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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Recuerdos de Oviedo: La Librería Santa Teresa

«Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros». (Borges).

La delicia de no dar un solo paso por territorio desconocido y, sin embargo, encontrarme al final de ese corto y familiar recorrido, que iba desde la plaza del Carbayón hasta la librería Santa Teresa, con la aventura, con lo soñado y con lo heroico en los primeros libros que recuerdo haber tenido en mis manos: una edición de Lawrence de Arabia, de Bruguera con inolvidables y numerosas ilustraciones, así como un ejemplar de Pinocho. Del primero, la acción. Del segundo, el reencuentro con un personaje del que me habían contado muchos lances. Un reencuentro que supuso una especie de acta notarial de su existencia. Del relato oral a su consagración por escrito. Por el medio, El Llanero Solitario. Confieso que para mí fue todo un acontecimiento poder permitirme el lujo de paralizar las andanzas del personaje en el momento que quisiese y regodearme en determinados episodios que decidí saborear a mi ritmo, algo que no podía hacer ni en el cine ni en la televisión. Y confieso también que lo más atractivo del personaje era su antifaz. Tiempo dediqué a fijarme en imágenes suyas en las viñetas del libro intentando forjarme una imagen de su verdadero rostro  Aquello me interesaba más que sus acciones.

Hablo de la librería en la que pasaban parte importante de sus días dos hermanos de mi padre: Teresa y Jesús, así como los hijos de la primera que trabajaron en el negocio familiar. Mi padre y su hermano compartían la pasión por el 98 en general y por Baroja en particular.

¿Cómo no recordar los libros de la bendita colección Austral que en casa se iba completando de continuo? ¿Cómo no recordar determinados momentos, por ejemplo, cuando mi padre tuvo por primera vez en sus  manos la primera edición de bolsillo de La Regenta, que publicó Alianza Editorial en su colección de bolsillo, en cierto modo, heredera de Austral? ¿Cómo no recordar momentos en los que tuve en mis manos determinados libros, como Un siglo después de Darwin, nombre controvertido a mis trece años, la misma edad en la que empecé a leer a Unamuno, eso sí, muy despacio? Y estos encuentros con determinados libros en mi adolescencia marcaron para siempre mi rechazo a la creciente frivolización de la lectura que se intenta reducir a un “me gusta” liviano, cuando, en muchos casos, hay libros que conmueven demasiado para ser tomados tan a la ligera. La experiencia lectora va en muchos casos bastante más allá de un mero divertimento.

¿Cómo no recordar lo especial que resultaba para mí no sólo encontrarme allí con libros que ya tenía mi padre, sino también con las cartillas de lectura y manuales escolares escritos por él? ¿Cómo no referir lo que supuso para mí en su día ver los libros que fui publicando en el escaparate de esa misma librería? Aquello significó una especie de regreso a la Ítaca que, habiéndome acogido de niño, me recibió de nuevo en la edad madura certificando el cumplimiento de una parte muy importante de mi proyecto de vida y vocación.

¿Cómo no recordar las noches vísperas de Reyes en las que acompañé a mi padre a la librería en un horario que sólo tenía lugar una vez al año y los libros se convertían en regalos sumando magia a la que ellos mismos contenían?

¿Cómo no recordar aquellas tertulias que se prolongaban en bares cercanos como el Pelayo o la Perla una vez que todos abandonábamos la librería? ¿Cómo no recordar determinadas anécdotas que tantas veces me contaron? Fíjense en ésta que sigue: al poco tiempo de estrenarse la versión cinematográfica de Los Hermanos Karamazov, en la que Yul Brynner formó parte del reparto, llegó un señor y dijo: “Venía a por un libro del que no sé ni  el nombre de su autor, ni el título ni la editorial, que trata de dos hermanos, que uno era cura y el otro era la hostia”. Puedo asegurar que dieron sin demasiadas dificultades con el título que el cliente deseaba.

Insisto, debo insistir, en lo mágico y prodigioso que resultaba dar con la aventura y con lo inesperado sin apartarse nada de un camino conocido y seguro. Se trata quizás del ejemplo más claro de saltar con una red protectora que nos preserva del más mínimo golpe. Ése era el itinerario del que les vengo hablando.

Mi padre se encontraba con los suyos, sus familiares, y con lo suyo, con los libros. Y tuve la inmensa suerte de acompañarlo en ese tránsito, para él y para mí tan próximo y cotidiano.

Librería Santa Teresa, como la casa de los libros, de aquellos mismos libros que me siguen acompañando en el despacho en el que estoy escribiendo. De aquellos mismos libros que mi padre acariciaba en sus últimos días. La práctica totalidad de ellos de allí salieron y aquí siguen, atestiguando sus trabajos y sus días, sus sueños y desvelos. Su olor es tan inconfundible como muchos de los subrayados de sus páginas. Y, entre todos, la legendaria y bendita colección Austral representa lo más esencial de una vida como la suya dedicada a aprender y a enseñar.

Librería Santa Teresa, que también acogió libros que no eran nuevos pero que tardaron décadas en poder comercializarse en España. Sin ir más lejos, las Obras Completas de Azaña publicadas en su día en Méjico. Devoramos juntos aquellas Memorias marcadas por un hondo dramatismo que en ningún momento renunció a una envidiable voluntad de estilo admirablemente lograda.

El libro y la radio. La palabra escrita y la palabra emitida por y para la libertad.

Puedo decir con orgullo que los libros son cosa de familia, gracias  en gran parte a la existencia de Librería Santa Teresa.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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