“Cada vez que Croce se plantea el problema maquiavélico de la relación entre ética y política, parece admitir que la diferencia entre los dos momentos es una diferencia axiológicamente jerárquica, aunque no esté siempre muy claro cuáles sean las consecuencias”. (Norberto Bobbio).
Con una carta, al final abierta y pública, se despide Monedero de su amigo del alma. Con una carta en la que el manejo de la esgrima va más allá de la retórica. Se va el disidente, o se va el teórico llamado a serlo. Se va también el personaje con el que encontraron flancos por dónde atacar al partido que clamó siempre por la decencia y por la claridad en sus ingresos. Se va, en fin, el asesor de Gobiernos incómodos para el Ejecutivo de Rajoy.
Pero centrémonos en nuestro país y en la carta de despedida. El 15-M como una fecha consagrada para un movimiento político que arrancó con un inevitable y más que justificado descontento social. El momento en que un grupo de docentes universitarios decidió pasar a la acción. De ahí surgió todo un vendaval político que arrancó a la izquierda de siglas, es decir, al PSOE, de cuajo de su comodidad amodorrada, y, de paso, dejó al descubierto las incoherencias de una IU con un discurso antisistema que se contradecía por su apoyo, salvo excepciones, al PSOE.
El discurso de un malestar creciente. Haber dado con el mensaje adecuado. Sin duda, Monedero contribuyó decisivamente al auge de Podemos. Sin duda, también despertó reservas y cautelas con sus asesoramientos a países que no son el modelo a seguir por la España de hoy, así como por los enormes ingresos obtenidos.
Pero, en todo caso, ya hay una disidencia importante oficializada en un partido que es cada vez menos concreto y más ambiguo, en un partido que se retratará de forma decisiva cuando llegue la hora de votar en la investidura de Andalucía.
Alguien me dijo que Monedero vendría a ser –mutatis mutandis- el Alfonso Guerra de Podemos. Semejante comparación, montones de matices aparte, no es desafortunada. Lo que ocurre es que, en este caso, la disidencia va más allá de un reparto de papeles, puesto que aquí hay un actor que abandona la representación, puesto que aquí la obra pierde un personaje, nada cosmético, en el reparto.
Como toda izquierda que se precie, la disidencia tiene que entrar en escena. Es de suponer que el discurso del partido tenga como principal referente a partir de ahora a Pablo Iglesias, que será un político de largo recorrido en el tiempo, pues no sólo representa un cambio generacional más que necesario, sino también una subida de enteros en una mal llamada clase política que es cada vez más mediocre en términos genéricos.
Con independencia de que se cumplan en mayor o menor medida las expectativas de este partido en las próximas convocatorias electorales, Podemos sólo es concebible y viable en términos de ruptura (como en la transición) con respecto al actual sistema bipartidista y “bisindicalista”. Y le tocará articular un discurso que convenza a muchos y que, al mismo tiempo, no genere una incertidumbre tan grande que lleve a la pérdida de votos. La tarea es compleja, pero no puede serlo de otra forma en un partido que tiene el cambio en sus señas de identidad.
¿Será más fácil la travesía sin Monedero?