Un Parlamento sin pulso en el que comparece un Mariano Rajoy que aún no fue capaz de darse cuenta de que, ante la corrupción, viene haciendo un recorrido paralelo al que llevó a cabo, en su momento, Zapatero frente a la crisis. Primero, negarla. Y, más tarde, en cerca del tramo final de su mandato, reconocerla sin rotundidad y con desgana. Pero, eso sí, es un lastre que tira de él y lo zarandea. Y, por su lado, tampoco la inmensa mayoría de los opinantes de oficio son capaces de percatarse de un síntoma tan claro. En la tribuna de oradores del Congreso, hemos visto y oído a un Rajoy que desgranó una serie de recetas contra la corrupción, desde una credibilidad perdida y, también, con la actitud de un incompetente desbordado por un mal ante el que sólo es capaz de sugerir parches que, se sabe, que no resolverán el problema.
Como principal antagonista, don Pedro Sánchez, el descafeinado. Desde un partido que perdió, como el PP, la credibilidad y, también, desde un discurso que, en el mejor de los casos, está en reconstrucción tras un desmoronamiento que, para combatirlo, haría falta algo más que consignas facilonas.
Un Rajoy que llegó al Gobierno como una especie de salvador ante la crisis, pero que ignoró que estaba activada la bomba de la corrupción no sólo en el país, en general, que también, sino además en su propio partido. Un Rajoy que, tras tres años de Gobierno, ni siquiera fue capaz de mostrar consternación y dolor por el alto precio que está pagando la ciudadanía ante la crisis. Un Rajoy para quien el aparato del partido está por encima de todo.
Una vez más, el cuento, don Mariano, es muy sencillo: a la ciudadanía le consta que usted no ha acabado con la corrupción en el seno de su propio partido. Por tanto, no va a poder convencer a la sociedad española de que va a ser capaz de acabar con ella en un ámbito mucho más genérico. En estos tres años, don Mariano, usted no ha tenido ni pulso ni nervio ante el órdago política en Cataluña ni ante la corrupción. Ante lo primero, optó por inhibirse, mostrando así una falta de talla política desoladora. Ante lo segundo, se instaló, hasta hace nada, en la negación.
A veces, don Mariano, hay que mostrar arrojo, contundencia, energía, voluntad, sobre todo, cuando no se tiene talento para hacer de Hamlet exhibiendo una brillantez digna de admiración.
A veces, don Mariano, hay que mostrar arrojo, contundencia, energía, voluntad, sobre todo, cuando no se tiene talento para hacer de Hamlet exhibiendo una brillantez digna de admiración.
Y sus remedios contra la corrupción no van más allá, en el mejor de los casos, de las cataplasmas.
Tras tres años de Gobierno, sin pulso ante la corrupción. La musculatura de Rajoy y su Gobierno sólo actúan para darle a España la mayor pasada por la derecha más rancia desde la transición a esta parte.