«Lo verdaderamente trágico de la vida es que olvidemos. Dejar de recordar y de sentirnos afectados por nuestras pasadas experiencias significa una disminución de nuestra personalidad». (Gerald Brenan).
“Cuando alguna vez me han preguntado qué es lo que soy en política, en filosofía, en tantas otras cosas, he contestado: orejano. Orejanas son las reses que no llevan marca ni señal alguna, porque no pertenecen a ninguna ganadería. Y es que me molesta que me traten como a un insecto y me claven a una caja por el coselete, poniéndome debajo un rotulito”. (Unamuno).
Solemnidad oficial en los fastos constitucionales. Rajoy, que aspira a ser el hombre tranquilo en tiempos convulsos, no quiere que lo mareen con reformas y nuevos pactos. Que todo siga igual desea don Mariano, más allá de poner cuatro parches a los que se ve obligado a pesar de su inveterada indolencia. Por su lado, el nuevo líder del PSOE, que no cesa en su frenesí mediático, sí quiere reformas que anuncia con grandes palabras, aunque sospechamos que están mucho más cerca de las consignas facilonas que de un verdadero y sostenible proyecto de país. CIU ya se desmarcó con su plan soberanista, mientras que el PNV, según leo, sí que está por la labor de pactar reformas al respecto.
Hay quien habla de federalismo. Hay quien se pronuncia por blindar los servicios públicos más básicos. Hay quien propone que se dé marcha atrás en el famoso café para todos. Hay quien apuesta por la República. Y, sobre todo, prevalece el discurso de que, desde el 78 a esta parte, se progresó mucho tanto en calidad de vida como en derechos y libertades, al tiempo que se obvian los retrocesos de todo orden tras la crisis.
Lo llamativo del caso es que casi nadie se detiene en la necesidad de poner coto a determinados desmanes. Cito algunos. ¿Es de recibo que, dependiendo de la Comunidad autónoma en la que se resida, se paguen o no impuestos sucesorios, que los profesionales de la medicina y la enseñanza, entre otros, perciban distintos sueldos por el mismo trabajo e idéntica titulación? ¿Es de recibo que, con la llamada autonomía universitaria, sean casi inexistentes las posibilidades de traslado de una Universidad a otra? ¿Es de recibo que se les nieguen a determinadas Comunidades Autónomas privilegios fiscales de los que otras disfrutan? ¿Es de recibo que, a resultas de los ejemplos expuestos, se acepte que haya ciudadanos de primera o de segunda, según el lugar de residencia?
Pero la necesidad de cambios no sólo apremia en materia de derechos ciudadanos, sino también en orden a privilegios de la mal llamada clase política, así como en la omnipresencia de los partidos políticos en organismos institucionales que deberían tener pertrechada su independencia. Pongamos algunos ejemplos: Tribunal de Cuentas, CGPJ, televisiones públicas, y así un largo etc. ¿Cómo es eso de que magistrados y consejeros de entes públicos lleven la etiqueta del partido que los nombró como algo que condiciona el ser y el parecer de su necesaria y obligada independencia?
¿Y qué decir de los privilegios de los políticos? ¿Es de recibo que la paga de ex ministro o ex Presidente del Gobierno se siga percibiendo cuando se desempeñan otros cargos, por lo general, generosamente remunerados, dejando de lado la casuística de ciertos nombramientos por parte de empresas privadas a las que se pudo favorecer desde determinados poderes institucionales?
¿Y qué decir con respecto a un Estado teóricamente aconfesional, cuyas liturgias no suelen serlo, en cuyo sistema educativo se permite la presencia de la religión en la enseñanza pública, no como enseñanza de una materia histórica, sino como propagación de determinados credos?
¿Y qué decir se esa asignatura pendiente sobre la forma de Gobierno? ¿Tanto miedo hay a que la ciudadanía se pueda manifestar al respecto? ¿Debe ser también permanente e inalterable una Monarquía que fue restaurada por alguien a quien Franco nombró sucesor? Si en el 78 se pactó aceptarla por parte de los partidos políticos que firmaron el pacto constitucional, ¿eso la hace intocable y eterna?
Es mucho lo que hay que plantearse y replantearse en un momento histórico que, se quiera reconocer o no, es muy distinto al que se vivió en el 78. Y, por otro lado, instalarse en el búnker de lo inalterable y lo permanente es poco inteligente por parte de los que desean conservar lo más intacto posible lo que ahora hay.
Por otra parte, hay otra cuestión nada baladí. Si la corrupción es una de las mayores preocupaciones ciudadanas, si el desapego es creciente, ¿se puede confiar en que los actuales dirigentes capitaneen la travesía hacia un nuevo rumbo político que acabe con el desprestigio de la vida pública?
Camino al andar. Tiempos nuevos. Inutilidad de los remiendos. Ahora, como en noviembre de 1930, la vida pública y el Estado deben ser reconstruidos. Negarlo es ir a contracorriente de la realidad y de los imperativos del momento.