« Si el mundo fuera claro, el arte no existiría». Albert Camus.
REPRODUCCIÓN DEL LIBRO ‘MANUEL DEL BUSTO, ARQUITECTO’, DE R. FAES, COLEGIO DE ARQUITECTOS
Salir del colegio a la hora taurina, con puntualidad lorquiana, y llegar con tiempo sobrado para ver la película que se proyectaba en el cine Santacruz, eso sí, con el NO-DO empezado, que, para un preadolescente carecía totalmente de interés. Teníamos interiorizado que se trataba de algo superfluo, como los intermedios en las películas y series en la televisión. Y, por fortuna, aunque sus propósitos eran muy otros, no conseguían adoctrinar. O se prescindía de ellos, o bien se les consideraba un preámbulo que no estaba destinado a quedarse en nuestra retina. O sea, usar y tirar. O sea, lo visible hecho invisible sin esfuerzo alguno.
Salir del colegio en busca de aventura y entretenimiento, así como de la chuchería que podía adquirirse allí dentro. Salir del colegio sin saber en muchas ocasiones la película que íbamos a ver. De lo que se trataba era de asistir al cine.
¿Saben cuánto costaba la entrada? Sólo diez pesetas, al menos hasta que tuve trece años, es decir, hasta 1970. No puedo decir que haya visto en el cine Santacruz muchas películas memorables a pesar de la frecuencia con la que asistía. Insisto en que lo memorable era ir al cine: un paréntesis entre el colegio y el regreso a casa. Un tiempo en que tenía el privilegio de ser solo espectador, nada menos que espectador. Un tiempo en el que lo más atractivo consistía en el ceremonial de ir al cine, en el paso de la taquilla al vestíbulo, en el recorrido por aquel patio de butacas acompañado por el acomodador y su linterna, ritual al que me referí en otra ocasión y que siempre me resultó fascinante. Recorrido con no menos misterio que llegar a un lugar enigmático por una ruta secreta, sin saber nunca de antemano con qué nos encontraríamos, sin saber, en este caso, qué iban a contarnos.
¿Cómo no recordar aquella tarde en la que me entretuve a la salida del colegio apenas unos minutos y llegué con la película empezada, película del Oeste, en la que el bueno de la historia entraba en una cantina y pedía un vaso de leche para sorpresa del cantinero y los clientes que jugaban a las cartas? Desde aquella mesa se lanzaron tiros al vaso que estalló en pedazos, en medio del estruendo de las balas y de las carcajadas de aquellos individuos a los que les parecía un insulto que todo un hombre con sombrero, pistola y cartuchera no bebiese alcohol, no bebiese algo aguardentoso y agrio como aquel mundo de tiros y duelos, de constantes enfrentamientos en los que las pistolas tenían mucho protagonismo. Un bueno, un malo, unos cuantos feos, mujeres con amargura empalagosa. El bueno con los nervios templados, el malo que nos provocaba a los espectadores. Y tiros, muchos tiros.
Cine Santacruz, tan cerca de las oficinas del Oviedo, camino de casa en la plaza del Carbayón. Como digo, un escenario destinado a disfrutar como espectador de historias y aventuras, una pausa muy grata y saludable entre unas y otras obligaciones, la de la clase, las de los deberes. Un tiempo en el que la acción entraba en letargo. Un tiempo que tampoco era para grandes reflexiones, sino mero entrenamiento. Hacíamos del tiempo pompas de jabón al asistir al cine. Hacíamos del tiempo bombas de chicle al estirarlo. Lo trepidante y efímero era la historia, o sea, eran mentira. ¿El cielo y la eternidad no eran eso?
Me gustaba salir de noche, en los meses más duros del invierno, porque la oscuridad prolongaba de algún modo aquel tiempo de escondrijo y evasión, aquel tiempo en que nadie nos observaba, sino que éramos nosotros los que asistíamos al espectáculo.
Películas de romanos, películas del Oeste, batallas entre indios y vaqueros. Alguna película americana en la que el escenario era el lugar donde se celebraba el juicio. A decir verdad, más teatro que cine. Pero, si «el medio es el mensaje» lo que en verdad contaba era que la historia se proyectaba sobre una gigantesca sábana blanca, metáfora de los sueños, de la que en su momento escribió admirablemente Fernando Vela.
Aquella película en la que la ruleta parecía decidirlo todo. Aquellas películas en la que los niños malos se volvían buenos. Aquellas películas en las que los policías estadounidenses lo resolvían todo con su ingenio. Aquellas películas en las que el final feliz tardaba tanto en llegar.
Cine Santacruz. ¡Cuánta magia en su interior, cuyas luces se encendían al final de la película! No tenía prisa para entrar, como ya dije, pero tampoco para salir. Siempre esperaba el final de los créditos. Y abandonaba despacio el patio de butacas. Al tener la historia que acaba de ver tan interiorizada en mí, se diría que también pesaba y que iba desprendiéndome de ella poco a poco, como quien saborea el final de una golosina.
Allí se quedaba la película al cuidado del lugar donde había sido exhibida, pero nunca en su totalidad. Siempre había alguna escena, alguna voz, algún eco, que se posaba en mí y que, llegado el momento, volvía a ver y a oír para mis adentros.
Cine Santacruz. No solo era para mí un lujo el ceremonial de asistir a la proyección de la película de turno. El lujo era también la amplitud de aquel espacio que, si no recuerdo mal, raras veces estaba repleto de público un día de semana en su primera función.
Con sólo diez pesetas, una entrada que servía de llave a los sueños proyectados en la sábana más grande que el arte ideó para contar historias. Historias para ver y escuchar a oscuras y en silencio. Pura fascinación.
La calle que lleva el mismo nombre que el cine se quedó sola, muy sola, desde que cerró el Santacruz. Cierto es también que sus recuerdos y fantasmas nos habitan, siguen en todos aquellos que tuvimos la suerte de poder permitirnos acudir al cine a un precio al alcance de los niños.
Cine Santacruz, un precio autorizado para todos los públicos.