El Langreo cumplió el guion de ser el pariente incómodo en una fiesta de cumpleaños del homenajeado. Le tocaba al equipo de la cuenca incordiar sólo con su presencia, tal y como sucede en muchos ceremoniales en los que resulta imposible evitar la presencia de familiares que acumulan un considerable inventario de agravios y ofensas. Pero, claro, no hay forma de hacerlos invisibles y mudos.
Tan incómodo fue el invitado que consiguió que el Oviedo no serenase su juego ni siquiera durante un instante para afrontar lo que le tocaba hacer, esto es, alzarse con la victoria. Un Linares con exceso de pulsaciones. Un Borja Valle que lo hacía todo menos rematar con la contundente claridad de otras veces. Un Susaeta que no lograba dar un balón diáfano a un compañero que se librase de la pegajosa presencia del marcador de turno. El Oviedo dominó, sí, sobre todo en la segunda parte, pero sin claridad, precipitado, sin lanzar una mirada desafiante a la portería contraria que supusiese el anticipo y el aperitivo de ese gol que tantas gargantas esperaban celebrar y jalear.
Se diría que hubo un embotamiento general en el equipo azul a la hora de desmarcarse, a la hora trenzar esas jugadas destinadas a que el gol se haga realidad.
Así fue el partido del Tartiere: un evento en el que el pariente incómodo y molesto aguó la fiesta. Toca, pues, felicitar al Langreo por este resultado, así como a su entrenador, viejo conocido del oviedismo, por su sabiduría demostrada en un planteamiento del partido que les evitó una derrota casi anunciada.
Al final, el Oviedo no pudo apagar la vela a la primera. El soplido careció de potencia, precisión y puntería.
¡Ay, la familia!