¿Cómo no ser ambiguos desde el momento mismo en el que sus dirigentes dicen que no son de izquierdas ni de derechas, algo que, por lo demás, no tiene, históricamente hablando, reminiscencias muy positivas? ¿Cómo no ser ambiguos cuando comparecen en varias autonomías y ayuntamientos con lo que ellos mismos llaman una «segunda marca», lo que, en el plano sociolingüístico, los ubica de lleno en el lenguaje de la mercadotecnia? ¿Cómo no ser ambiguos –y aquí está el busilis de todo– cuando nadie sabe si este año, electoral por excelencia, terminará o no por abrir un periodo constituyente que escenificaría las pompas fúnebres de la vieja política? ¿Cómo no ser ambiguos cuando se pretende obtener la confianza de un amplio espectro del electorado, con la certeza generalizada de que la sociedad española se vino decantando en cada convocatoria electoral desde el 77 a esta parte por opciones políticas moderadas? Y, en todo caso, en lo general, hay apuestas que sólo se abrirían camino en el caso de que el bipartidismo sufriese un durísimo revés. O, también, en la tesitura de que se confirmase la llamada mayoría soberanista en Cataluña. Pensemos en un referéndum sobre la forma de Gobierno. Pensemos también en una reconsideración que podría llevar a plantearse un Estado federal, o a rediseñar de algún modo el actual Estado autonómico que, dejando aparte otras consideraciones, consagra desigualdades inaceptables en lo impositivo y en los salarios de los empleados públicos. Es decir, hay proyectos que se esperan de Podemos que sólo se pondrían en marcha si se atisba un proceso constituyente.
Y será decisivo conocer la negociación que se haga en Andalucía con doña Susana. Digámoslo claro: si ceden más que Ciudadanos, sin exigir que dimitan Chaves y Griñán, gran parte del electorado descontento no les daría el voto en las próximas e inminentes citas con las urnas.
En lo tocante a nuestra tierra, hay un innegable malestar en no pequeña parte del asturianismo por la ambigüedad de Podemos con respecto a su postura ante la llingua, es decir, si se opta o no por la oficialidad. Se puede argüir que no es ésa la principal preocupación de la sociedad asturiana. Siendo eso cierto, no lo es menos que hay asuntos en los que conviene tener las ideas claras para pedirle al electorado su apoyo. Y, leyendo la entrevista a Emilio León que publicó EL COMERCIO el lunes, hubiera sido un detalle por su parte que dijese sus exigencias antes de empezar cualquier negociación, exigencias previas al programa propiamente dicho, tanto en el orden de las políticas municipales como en el ámbito autonómico. De todos modos, bien está partir de las responsabilidades políticas en el declive que vive esta tierra para plantear un proyecto distinto que nos saque del marasmo y el caciquismo.
Dando por hecho que la presencia de Podemos en el Parlamento asturiano no será testimonial, convendría que se convenciesen de que se espera de ellos que bajen el grado de ambigüedad. Son un cambio generacional, son gentes con mayor cualificación que la media de la vieja política astur y son imprescindibles para que las nuevas generaciones se impliquen cada vez más en la vida pública, en una vida pública que decidió hace tiempo marginarlos y taponarlos.