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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Recuerdos de Oviedo: El Campo de San Francisco: de relato en relato

“Presentí que caminaba, más que por un parque, por el interior de un poema que había escrito, en un sofoco de amor, el dios del lugar». Xuan Bello.

 

Confieso que, para mí, el Campo de San Francisco de Oviedo no es el interior de un poema, tal y como lo describe Xuan Bello, según atestiguan las palabras que encabezan este artículo, con la genialidad que en él es costumbre, en su libro “Al Dios del Lugar”, sino que lo vine viviendo como el escenario de memorables relatos que marcaron mi vida, relatos en los que cada escenario se corresponde con distintas etapas de infancia y adolescencia.

No olvidaré nunca lo llamativo que me resultó saber que las castañas que ya empezaban a caer en septiembre por el Bombé no eran comestibles, a diferencia de las de Lanio que tanto protagonismo tenían en los trabajos y días de mi pueblo. ¡Qué contraste más sustancial entre el campo y la ciudad marcaba aquello! ¡Y qué coincidencia con la nostalgia septembrina que vivíamos al haberse quedado atrás el verano y, con él, la estancia en Lanio!

Paseo del Bombé: las castañas que se caían en septiembre, las tertulias de gentes que departían andando y desandando por allí, yendo y viniendo; los juegos al pío campo al salir del colegio. La fuente del Caracol, parada obligada por las tardes camino de casa después de haber jugado al fútbol en el patio del colegio tras el término las clases. El Paseo de los Álamos como salida del parque y la última parada que hacíamos muchas veces sentándonos al lado de la escultura que se erigió en memoria de don Carlos Tartiere.

Campo de San Francisco. Paradas itinerantes, cuando íbamos acompañados de familiares que nos compraban barquillos, casi siempre aperitivos de la merienda. A veces, las galletas, con sabor a miel, a veces los barquillos propiamente dichos que restallaban al morderlos. Barquillos, un agradable y consuetudinario alto en el camino.

Campo de San Francisco. ¿Cómo no recordar a aquellos cuidadores del Campo con sus uniformes montaraces que formaban parte del paisaje y que nos remitían a escenarios de series de dibujos animados como si aquello fuese una especie de monte encantado en medio de una ciudad? No sabía entonces que eran conocidos como “los vallaurones”. Los veíamos como parte de un decorado lúdico.

Campo de San Francisco. Muy cerca del Paseo de los Álamos, sentados en uno de los bancos que rodeaban el cerco de uno de los grandes árboles del parque, acostumbraba a ver por las tardes a varios señores mayores que, según recuerdo, hablaban sin mirarse, apoyados en sus respectivos bastones. Aquello tenía lugar a partir de mayo. Se reunían en primavera quienes vivían ya el otoño de sus vidas, y allí rememoraban sus historias, acaso mimándolas.

¿Cómo no recordar a Petra? Ella, como el dinosaurio de Monterroso, todavía estaba allí. Por entonces, ni sabía, ni podía saber, qué cosa era un parque temático. Por entonces, ignoraba que los osos terminarían por convertirse en reclamo turístico en Asturias. Pero me resultaba muy curioso que, cuando mi padre nos hablaba, en las excursiones que hacíamos a la Pola de Somiedo, que por aquellas montañas había osos, eran presentidos por nosotros como animales que amaban lo escarpado y lo oculto, como seres que se pertrechaban lejos de la vista de las personas. Y, en cambio, la buena y entrañable Petra era un ser urbanizado que compartíamos en adopción los niños de Vetusta. Nos gustaba contemplarla y alimentarla. Y no la veíamos como un ser en cautividad, sino como a alguien de los nuestros.

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Borroso tengo el recuerdo de la mona que estaba en el Campo. Acaso por tratarse de una imagen no fácilmente rescatable, no forma parte de los relatos protagonizados por seres entrañables, no forma parte de esas vivencias que conmueven.

Campo de San Francisco. Cruzarlo de día era atravesar un escenario lúdico y cotidiano. Sin embargo, tan pronto  llegaba la noche, se transformaba en algo muy distinto, sobre todo por lo deficientemente iluminado que estaba. Se convertía en un espacio frío con la única utilidad de que acortaba el camino, en el que no tocaba detenerse ni  beber en las fuentes, ni tampoco jugar.

¿Y cómo no recordar a aquel fotógrafo al que, pasados los años, se le homenajeó con una de las muchas esculturas de nuestra heroica ciudad? Alguien me habló, -y confieso no haber contrastado los datos- que era  salense. Lo que sí me quedó de aquel hombre, como algo indeleble, era que en su semblante asomaba un rictus con su no sé qué de tristeza, con su no sé qué de melancolía. Fotos que se hacían con paciencia. Fotos que tenían en el instrumental que usaba un envoltorio en el que había lugar para la magia.

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Campo de San Francisco. ¿Y cómo no referirme también a lo que disfruté leyendo y releyendo “La Regenta” cada vez que se describía el escenario de lo que Clarín llamaba “El Paseo del Espolón”? ¿Y cómo no hacer mención al momento en que nos mudamos a vivir a la calle Santa Susana en el número 27, justo enfrente del llamado Paseo de los Curas? ¿Y cómo no hacer mención, siguiendo la secuencia temporal, al Campo de San Francisco desde la calle Toreno donde viví en el número 5 desde 1973 hasta el 85?

Muy cerca de la Plaza del Carbayón. Casi al pie de la casa en Santa Susana. En uno de sus costados, desde la calle Toreno.

Lo que había sido un escenario de relatos y juegos hasta la adolescencia, pasó a ser, visto desde arriba, desde la terraza, el salón y el despacho de mi padre en la calle Santa Susana, como un paisaje que daba paz. Y, desde la calle Toreno, era la frontera entre el bullicio de los coches  y el bucolismo de un parque, pulmón y corazón de Oviedo.

Habría otros juegos andando el tiempo, otras paradas en el Campo de San Francisco. Y sigo encontrándome con esos pavos reales cuyas colas cuando se abren son hermosos abanicos. Y con esos patos y esos cisnes, y estos últimos me recuerdan a Platón y y a Rubén Darío.

Campo de San Francisco, toda una antología de relatos. Contar y recordar. Recordar y contar, andando y desandando.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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