Dolido, irritado, arremetiendo contra los mandamases de la FSA que renegaron de Villa tan pronto se hizo pública su fortuna oculta, se muestra en la entrevista que publicó ayer EL COMERCIO don José Antonio Postigo. Sólo se percibe en él algo inquebrantable, y es su lealtad a maese Villa, lealtad que muchos le profesaron hasta la referida escandalera en la que se vio inmerso el mostachudo sindicalista.
No habla don José Antonio –ni puede hacerlo– desde el sosiego, pues parece innegable que su suerte está ligada en no pequeña parte a la de su admirado protector. Lo que ocurre es que no se entiende bien que relacione su caída en desgracia con los supuestos pactos que alcanzó desde la institución que dirigía con FAC y PP, puesto que, si hacemos caso a lo que se viene publicando, su desprestigio, o si se prefiere, el abandono de sus ex correligionarios se produce inmediatamente después que la de su mentor.
¡Qué panorama, Dios mío! Mientras que desde el entorno de Villa se alega que el legendario líder sindical padece problemas neurológicos, su fiel amigo relaciona lo sucedido con cuestiones políticas. Nadie, ni siquiera el más desesperado, puede argumentar con fundamento frente a lo innegable, y no hay forma en tal sentido de considerar a don José Ángel víctima de una especie de conspiración judeo-masónica, pues, según parece, la fortuna de este personaje no es inexistente, y resulta indigerible que la haya atesorado con el negocio familiar como en su momento se alegó.
Y, si, por otra parte, la gestión del señor Postigo al frente del Montepío de la Minería fue impecable y rigurosa, no sé qué temores puede albergar este ilustre ciudadano, pues dispone de recursos para defenderse de lo que el interesado puede considerar infamias e ignominias.
Cierto es que en toda esta historia la FSA no sale bien parada, en primer término, por haber estado tan influenciada por un personaje como Villa que, cada vez que sacaba la lengua a pacer, tanto en sus homenajes a Manuel Llaneza como también en Rodiezmo, pretendió hacerse pasar por un redentor del mundo minero, al tiempo que se declaraba heredero de la gloriosa trayectoria de su sindicato, con luces y sombras sin duda, pero que, desde luego, no se merecía el manchurrón que dejará en su historia Fernández Villa.
Lo que cabe esperar a tenor de esta entrevista publicada en EL COMERCIO no es que, al final, salga una verdad que redima a Villa y al señor Postigo, sino que, si se llega al fondo de la cuestión, no sólo los interesados conocerían lo que había venido sucediendo. Y, sobre todo, quedará para siempre en entredicho no sólo la perspicacia de quienes adularon a Villa hasta el baboseo, sino también la coherencia de quienes tanto le deben a don José Ángel en su carrera política.
Bueno sería que la verdad aflorase por amarga que fuese, una verdad que no sólo implica a los directamente afectados, sino también a todos aquellos que fueron serviles y sumisos a un personaje que cubrió de mugre la vida pública, personaje que no fue el único, pero que, inevitablemente, salpica con sus miserias a un partido hegemónico en Asturias en el que tuvo tanto y tanto poder.
Y, en lo que al señor Postigo se refiere, su desesperación tiene que intranquilizar a unos cuantos.