Asombra verlo en sus últimas intervenciones públicas en las que comparece, por decirlo al modo de Azaña, en campo abierto. Don Javier el tranquilo se transforma en un orador vehemente, airado, en frenesí, arremetiendo contra Podemos y sacando a relucir, no sin cierta desesperación, la numantina defensa que, según se atribuye el propio interesado, ha hecho durante sus mil días de Gobierno de los servicios públicos en Asturias. El pasado fin de semana, en su intervención en compañía del nuevo secretario general del PSOE, don Javier el profundo estaba arrebatado, impulsivo, casi volcánico. ¡Quién lo diría!
Don Javier ya no saca a relucir el independentismo catalán como su principal bestia negra. Lo que hace en sus discursos en campo abierto es decir muy claro y, sobre todo muy alto, que es el principal guardián del Estado del bienestar, que, en Asturias, tenemos unos servicios públicos tan excelentes gracias a sus afanes y desvelos, que apenas se le reconocen. ¡Hay que ver!
Lo curioso del caso es que confunde el momento con la voluntad. Es decir, si se abrieron dos hospitales públicos durante su mandato se debe sobre todo a que tocaban las mencionadas aperturas, porque – perdón por la obviedad– se trata de proyectos que se iniciaron hace muchos años por anteriores gobiernos. Pero es tal su empeño por erigirse en defensor de lo público que, en sus discursos, no hay sitio para el pasado. Todo lo bueno se lo debemos a nuestro Presidente. ¡Cuánta ingratitud!
Y, por supuesto, el partido al que pertenece nunca fue palmero de ningún Gobierno de Madrid, tal y como hace ahora el PP astur. O sea, que los retrasos e incumplimientos en la autovía de La Espina y en el proyecto ferroviario de Gijón no tuvieron lugar en ejecutivos presididos por Zapatero. Aquí, de palmeros nada, oiga usted. Heroica y abnegada FSA dirigida por don Javier.
Y, por otro lado, es tal la amnesia de su discurso que no recuerda que la primera reforma laboral que llevó a una huelga en tiempos de los recortes de Zapatero la aprobó un Gobierno socialista. Y, en lo que respecta a asuntos llariegos, se diría que don Javier no asume la docilidad con que aplicó los recortes de Rajoy en la enseñanza. Numantino defensor de los servicios públicos, pero, para el profundo señor Fernández, sobran docentes y no cargos políticos con sueldos públicos. Lo primero, el aparato. Luego, ya veremos.
En lo que respecta al momento que vive Asturias, su desmemoria le llevó no hace muchos días a hacer una enardecida defensa del campo, apelando, sin citarlo, a aquello que Ortega dejó escrito hace cien años sobre «el fondo rural que perdura» en todo asturiano. Digo desmemoria porque basta con preguntarse cuánto tiempo lleva la FSA gobernando esta tierra y qué balance se puede hacer de un campo despoblado y de un abandono de tierras y pastos de cuya fertilidad no caben las dudas.
Ciertamente, hay un innegable dramatismo en don Javier, al ver que la vieja política que él representa está amenazada, tal y como vaticinan las encuestas. Y, por lo que parece, si la realidad no nos gusta, lo que toca es negarla. Toca negar la contradicción que supone hacer políticas de derechas con siglas de izquierda. Toca negar que, por mucho que se erija en defensor de lo público, no se aprueba que en Degaña el alumnado pueda cursar estudios de Bachillerato. Toca negar el descontento de tantos trabajadores que se manifiestan en las calles. Toca negar tanto fiasco.
Enardecido y desesperado don Javier negando la evidencia. Es conmovedor.