Al Oviedo, lo fácil le suele resultar imposible. Sobre el papel, el partido de hoy podría haber sido no sólo el de haberse asegurado matemáticamente el primer puesto, sino también el del “jorobu”. El Tartiere tendría que haber sido hoy una fiesta. Y fue -¿a qué negarlo?- un desastre. No vale como excusa el pésimo estado del terreno de juego, porque en la primera parte se podría haber jugado mejor al fútbol y, así, el partido podría estar resuelto en la primera media hora, en el que el equipo se dedicó a pases largos intentando ganar la espalda a la defensa del Tropezón. Pero no hubo éxito y el guion no se cambió.
En la segunda parte, se confirmó el gafe de hacer imposible lo fácil. ¡Hasta Esteban falló estrepitosamente en el primer gol visitante! ¡Qué churro, qué ejemplo de imprecisión y de inseguridad por parte del Oviedo!
Y en esto llegó el empate. Pero no se fue el gafe. Otro balón frenado por el barro, que parecía jugar al escondite, terminó en gol. ¿Tenía que perder el Oviedo precisamente este partido, en el que contábamos con todos los boletos para entonar el alirón, en el que Cervero podría haberse llevado la alegría de marcar goles que nos diesen el triunfo y recibir el más que merecido cariño de una afición que lo adora?
Y no es que el equipo se dejase perder, no es que hubiese una falta de motivación manifiesta, es que el Oviedo salió atenazado y no aprovechó el tiempo antes de que el balón se volviese loco dejándose atrapar por el lodazal del campo.
Lo dicho: hicimos, una vez más, imposible lo fácil. Y pasamos de la aburrición al desastre.
El jorobu y el alirón tendrán que esperar y todo parece indicar que no llegarán juntos.