumir de si mismos con decir la verdad. Otras veces la tendencia a no exhibirlos suele ir acompañada de un nivel de autoestima no suficientemente desarrollado. Y otras es que hay personas que tienden a atribuir sus éxitos más que a su propio esfuerzo, aunque reconozcan su trabajo, a la suerte o a circunstancias favorables externas. En todo caso es una pena que así ocurra.  Por tanto hay que reconocerlo cuando somos  los artífices de nuestro bienestar y nos lo merecemos. Pasarse no parece oportuno pero quedarse corto, es una pena.

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NO VIVIR ACOMPLEJADOS

 

Viví la experiencia de salir a
extranjero siendo joven y hacerme sentir inferior por el hecho de ser español.
Tuve que aguantar bromas y comentarios maliciosos sobre el general Franco como
si yo y  cada uno de nosotros
fuésemos  tan rechazables como el general
español. Lo viví en propia carne hasta que un dia me rebelé contra el profesor en
una clase de inglés en Inglaterra, diciéndole ¡ya basta! Que si el general español
era un mal nacido yo, por ser español,  no tenía la culpa ni yo era un mal nacido por
lo mismo. Que suponiendo que Edward Heath, jefe de gobierno británico entonces,
fuese un canalla, no por eso él tenía que serlo. Desde aquel momento me gané su
respeto.  Ahora tengo el presentimiento
de que vuelven a mirarnos a los españoles como ciudadanos de segunda o tercera
categoría y tengo la sensación de que puede instalarse en nuestras mentes el
complejo de inferioridad respecto de otros habitantes de países ciertamente más
prósperos económicamente, pero no por ello más
envidiables y superiores en todo. Nada de eso. No podemos  sucumbir a que nos pongan esa etiqueta ni
debemos ponérnosla nosotros y salir y comportarnos, tanto dentro como fuera,
como si fuésemos  de verdad inferiores,
cuando somos tan dignos como los habitantes de otras tierras o más. Podemos
estar peor económicamente, eso es verdad, pero este país en nada se parece al
de la era franquista. Vivimos más, somos más sanos, nuestras generaciones son
más altas, nuestros hijos y nosotros están y estamos mucho más preparados,
somos un país moderno, somos inteligentes, somos gente abierta, simpática  y encantadora, vamos muy bien vestidos,
tenemos una cultura enriquecedora (y no hablo de los toros), tenemos empresas
punteras que trabajan en otros países con éxito increíble, estamos conectados
con el mundo, somos trabajadores, somos buenas personas. Tenemos, en fin,
muchísimas cualidades  de las que
sentirnos orgullosos. No podemos consentir que unos y otros encojan nuestra
autoestima y nos acomplejen ni acomplejarnos,  comportándonos como si fuésemos unos parias o
pobres infelices. Y por supuesto tenemos que evitar creérnoslo nosotros. Y
hacerlo cuanto antes porque veo que se extiende esa mentalidad como mancha de
aceite sobre un tejido algodonoso. Me niego. Valemos pero que mucho a pesar de los
pesares y no debemos tirar piedras contra nuestro tejado, aunque se pueda
mejorar. Somos cojonudos a pesar de algunas desventajas.

www.miguelsilveira.com

 

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NECESITAMOS UN MUERTO

Muy bueno lo que Julio, un cirujano plástico, le dice a su familia cuando se quejan sin razón justificada: “Necesitamos un muerto”. Qué razón tienes Julio y qué simple pero acertada esa estrategia de recordar que, cuando empezamos a quejarnos, sin sólida razón, necesitamos colocarnos en una situación adversa para, instantáneamente, recordar que podemos estar muy mal y por tanto dejar de lamentarnos con la facilidad con que nos sale de la lengua.

Es aquello de compararse siempre con alguien que está en peor estado, es aquello que cuentan de que un hombre se iba quejando de que no tenía zapatos y al mirar para atrás vió uno que no tenía pies. Pero como en esta sociedad, afortunadamente, vivimos mucho mejor que en otros tiempos de penosos esfuerzos y estado, tendemos a olvidar que siempre podemos estar mucho peor. Por tanto no es estrictamente necesario que llegue una desgracia de verdad. Basta, ahora que estamos en plena vigencia de lo virtual, con que en el mismo momento en que la queja nos sale de los labios o inunda el pensamiento, centremos la atención en una situación simulada muy desfavorable para tener conciencia desde otra perspectiva del trance por el que atravesamos.

No es necesario tampoco que volvamos a tiempos de estrecheces y miserias. Basta con ponerse a imaginar cómo nos sentiríamos en esa mala situación imaginada y valorar de pronto la situación presente. Esta es una estrategia que viene a corroborar la importancia que el contenido que ocupe nuestra mente tiene para nosotros. Según sea el pensamiento así nos sentiremos y por tanto depende de nosotros y a nuestro alcance está elegir qué queremos pensar en cada instante. Lo espontáneo es dejarnos llevar de lo que emerge en nuestra mente pero lo provechoso es entrenarnos en poner la atención en lo que nos conviene. ¿Qué es difícil, me dices? Pues claro.

Pero la cuestión no está en la dificultad sino en la posibilidad o no de hacerlo. Si no es posible estaremos perdidos y será una desgracia. Pero si es posible pensar de otra manera, el que sea difícil es algo secundario, irrelevante.

O sea que no hace falta muerto alguno real para compararnos y sentir alivio. Basta con que pensemos en el posible muerto para sentir el respigo necesario y salir de ese estado que conlleva el estarse quejando. Sobre todo si no hay razón…suficiente.

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CUANDO NOS DEPRIMIMOS

No se puede negar la influencia que el ambiente social, familiar, económico o laboral ejerce sobre nosotros, cuando este es negativo, angustiándonos y deprimiendo nuestro estado de ánimo. A nadie puede dejar indiferente un entorno adverso, es innegable, porque no somos islas sino nosotros y nuestras circunstancias y si no, basta mirar los momentos de crisis actual.

Cuando vemos a gente deprimida hay que asumir, si te lo dicen, que sus circunstancias y situación adversa les empuja el ánimo hacia el suelo y debilita su espíritu combativo. Pero ¿de qué nos sirve proclamar y refugiarnos en la culpa que los demás y el entorno tienen sobre nosotros, aunque sea cierto que la tengan? ¿De qué sirve limitarse a atribuir a lo de fuera nuestro estado de desmotivación y de desgana? Suponiendo que poco o casi nada pueda hacerse sobre los elementos exteriores, no conviene acudir a la victimización porque eso puede dejar una huella, a veces indeleble, de hundimiento emocional que de inmediato se concreta en un recorte o abandono de las actividades que en otro tiempo nos llenaban y en una huída hacia ninguna parte.

Por muy mal que el ambiente en que vivamos nos afecte hemos de tener claro que en último extremo somos nosotros mismos los que nos autorizamos a sentir la derrota y la desgana. El sujeto paciente, deprimido, es quien tiene que decidir si se abandona o si reacciona para salvaguardar su equilibrio mental y huir de la derrota. Es el sujeto afectado quien ha de determinar si va a continuar pensando en que hay salida o en que no merece la pena combatir con las fuerzas y recursos de que dispone. Puede buscar muletas, puede buscar apoyos, puede que se medique o busque donde asirse, pero limitarse a esperar que la ayuda le venga desde fuera es arriesgado porque ¿y si no llega?

El principal asidero, que no puede fallar nunca en la vida, es uno mismo y su autoconfianza en la decisión de seguir la pelea, creyendo que puede remontar la adversidad en que se encuentra. Puede buscar, con toda legitimidad, fuera el socorro a su desdicha, puede gritar y pedir auxilio, pero sin olvidar que si algo tiene que reforzar es lo de dentro, es uno mismo y la fe en las propias fuerzas, su deseo de superar y superarse. Eso debe mantenerse lo que se dice intacto. Si esto, que es el núcleo, falla es difícil encontrar el alivio y el consuelo

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SEGÚN ESPERAS, ASÍ TE COMPORTAS

Estamos condicionados por nuestras expectativas, ya sean positivas o negativas, por lo que creemos que va a suceder, sea en nuestra relación con los demás o en otros ámbitos de la vida. La experiencia que hemos ido acumulando sobre los resultados de nuestro comportamiento es lo que determina que esperemos un resultado u otro, aunque ese resultado no siempre se deriva. La fuerza con que la experiencia y aprendizaje previos nos condiciona es relevante. Esto se demuestra sobre todo en nuestras relaciones sociales. El habilidoso es quien ha ido acumulando buenos resultados y ha ido percibiendo que las consecuencias de haber actuado de una determinada forma han sido positivas. Por el contrario quien se comporta deficitariamente, quien se inhibe, escapa, evita o huye es porque está convencido, porque cree que se van a seguir derivando los mismos resultados negativos de siempre. El temor que muchos tienen a recibir por parte de la gente una evaluación negativa está muy extendido y con frecuencia entorpece, si es que no arruina, determinadas iniciativas, intentos de abordaje o proyectos. De esa forma entre los pequeños fracasos que el sujeto ha experimentado, más la convicción que él mismo se ha ido formando (aunque no esté avalada siempre por los hechos) de que puede volver a fracasar y es mejor no intentarlo hacen que esa persona pueda verse realmente limitada y frustrada. Los que se aíslan y por timidez no abordan a la gente, no preguntan, no piden, no se informan, no ligan, no demandan, no se quejan, no se acercan, son aquellos que tienen una elevada carga de malas expectativas, los que están convencidos de que poco o nada se puede conseguir en un momento dado y por supuesto no están abiertos a nuevas reacciones e informaciones cuando se relacionan. Esos no progresan en sus relaciones. Si eres de los que temes consecuencias negativas rompe la barrera de tus expectativas y exponte, de una manera abierta, a buenos resultados, trata de cambiar tus convicciones y tus expectativas y relaciónate, da pasos adelante, opina, aborda, pregunta, infórmate, expón tus opiniones, quéjate, pide favores, llama, saluda, esperando que algo bueno suceda, pero abierto a percibir nuevos comportamientos en los otros. Disponte, con actitud abierta, a esperar y captar lo nuevo y bueno que suceda en tus interacciones. Es la mejor manera de cambiar esas expectativas negativas que tanto te han frenado y frenan.

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Sobre el autor Miguel Silveira
Psicólogo clínico, experto en ansiedad y estrés C/ Carlos Marx,1 - 6º D Gijón (Asturias) http://www.miguelsilveira.com http://www.estresyansiedadonline.com

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