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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Recuerdos de Oviedo: Aquellas peluquerías

«Lo único que puede acercar una generación a otra por encima de tanto tiempo, lo único que puede acercarlas es –sería si se lograse- una comprensión de sus vivencias de sus elementos intactos. A eso llamo inocencia, a un tiempo anterior. De esta inocencia no queda más testimonio sugerente que la huella poética, en verso o en prosa» (Rosa Chacel).

 

Si no hubiera fotografías que lo atestiguasen, quizás no me atrevería a escribir que aquella criatura, que encontraba en las peluquerías de entonces un ambiente acogedor y familiar, lucía pelo rubio y rizos, rizos que su madre se esmeraba en destacar. Si no hubiera fotografías que lo atestiguasen, me costaría recordar por escrito  a aquel adolescente que, a los 17 años, combinaba en su aspecto el pelo largo con una barba incipiente. Y, paradojas del destino, desde muy pequeño deseaba tener entradas como el protagonista de la serie “El Fugitivo”, acaso mi primer héroe catódico, que en todos y cada uno de sus episodios tenía que huir a resultas de un malentendido que lo condenaba a una vida insegura y errante. Se diría que aquel personaje me facilitó el cumplimiento de un afán que era también un destino genéticamente anunciado: primero, las entradas. Luego, la calva.

Aquellas peluquerías del Oviedo de mi infancia y primera adolescencia: Calzón, Escotet y Remigio.

La principal referencia era la Peluquería Calzón, que estaba tan cerca de la librería Santa Teresa, a la que mi tío Jesús acudía cuando las campanadas del reloj de la Caja de Ahorros tocaban las nueve de la mañana. También mi padre frecuentaba esa misma peluquería en la que su patrón era todo un personaje. Allí estaba lo más esencial de Oviedo, cerca del Teatro Campoamor, cerca del Paredes, cerca de la Perla, cerca del Pelayo. Todo tan próximo, todo tan al alcance de la mano, todo tan conocido, todo tan seguro, todo tan familiar.

Tendrían que pasar muchos años para que me fuese enterando de lo más significativo de la vida de don Arturo Calzón al que siempre recuerdo serio, que no mal encarado, al que todo el mundo se dirigía con respeto, un respeto, por lo que fui sabiendo, merecidamente ganado no sólo por su veteranía en el oficio, sino también por su personalidad.

Peluquería Calzón, todo un clásico de Oviedo, hecha a imagen y semejanza de su patrono, tan implicado en la vida de la ciudad. Todo un señor que no precisaba hacer alarde ninguno de su elegancia. Todo un personaje que supo inventarse a sí mismo, convirtiéndose en algo más que toda una referencia del oficio. Todo un personaje, digo, que atesoraba, parodiando a Renan, las glorias comunes, en este caso, de Oviedo. Recuerdo haber leído una entrevista que publicó “La Hoja del Lunes”, de Oviedo en la que uno de sus hijos contaba que don Arturo había conocido a Clarín y se refería también a su pasión por la ópera, haciendo mención además a la presencia en aquella peluquería de los jugadores más destacados de aquella gloriosa delantera eléctrica del Oviedo. Se diría que el mejor Oviedo se daba cita en la peluquería Calzón y que su dueño era la memoria viva de todo aquello. Arturo Calzón forma parte muy merecidamente de la historia del Oviedo del siglo XX.

Aquellas peluquerías. En la calle Argüelles, como escribí en el texto anterior sobre el bar la Paloma, estaba la peluquería Escotet con su reclamo de modernidad. Se me quedó grabada una conversación en la que el peluquero comparaba la edad de jubilación en España con la de otros países.

Cada servicio, una charla, a veces, por partida doble, es decir, al mismo tiempo, se departía con la persona que estaba siendo atendida y con el cliente que esperaba su turno, justo a la espalda del peluquero.

Aquellas peluquerías. También recuerdo una peluquería pequeña, en la calle Jovellanos. Si no me falla la memoria era la peluquería Remigio, atendida por dos operarios. Vuelvo a las conversaciones de barbería, y recuerdo, mientras esperaba mi turno, una larga parrafada entre los dos peluqueros con los clientes a los que atendían sobre los montañeros Lastra y Arrabal. Y recuerdo también aquellas maquinillas de mano que, junto al peine y la tijera, formaban parte del instrumental cotidiano del oficio.

Aquellas peluquerías, también barberías, por lo común, atestadas de clientes. Por lo común, tertulias continuas y cotidianas.

Lo curioso es que, al igual que en los bares, cuando tocaba acompañar a los mayores, no se puede decir que los temas abordados resultasen entonces apasionantes, pero sí es cierto que no tenían cabida los reparos a la hora de considerar si nos parecían más o menos amenas o si despertaban interés en nosotros. En realidad, era lo que tocaba: no estábamos obligados a atender con enorme atención, pues no éramos los destinatarios de las charlas, sino meros oyentes que reteníamos, poniendo en ello mayor o menor empeño, retazos, frases sueltas y puestas en escena. Oyentes, por supuesto, educados que teníamos permitido además distraernos, abstraernos y pasear por las nubes de nuestro firmamento infantil.

Pero quiero y debo volver a Arturo Calzón. No sólo conservo el recuerdo de haberlo visto en su peluquería, sino también en sus alrededores, junto al Campoamor. Retrocediendo en el tiempo, me conmueve imaginar que en algún momento pudiese haberlo oído contar historias y anécdotas del Oviedo de su infancia, de cómo vivió la proclamación de la República en nuestra ciudad, proclamación en la que los Ayuntamientos tuvieron tanto protagonismo, de cómo eran las estrellas de aquella delantera eléctrica, de su encuentro con espectáculos de ópera. ¡Qué novela atesoraría aquel personaje inolvidable!

Y, a propósito de novela, siempre que releo “La Regenta” (y confieso que lo hago a menudo) me imagino aquella hojarasca y “aquellas sobras de nada” empujadas por el viento sur cerca de los escenarios de mi infancia carbayona,. A esa infancia me devuelve el recuerdo de Arturo Calzón.

Y, a propósito de Clarín,quiero hacer mención  al barbero del que habla Cabezas en su biografía sobre nuestro inmortal escritor, barbero que estaba muy orgulloso de haber atendido a Alfonso XII, y estoy seguro de que Arturo Calzón podría contar anécdotas sobre su viejo colega, de primera mano, o transmitidas.

Aquellas peluquerías, digo, que se dieron cita con mi infancia y con la historia.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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