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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Recuerdos de Oviedo: Plaza del Carbayón 3, 2º

“¡Qué cosa más extraña la de haber vivido y sentirse tan lejos de un tiempo que aún reputamos como presente! El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos» (Amiel. Diario Íntimo).

 

Desde el mirador del segundo piso del número 3 de la plaza del Carbayón, me tocó ver, cuando niño, las obras que convirtieron el viejo Caserón de Santa Clara en la Delegación de Hacienda. Aquellas obras, muy polémicas en su día, según llegué  a saber pasados los años, alteraron seriamente la vida de los ratones que moraban en su interior que buscaron cobijo en las carboneras de los edificios más próximos, donde no fueron bien recibidos y se les declaró la guerra desde el primer momento. Pero, más que el día a día de las obras, lo que en verdad despertaba mi curiosidad era el pasado que había existido dentro de aquellos muros, un pasado de hábitos y uniformes, que no lograba imaginarme bien  y que se me antojaba muy oscuro, no poco temible y, sobre todo, lejano. Sólo podía imaginarme el interior del caserón como un espacio desangelado, oscuro y frío, sin fantasmas, sin voces, sin ecos. Sin huella alguna de magia, sin posibles señuelos para imaginar historias. Pura sordidez.

Había, sin embargo, un pasado visible, que aún se resistía a desaparecer: lo atestiguaban los carros que transportaban leche. No recuerdo que entorpeciesen demasiado la circulación de coches.

Al lado del edificio familiar, estaba la Caja de Previsión, sin duda una apuesta de futuro en un tiempo aún no marcado por lo efímero. Llamaba mi atención el enorme movimiento de entradas y salidas que tenía en un tiempo en el que se acudía a trabajar andando. Debo confesar que, a pesar de ello, nunca sentí curiosidad por conocer el interior de aquel enorme entramado burocrático. Al lado de casa, sí, pero sin nada que me hiciese sentir vínculo alguno.

Había una parada de taxis en nuestra misma acera. Como si de un episodio borroso se tratase, conservo la imagen de un asiento para niños dentro del coche de un taxista, asiento hecho a la medida de los sueños, para un pequeño pero inolvidable recorrido por Oviedo que tuvo lugar en una lluviosa tarde de invierno. Más borrosa es, si cabe, la primera imagen que consigo rescatar dentro de  la galería de la casa, en su parte posterior desde donde se veían algunos edificios de la calle de la Luna, en cuyas galerías destacaban las maderas arrasadas por el paso de los años y el hollín. Maderas con estrías, como las arrugas del envejecimiento en los rostros de las personas. Maderas con raigambre que acreditaban resistencia al paso del tiempo.

Un mundo hecho a medida que guarecía el universo de aquel niño que nunca quisiera dejar de ser. Aquel niño que aprendió a jugar a las cartas en la buhardilla del edificio donde vivían antiguas sirvientas de la familia, ya entonces jubiladas. Una de ellas tenía un hermano, que había regresado de Cuba. Era divertido su acento, así como expresiones que me parecían exóticas. Aquel niño que añoraba su pueblo, si bien  no podía sentirse lejos de él desde el momento en que en el portal de al lado vivía una familia de Lanio que regentaba una pensión y que tenía en propiedad un comercio en la plaza de Santa Clara. Aquel niño que visitaba a sus tías abuelas que vivían en el tercer piso y disfrutaba cuando le contaban anécdotas de antepasados que figuraban en los álbumes familiares. Anécdotas que daban pie a relatos que nunca acababan de completarse. Aquel niño quese alborozaba con la magia del cine en el Filarmónica y en el Campoamor, magia que empezaba con la linterna del acomodador señalando el camino de las butacas donde nos correspondía sentarnos. Aquello hacía que prefiriese entrar tarde al cine. Aquel niño que conoció la delicia  de la contemplación de la vida cotidiana en compañía de su madre desde el mirador de la casa. Aquel niño que devoraba libros de cuentos donde lo más real eran los héroes. Aquel niño que organizaba batallas entre indios y vaqueros, con las figuras que eran la réplica en miniatura de lo que a su modo y manera veía en el cine. Aquel niño al que su padre le orientaba maravillosamente en las lecturas.

Aquel niño para el que todo estaba tan cerca, no sólo las salas de cine ya aludidas. La estación del Vasco para viajar en tren a Pravia, donde pasaban largas temporadas mis tías abuelas. Los merengues y carbayones de Camilo de Blas, que eran mis preferidos, junto los tiroleses que mi hermana llamaba “chocolatones”.

Aquel niño que nunca olvidaría la mañana del 6 de enero en la que se encontró con una bicicleta como principal regalo de reyes en la galería de la casa y que aprendió a andar en ella gracias a la valiosa ayuda de su hermana.

Plaza del Carbayón, antes Plaza de Galicia, y más atrás en el tiempo aún, Plaza del Progreso. Lo último lo representaba el Teatro Campoamor, una de los principales empeños de Clarín. O sea, que tradición y modernidad, precisamente en un contexto histórico, el de los años 60, en el que transcurrió la infancia que vengo relatando. Una infancia en la que el mundo estaba dejando de sestear a pesar de muchos pesares.

Era la misma casa en la que habían vivido mis abuelos, que se casaron, si los datos no me fallan, en 1915.

Allí, como vengo contando, me asomé al mundo desde el mirador. Un mundo que se transformó hasta lo irreconocible. Un mundo que sigo descubriendo y que necesito comprender y amar. Un mundo que se completaba con las raíces rurales en Lanio, raíces que me siguen sustentando, porque Oviedo y Lanio, Lanio y Oviedo fueron, son y serán el principio de ese vaso al que tenemos que llenar con  nuestros proyectos. Ésa es la tarea a la seguimos llamando vida.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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