Con el llamado ‘currículo’ de Religión, la escandalera mediática y circense no cesa. El ministro Wert consigue una vez más escandalizar a la izquierda de siglas que, en lugar de discurso, lo único que tiene como asidero son las consignas. Y, con ello, se logra acaso un objetivo común entre los partidarios y detractores de la LOMCE, y es que no haya un serio debate sobre el sistema educativo que debería conducir con urgencia a una labor de reconstrucción en la que el conocimiento dejase de estar orillado y las aulas recuperasen su función como enclaves de y para el aprendizaje.
Pero vayamos por partes: no es la primera vez que el PP apuesta por convertir la Religión en materia evaluable. De hecho, eso lo tuvo previsto en su momento la ministra Pilar del Castillo, que no dispuso de tiempo para poner ese propósito en práctica, puesto que en 2004 el partido conservador perdió las elecciones. Y ahora aprovechan esta mayoría absoluta de la que seguramente no volverán a disfrutar en próximas legislaturas para dejar en los últimos meses de su mandato semejante recado.
Hay dos argumentos difícilmente rebatibles contra los propósitos peperos a este respecto. En primer término, a poco que se conozcan las estadísticas de los resultados que se alcanzan en las calificaciones de Religión, se caerá en la cuenta de que quienes no opten por esta materia sufrirían en sus carnes un agravio comparativo importante en su expediente académico. Y, en segundo lugar, estamos en un Estado no confesional en el que la Religión no debería tener presencia en la enseñanza pública y obligatoria.
Dicho esto, a la actual izquierda de consignas y siglas, especialmente al PSOE que desde el 82 a esta parte gobernó España durante veintiún años, habría que preguntarle por qué no renegoció en ningún momento el Concordato con la Santa Sede y por qué mantuvo, aunque no evaluable, la presencia de la asignatura de Religión en la enseñanza pública y obligatoria. ¿Nada que decir al respecto?
Y, en cuanto al señor Wert y al PP, era de esperar que este Gobierno de Contrarreforma intentara dejar su huella en el sistema educativo, en el que no se apuesta por el conocimiento, en el que se intenta algo nada fácil como es emporar el sistema hasta ahora vigente, calamitoso y demagógico de por sí, con un ‘neo-lenguaje’ que, estoy seguro, se estudiará en su día.
Y, en medio de todo esto, es decir, de un PP contrarreformista en materia educativa y de un PSOE que defiende un sistema de enseñanza que no hace más que cosechar fracaso tras fracaso en conocidos informes internacionales, salta a la escandalera pública el llamado currículo de Religión ( ¿por qué no se le sigue llamando plan de estudios o programa?). Y nos encontramos con perlas cultivadas que atacan a la razón y que, en no pocos casos, producen hilaridad.
Pero, por favor, no perdamos la perspectiva: éste es, en gran medida, un falso debate, que divierte seguramente al señor ministro del ramo y que permite al PSOE esgrimir su progresismo de pacotilla que, en el fondo, es falaz. La madre de todos los debates educativos está en apostar por un sistema que, al mismo tiempo, facilite y exija un nivel digno de conocimientos para cada etapa, que traería como consecuencia, entre otras cosas, una ciudadanía mucho más crítica y cualificada. Y en esto no quiere entrar nadie, no interesa.
En un momento como éste en el que acaba de cumplirse el centenario de la muerte de Giner de los Ríos, el país en general y la izquierda de siglas en particular deberían tomarse muy en serio el significado de aquel proyecto educativo de la Institución Libre de Enseñanza, concebido y puesto en práctica al margen de la España oficial, así como sus consecuencias en la ciencia y en la cultura de la España de aquel tiempo. Pero, por parte de todos, se prefiere el circo.
Y, con respecto a la Religión como asignatura, me gustaría añadir algo más: no hay que confundir, en primer término, lo que es la catequesis con el conocimiento. En un país como el nuestro, para entender siglos de arte, de literatura, pensamiento e historia, no se puede ignorar el significado de la religión católica, conocimiento al que podría llegarse mediante una materia que fuese la historia del fenómeno religioso, o también a través del arte, la literatura, la historia y el pensamiento, pero sin agitaciones y propagandas, dejando para el ámbito individual optar o no por la confesionalidad y las creencias.
¿Alguien recuerda un tiempo y un país en el que los anticlericales más declarados y destacados conocían a fondo la religión católica y habían transitado a fondo la Biblia? ¿La izquierda de siglas tiene constancia de que aquel país se llamaba España?