Al Oviedo de la segunda vuelta, al menos en los partidos jugados en casa, le vino faltando impiedad, a veces, para no relajarse tanto y resolver pronto el partido; a veces, como esta tarde, por la falta de decisión de sentenciar el encuentro con contundencia. Se diría que hemos visto un equipo blando contra un contrario al que le pudo haber hecho mucho más daño antes y después de la jugada del penalti que adelantó al equipo visitante en el marcador.
Hubo, sí, destellos de buen juego, chispazos en los que el entusiasmo de la afición contagió determinadas jugadas. Buenos toques, aceptable sintonía entre los jugadores, pero, al final, con pocas ganas de dar a degüello al contrario para reclamarse vencedor con sobrantes.
Quiero creer –y creo– que esa pusilanimidad que ayer nos privó de ganar con holgura y que el día del Tropezón nos causó una derrota, tendrá que desaparecer en los partidos del ‘play off ’, porque en esas lides no caben ni las medias tintas ni las concesiones.
Por lo demás, ambiente festivo, llenazo, entusiasmo: un oviedismo que tenía que corear a su equipo tras la obtención de un campeonato en una campaña que, a pesar de algunas sombras, será memorable. Euforia contenida en vísperas de un ‘play off ’ que se espera épico tras tantos años hundidos en un pozo del que sólo pudieron sacarnos las glorias que, a pesar de fracasos, traiciones y ponzoñas, permanecieron siempre intactas.
Queda, en espera del partido final ante el Coruxo, atesorar los triunfos de la presente campaña y darlo todo, afición y equipo, equipo y afición, en la eliminatoria que nos toque para ver, por fin, abierto ese horizonte de gloria al que el oviedismo nunca renunció, a veces, con fe inquebrantable, a veces con heroísmo.