Siempre nos acompañó desde aquella televisión en blanco y negro en la que tanto nevaba. En todo momento ejerció de sí mismo. Su puesta en escena, su voz y sus gestos lo hicieron único. Estados Unidos era un país muy lejano en el que pasaban cosas impensables por estos lares, que él sabía contarnos sin perder nunca su originalísimo estilo, sin ir más allá de lo que entonces podría ser contado en aquel tiempo en este país. Hizo de guía en momentos que ocupan un lugar nada residual en la historia. Por ejemplo, la llegada del hombre a la Luna. También nos relató la caída de Nixon, así como las idas y venidas de Kissinger.
Más que su voz en sí, lo esencial era cómo la modulaba y los efectos especiales de su gestos. Jesús Hermida fue –y esto es muy importante decirlo– la televisión, que no la radio. Su relato también fue la televisión y no el texto periodístico. Hizo de la información – y nada hay de peyorativo en esto– espectáculo, sabedor de que, en su caso, los gestos también hablaban, sabedor, sobre todo, de que el medio era una parte muy significativa del mensaje.
Toda una vida, digo, con dos etapas claramente diferenciadas: la del corresponsal en Estados Unidos de la única televisión existente en España y, más tarde, la de su estancia en nuestro país desde 1978. Ya en España, incluso cuando hacía radio, Hermida seguía siendo la televisión, pues todos sus oyentes se lo imaginaban al escucharlo.
Toda una vida. Periodismo televisivo, sí, y personalísimo. No era el debate, sino el debate de Hermida. No era el telediario a secas, sino el telediario de Hermida. No era la tarde a secas, sino la tarde de Hermida.
De su segunda etapa, ya en España, lo más sobresaliente para mí fueron aquellos debates nocturnos en plena crisis del felipismo. En los mencionados programas, aún se discutían ideas y todavía no se había alcanzado la insoportable chabacanería en la que incurrió el género.
Toda una vida para quienes estábamos a las puertas de la adolescencia cuando el hombre llegó a la luna, toda una vida en la que compareció en distintos medios ante nosotros.
La televisión fue su casa. La forma en que modulaba la voz para sus relatos catódicos lo hicieron inconfundible y único.
Toda una vida para muchos, toda una vida televisiva. Su mayor acierto consistió, sin duda, en ejercer de sí mismo.
Toda una vida: nos asomamos a una televisión en la que un crítico de cine (Hablo, naturalmente, de Alfonso Sánchez) tenía una voz genuina y quebrada, y aquello no concitaba menor interés que su erudición sobre el séptimo arte. Nos asomamos a una televisión en la que un corresponsal en el extranjero se contaba a sí mismo informando, y aquello tampoco podía pasar desapercibido.
Nacía un periodismo con atrezzo, nacía, para nosotros, la televisión.