“1968 no fue una revolución: fue la representación la fiesta de la revolución. La ceremonia era ideal; la deidad invocada, un fantasma”. Octavio Paz.
“En las épocas de crisis son muy frecuentes las posiciones falsas, fingidas. Generaciones enteras se falsifican a sí mismas, quiero decir, se embalan en estilos artísticos, en doctrinas, en movimientos políticos que son insinceros y que llenan el hueco de las auténticas convicciones. Cuando se acercan a los 40 años esas generaciones quedan anuladas, porque a esa edad no se puede ya vivir de ficciones: hay que estar en la verdad”. Ortega y Gasset.
Que por mayo era por mayo cuando en los telediarios de aquella España en blanco y negro se emitían imágenes de las revueltas parisinas en 1968, justamente en el mes del romance del prisionero. Que por mayo era por mayo cuando los comentarios más habituales por estos lares hablaban, o bien de la manipulación de la que eran objeto los jóvenes franceses por parte del comunismo internacional, o bien de una juventud hastiada y demasiado consentida a la que le faltaba la espiritualidad de la que en este país andábamos sobrados. ¡Ay!
El mundo estaba muy mal, andaba muy revuelto, en no pequeña parte a resultas de una juventud que refalfiaba. En Suecia, como consecuencia de un hedonismo pecaminoso, el número de suicidios era alarmante, mientras que, en el resto de Europa Occidental y en Estados Unidos, hacía falta mucho más orden, sí, señor.
Quien esto escribe tenía noticia de los sucesos de París en mayo del 68 a través de la segunda edición del telediario. Quien esto escribe había cumplido en febrero once años y todo aquello se le antojaba lejano, muy lejano.
Lo sorprendente no era mi desconocimiento ante lo que acontecía en París, sino que además aquello parecía que pillaba descolocado a casi todo el mundo.
¿Qué les pasaba a aquellos jóvenes, qué querían?
Desde luego, en aquella España, reserva espiritual de occidente, país que tenía garantizado el orden y que estaba a salvo del comunismo y de la masonería, parecía impensable que la juventud universitaria tomase las calles y protagonizase continuas revueltas.
Desde luego, había mucha cautela a la hora de recordar algaradas callejeras del pasado y cualquier suerte de desórdenes. Por algo y para algo se había ganado una guerra.
O sea, que París estaba entonces muy lejos. De allí podrían venir los niños, pero a las revoluciones y los jóvenes díscolos, llegado el caso, no se les permitiría entrar en la muy católica España.
Aquel Oviedo de mis once años queda, insisto, muy lejos de París. La juventud podría estar más o menos al tanto de aquello, pero, en todo caso, no podía ver factible que algo así pudiese ocurrir entre nosotros.
Bien pensado, aparte de la realidad de entonces, habría que tener en cuenta además que, de ser cierto lo que mucha gente contó, España, durante aquellos días de revueltas en París, debió quedarse sin población joven, puesto que, según el relato más generalizado, casi toda aquella juventud se desplazó a París a vivir aquello, lo que puede guardar relación con el serio peligro de hundimiento que pudieron sufrir los adoquines en la ciudad del amor. ¡Ay!.
¿Pero pasó realmente algo en Oviedo durante aquellos días que, también, conmovieron al mundo?
La estética de muchos jóvenes, para disgusto de las gentes de orden, acaso no fuese muy distinta a la que exhibía la juventud contestaría parisina: pelo largo, pantalones acampanados, etc.
Pero París en mayo del 68 no sólo fue una revuelta, sino también una música, infinitamente alejada de la que en España se podía escuchar por la radio, música que a algunos les llegó, no sé con qué grado de entendimiento y disfrute, aquí a España.
Pero París en mayo del 68 fue también un culto a ciertos autores, entre ellos, Marcuse y Sartre. ¿Quién los leía a fondo en la España de entonces y en aquel Oviedo?
Miren, se me quedó grabada la imagen de un De Gaulle claramente afectado ante lo que estaba sucediendo, imagen que vi en el referido literario.
Miren, puede que haya escuchado a alguien comentar que, en una especie de conato de manifestación en nuestra ciudad, fue detenida una persona perteneciente a una familia muy cercana a la política oficial de entonces y que la cosa no pasó de un castigo más o menos doméstico.
¿Y si aquella escaramuza hubiese tenido lugar cerca de la plaza de la Escandalera? ¿Habría alguien que tarareó una canción de Leonard Cohen? ¿Y ese alguien, que con el tiempo devino en persona realista y de orden, temerosa de Dios (y de los mercados) se habrá visto en la paradójica situación de haber acudido al Campoamor en la ceremonia en que Cohen recibió el Premio de la entonces Fundación Príncipe de Asturias?
¿O todo esto que digo no son más que fantasías, toda vez que de aquellas voces parisinas de mayo del 68 aquí no hubo ningún eco? Realismo, ante todo, realismo.
Mayo del 68 y otras lejanías. ¿Qué contaron entonces de aquello los periódicos en Asturias? ¿Cuántos jóvenes ovetenses, fantasmadas aparte, pisaron en verdad los adoquines parisinos y, en ese caso, qué supuso en sus vidas semejante experiencia?
Mayo del 68 y otras lejanías. Estaba, sin duda, prohibido protestar. Estaba, sin duda, difícil recabar informaciones veraces de lo que verdaderamente sucedía en París. Acaso la mayor utilidad que tuvo mayo del 68 en la España de entonces fue el que sirvió a muchos para percatarse de lo lejos que estábamos de Europa.
En 1966, Alianza Editorial publicó en su colección de bolsillo “La Regenta”. Y, en mayo del 68, Vetusta dormía la siesta al mismo ritmo y con idéntica intensidad que el resto de España.
Acaso se pudo colar en estos lares, pero de forma muy minoritaria, la música que venía de lejos, la misma música que significaba un código universal para una juventud que no estaba dispuesta a mostrarse conforme con el mundo que le tocaba vivir, incluso en la Europa que gozaba de derechos y libertades.
Aun así, mayo del 68 fue por estos lares una lejanía que, a más de uno, le sirvió de pretexto para forjarse una biografía ficticia, muy propia, por lo demás, de aquella generación.
Y, ¡maldita sea!, ni siquiera recuerdo si aquel mayo fue lluvioso en Vetusta.
¿Y fue ventoso? Venturoso, no creo.