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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Recuerdos de Oviedo: Del oviedismo y otras melancolías adolescentes

“Lo más grande que el hombre ha hecho lo debe al sentimiento doloroso de lo incompleto de su destino”. Madame de Staël”.

Aquella temporada en la que el Oviedo de Paquito y Sánchez Lage quedó tercero en primera división es un dato instalado en esas nubes plácidas e inmóviles de la memoria. Sin embargo, del año siguiente, ya sin aquellos dos jugadores, cuando se produjo el descenso a segunda, conservo dos recuerdos muy nítidos: el de la noticia que dio la televisión de la goleada severa que nuestro equipo recibió en Valencia: nada menos que por ocho goles a uno, y también el de un partido frente al Coruña al que asistí, donde se le anuló un gol a Biempica, que, si la memoria no me falla, hubiera supuesto el empate. Tras ello, el descenso. Tras ello, al Oviedismo le tocaba ser rentista, sustentándose en sus glorias, algunas recientes.

El arriba firmante, que nació en 1957, acudía de niño al Carlos Tartiere en compañía de su padre que repetía muchas veces con añoranza haber vivido la proclamación de la República y haber disfrutado de los primeros años de gloria de aquella mítica delantera eléctrica. El arriba firmante heredó de su padre, entre otras pasiones, la del oviedismo.

Permítanme que me sitúe en los finales de los años 60 y primeros de los 70, en los prolegómenos de la adolescencia, y que rescate la figura de un futbolista de aquel Oviedo que no acaba de ascender, de un centrocampista de calidad innegable y que, al mismo tiempo, era muy admirado y discutido.  Se trata de José Manuel López Prieto, futbolísticamente conocido por su segundo apellido, al  que en la prensa lo llamaban “el maestro”. Jugó Prieto en el Oviedo desde el año 65 hasta la temporada 71-72, cuando se marchó al Deportivo de la Coruña y representó para mí la melancolía resultante de aquello que se siente de todo punto injusto, de aquello que, por fatalidades que se vuelven poco menos que inexpugnables, no acaba de llegar a lo que está destinado.

Prieto era un artista con el balón en los pies, tanto en el regate como en los pases. El juego del equipo se basaba sobre todo en sus lances Y, sin embargo, ni Prieto ni aquel Oviedo explotaban su potencial. Prieto, ahogándose, quizá, en su individualismo, así como en las servidumbres de tener que llevar la batuta del equipo. El Oviedo no acababa de lograr un ascenso que sus glorias y afición demandaban.

¿Qué podía pasarle a aquel equipo, que tenía a un extremo derecho de calidad como Elósegui, a un maestro como Prieto, a un rematador que hacía buena sociedad con el gol como de Diego, a un delantero centro del que se esperaba mucho como Achuri? ¿Y cómo no referirme también a la delantera que figura en otra de las fotografías que se reproducen hoy en este artículo, en la que ya estaba Javier, otro futbolista de gran calidad, al que se le criticaba por su supuesta indolencia, en la que otro ex jugador del Sporting, Montes, todavía aportó lo suyo, en la que el navarro Iriarte ya pertenecía al club azul, en la que Uría, también gijonés, destacaba como extremo izquierdo? Entre una y otra delantera, pasé de la infancia a la adolescencia. A la melancólica atmósfera que se respiraba en el oviedismo, habría que añadir la que me sobrevino con la llegada de la edad en la que buscamos nuestro lugar en el mundo.

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Y, entiéndase bien, melancolía no es sinónimo de amargura, sino de ensimismamiento, así como de la no aceptación total de dejar atrás la infancia. De un ensimismamiento que me llevaba, entre otras cosas, a la escritura, al refugio en los libros, a la búsqueda, a veces, apremiante, de respuestas. De un ensimismamiento que generaba bosquejos de historias. El querer y no poder de aquel Oviedo. La languidez que me suscitaba reparar en algunas adolescentes en las que veía, aparte de belleza y atractivo, también su no sé qué de melancolía. La tendencia recurrente a imaginar la historia de cualquier persona que podía llamar mi atención en la calle. El ir atisbando de forma creciente el contenido de un cofre muy querido en el que iba depositando mis secretos. Acaso la adolescencia sea, además de otras muchas cosas, el paso de los juegos a los secretos, el proceso que va de las fantasías que no se ocultan y se comparten mientras somos niños, a aquello que resguardamos, porque sabemos que en ello está lo que nos hace vulnerables. Es el paso de la espontaneidad al pudor que tenemos a la hora de proteger parte de lo que descubrimos en el hondón de nosotros mismos.

Melancolía, volviendo a aquel Oviedo de mi infancia y primera adolescencia, resultante de comprobar que la calidad que Prieto atesoraba no servía ni para consagrarlo como estrella del fútbol ni para que el Oviedo recuperase su gloria. Melancolía, digo, no por no conseguir lo imposible, sino por no lograr lo que estaba al alcance de la mano. Hablo de aquel Oviedo y de su  futbolista estrella.

Pasó el tiempo. El Oviedo subió a primera. Prieto colgó las botas en el Nastic de Tarragona, previo paso por el Deportivo de la Coruña. ¿Cómo no recordar el respingo que sentí al verlo jugar con la camiseta de otro equipo, con la del Coruña? ¿Cómo no lamentar un destino, al menos incompleto, para las cualidades que atesoraba? ¿Cómo no aplicar a este héroe de mi infancia y primera adolescencia las palabras de Madame de Staël que encabezan el presente artículo?

Esa melancolía en la que “el alma de se va a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil”, tal y como escribió Ortega en “El Espectador”, describiendo lo que se vive cuando se ausenta la alegría.

Oviedismo melancólico, melancólica infancia que se resiste a dejar paso a la adolescencia, adolescencia en la que el intimismo nos apodera y lo agridulce preside nuestras vivencias: lances amorosos que se quedaban, como el retorno del Oviedo a primera división, a las puertas mismas de cristalizar. Libros devorados en los que queremos descubrirnos, bocetos y bosquejos de diarios íntimos escritos por nosotros mismos en los que decidimos ocultarnos.

Y contarnos.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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