“Mi generación es hija de la revolución de septiembre del 68… no porque en política se le adhiriese toda, sino porque sintió despertarse su inteligencia y definirse sus aspiraciones al rudo embate de los acontecimientos revolucionarios» (Emilia Pardo Bazán).
Más allá de todo el misterio en el que sigue envuelto el magnicidio del general Prim, más allá de su figura propiamente dicha, apasionante desde la perspectiva intelectual, lo más destacable del asunto es que este personaje histórico representa aquella revolución de 1868 que marcó a una de las más generaciones más brillantes de nuestra historia contemporánea: la del 68, a la que pertenecieron, entre otros, Clarín, Galdós y doña Emilia Pardo Bazán. No olvidemos que Clarín habló siempre con entusiasmo de ‘la gloriosa’, ni tampoco perdamos de vista que uno de los ‘Episodios Nacionales’ galdosianos arranca con un personaje que quiere acercarse a Prim de modo no menos fetichista al que lo hacía el protagonista de ‘La Cartuja de Parma’, de Stendhal, que buscaba el territorio de la gloria allí donde batallaba Napoleón. Y es que, en las grandes novelas del Ochocientos, la gloria era un irrenunciable objeto de deseo.
Dejando al margen la disputa entre Prim frente a los republicanos de la época, pues el general no apostaba por una República para España, lo cierto es que su empeño de entonces fue totalmente rupturista con lo que había supuesto no sólo el reinado de Isabel II, sino también con los nefastos antepasados de aquella reina desde Carlos IV hasta su desdichado padre, del que Pérez de Ayala llegó a escribir que tenía alma de vulpeja. De ahí aquel «jamás, jamás, jamás» de Prim con respecto a los Borbones. Pretendía el general democratizar y adecentar el país.
Prim es, con todos los matices que se quiera, el principal artífice de aquel sexenio democrático que le sobrevivió y que desembocó en la Primera República, ciertamente muy efímera, pero mucho menos que aquel ‘Ministerio Relámpago’ acaecido en el reinado de Isabel II, que no pasó de 24 horas, ‘Ministerio Relámpago’ en el que influyeron mucho las milagreras manos de aquel personaje tan rocambolesco conocido como ‘Sor Patrocinio’ del que Benjamín Jarnés escribió una magnífica biografía. Prim representa, por tanto, lo que en su momento definió Ortega como «posibilidad España», es decir, uno de aquellos cortos periodos de tiempo en el que se hacían esfuerzos por poner a nuestro país a la altura de los tiempos, frente a la secular tendencia a un ensimismamiento que nos alejaba de Europa.
Son muchas las lecciones que se pueden extraer de aquel periodo del que Prim, insisto, es su principal artífice, empezando por la existencia de un entramado político marcado por las traiciones y las renuncias y continuando por un afán de autenticidad que, una vez más, tuvo como protagonistas a los literatos más brillantes de la época.
Las libertades sobrevivieron a Prim casi cuatro años. Más tarde, los Borbones volverían a ocupar el Trono de España desde Alfonso XII en adelante. Lo dicho, uno de esos periodos que Ortega hubiera incluido en lo que el propio filósofo denominó «posibilidad España», en busca de las libertades y la modernidad.
Conviene, pues, adentrarse en el principal artífice de aquella época, así como en las novelas que dan cuenta de aquel breve e intenso periodo de la historia de España, novelas como el episodio galdosiano que lleva por título ‘Prim’, como aquella otra que escribió doña Emilia Pardo Bazán, ‘La Tribuna’, primera novela de nuestra literatura protagonizada por una mujer obrera, cigarrera del norte, gallega, que se opone totalmente a la Carmen de Mérimée, puro folclorismo, arquetipo de los topicazos más grandes que en España han sido.