¿Acudirá maese Villa a la cita que tiene con la Comisión Parlamentaria que, supuestamente, investigará el origen de su fortuna oculta hasta no hace mucho? La pregunta, como bien pueden imaginarse, es retórica. Siempre se puede echar mano de alegaciones médicas. O, en todo caso, abierta está la opción de guardar silencio, aunque éste no sea su estilo. En todo caso, cabe vaticinar que, comparezca o no Villa, será una comisión fantasma, será un baile de espectros el espectáculo que se nos brinde.
Miren, no es difícil imaginar al mostachudo exsindicalista protagonizando un lance melodramático marcado por el lloriqueo. Él, redentor de las cuencas. Él, personaje magnánimo que tanto hizo por la carrera política de muchos de los que ahora lo rechazan. Él, patriarca político y sindical, tiene que sufrir ahora el oprobio de verse tratado como un apestado de la vida pública. ¡Qué injusta y que dura es la política, señores míos!
Estoy seguro de que no puede sobrellevar que, una vez retirado de la actividad pública, le haya tocado sufrir este calvario del desprestigio. Que muchos parezcan haberse enterado ahora de las sospechas que pesan sobre su pasado que en su momento se publicaron en un libro. (Entre paréntesis: al final va a seguir siendo verdad aquello que dijo don Manuel Azaña: «En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro».) Que muchos de sus fieles se escandalicen a estas alturas por la forma en que, según parece, regularizó una fortuna cuyos orígenes son objeto de investigación.
Una comisión fantasma cuyas cadenas chirrían. Una comisión fantasma que empaña todo lo que vino siendo la vida pública asturiana desde el momento en que Villa se convirtió en uno de los personajes con más poder en la política llariega. Una comisión fantasma que salpica sobremanera a la FSA, jalonada por casos como el de Villa y también por el ‘caso Renedo’ o ‘caso Riopedre’. Una comisión fantasma que, como mucho, fomentará que emerjan sospechas sobre asuntos que parecían ya olvidados.
Todos saldremos de aquí malparados. Primero, el partido y el sindicato en los que este ejemplar ciudadano influyó tanto. Segundo, una oposición que nunca pareció enterarse de nada. Tercero, unos medios de comunicación que no investigaron lo suficientemente a fondo los entresijos de los bajos fondos políticos. Cuarto, una ciudadanía que vivió mucho más alegre y confiada de lo que hubiese sido necesario para una higiene pública mínimamente respirable.
Una comisión fantasma protagonizada por un personaje de melodrama, presto al lagrimeo, necesitado de ese cariño empalagoso que demandan quienes se erigen en benefactores de la humanidad, que desconoce lo heroico, puesto que se conforma con el comadreo y el halago fácil, que se inventó a sí mismo evitando las sombras y exigiendo lealtades inquebrantables al más puro estilo dictatorial y caciquil.
Renegarán de él quienes le deben mucho. Se harán cruces quienes se negaron a ver la realidad. Y, al final, lo dicho: crujirán las oxidadas cadenas de una fantasmagórica comisión que será un canto de cisne de una vieja política que contribuyó tanto y tanto a aislar Asturias, llevándola por una trayectoria de decadencia que culminará en este episodio de melodrama ramplón y de brocha gorda.