« Hablas de perlas, pero las perlas no hacen el collar: es el hilo» . ( Louise Colet a Flaubert)
Nada menos que Logos. ¡Qué nombre más pintiparado para un negocio que se ubicaba frente a nuestra Alma Máter! Nada menos que Logos, todo un lujo aquel local por su amplitud, así como por la calidad de todo lo que allí se servía. Nada menos que Logos, importante continuidad con respecto a La Paloma, pues quienes fueron sus dueños estuvieron vinculados a aquel establecimiento, del que me ocupé hace unos cuantos domingos, que fue también toda una referencia en Oviedo en la etapa en la que estuvo radicado en la calle Argüelles. Nada menos que Logos: vinculación con mi concejo salense por sus dueños, que procedían de Malleza. Vinculación más cercana aún, pues allí trabajaba un vecino de Lanio, Alejandro, un extraordinario profesional y una excelente y entrañable persona.
Recuerdo la primera noticia que tuve de lo que costaba en Logos un vino de la casa, que era un Rioja, seis pesetas. Recuerdo también que tenía 15 años cuando entré allí por vez primera. Me encantó.
Nada menos que Logos, donde pasé varias horas en dos fechas históricas: el 20 de diciembre de 1973, cuando se produjo el atentando contra Carrero Blanco, y también recuerdo el final de una mañana en abril de 1974 cuando vi a un grupo de estudiantes universitarios que atravesó la calle San Francisco rindiendo homenaje, con los condicionamientos obligados de entonces, a aquel acontecimiento histórico que acababa de suceder en nuestro vecino país.
Nada menos que Logos. Confieso que mis recuerdos más intensos de aquel local se ubican muy cerca de donde estaba emplazada la máquina de tabaco. Aquello, por un lado, separaba la cafetería del restaurante y, por otra parte, servía de atalaya para captar el ambiente del momento.
Conversaciones inolvidables. Momentos de eso que se da en llamar, creo que erróneamente, ‘mariposas en el estómago’, cuando vemos a alguien muy especial, sobre todo en esa edad de las pasiones que es la adolescencia, cuando las miradas a los ojos se cruzan en el mismo instante creando de inmediato una magia memorable, al tiempo que las palabras que nos gustaría decir nos atragantan y se atragantan a un tiempo. Todo un torbellino de emociones, toda una torrentera de impulsos, toda una épica que busca sitio en un mundo que se construye al tiempo en que cada cual se está inventando de continuo. Es la poesía de la vida, es aquel estadio estético del que habló Kierkegaard: el artista adolescente, parafraseando a Joyce. Mejor aún: es la adolescencia que nos hace artistas, que nos hace héroes. Toda una épica, también toda una lírica, así como toda una estética de la vulnerabilidad.
Nada menos que Logos. Vuelvo a aquella mañana de diciembre del 73. ¡Cuánta incertidumbre sentíamos con respecto a lo que podría pasar de inmediato en nuestro país! El régimen estaba, por una parte, momificado, pero no se vislumbraba su fin. Esperanzas y miedos propios de un adolescente de 16 años. Esperanzas y miedos de un país que no sabía cómo iba a salir de una dictadura tan dura y tan larga. ¡Qué poco sabíamos y cuánto soñábamos! ¡Qué largo y lejano se nos antojaba un futuro que entonces nos parecía más incierto que imperfecto! ¡Y qué acostumbrados estábamos a tener que interpretarlo todo, eso sí, con mayor o menor fortuna, toda vez que las informaciones oficiales eran tan parcas como confusas! Las primeras noticias daban cuenta de un accidente que había sufrido el hombre de confianza de Franco. No se habló de atentado hasta que transcurrieron muchas horas. Y, a la inseguridad de la incertidumbre, se sumaba el miedo a brutales represiones. Frío, mucho frío, en el país. Y nosotros, más que divagar, balbuceábamos hipótesis. Las circunstancias no daban para más.
Y, en cuanto al fugaz homenaje a la revolución de los claveles, acaso haya sido aquella la primera visión de lo efímero. Desaparecieron muy pronto de nuestra vista aquellos universitarios con claveles, impedimenta entonces delicadamente revolucionaria.
Nada menos que Logos. ¿Cómo no recordar la barra que estaba al fondo del local? ¿Cuántas conversaciones se habrán iniciado allí con el viejo y manido recurso de pedir fuego en aquellos tiempos, que ya parecen lejanos, en los que se fumaba en los bares y cafés, también en los restaurantes? Si mal no recuerdo, las mesas destinadas a servir comidas podían ser utilizadas fuera del horario de lo que es propiamente un restaurante como lugares de encuentro de conversación con las consabidas consumiciones. Y, en todo caso, estoy convencido de que uno de los grandes aciertos de Logos fue el haber sabido diseñar un local con diferentes finalidades y ambientes, separando claramente los espacios, tan distintos y, al mismo tiempo, igualmente acogedores.
Nada menos que Logos. La excelencia de su vermut, el prestigio de la calidad de su carta. No sólo era un local para detenerse en la barra o en las mesas, pues invitaba además a ser recorrido con independencia del rincón elegido para conversar con café, o bebidas acompañando.
Recuerdo a un personaje que siempre estaba solo, que respondía a los tópicos estéticos de los primeros años setenta: gafas oscuras, gabardina avejentada. Fumaba tabaco negro. Alguien me habló que su pertenencia a la policía secreta. No hacía falta contar con una imaginación muy poderosa para concluir semejante aserto. Lo cierto es que no recuerdo haberlo visto nunca hablando con nadie.
Cuando tuve noticia de que Logos se cerraba, confieso que me sentí conmovido, pues no sólo se ponía fin a la historia de uno de los establecimientos hosteleros con mayor solera de Oviedo, sino que además echaba el cerrojo una de las más importantes referencias de esa edad de las pasiones que es la adolescencia.
No frecuenté mucho Logos en los últimos años en que estuvo abierto al público. Se cuenta que muchos de nuestros parlamentarios llariegos eran clientes habituales. Lo tenían muy cerca, ciertamente y seguro que sus paredes fueron testigos de conspiraciones e intrigas.
Confieso, sin embargo, que me quedo con aquel Logos de mi adolescencia. Que nunca olvidaré el rincón donde estaba la máquina expendedora de tabaco, donde mi educación sentimental hizo parada y fonda.