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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Recuerdos de Oviedo: Tabaco y hormonas

« El verdadero viaje se hace en la memoria» . (Proust).

:: IGNACIO GARCÍA DE TUÑÓN 

Una tarde plomiza de primavera en la que el viento de la cuaresma hacía pensar aún en el invierno. Una tarde imborrable aquélla del primer cigarrillo de sabor mentolado. Su precio, 1, 50 pesetas. La tienda de chuches estaba muy cerca del colegio, de chuches, de vasos de casera y fanta y, como digo, de pitillos sueltos. Se llamaba La boalesa y era parada habitual del alumnado del Auseva y del Alfonso II.

Vivíamos en una dictadura como la copa de un pino, dictadura que se preocupaba mucho más por el cuidado de las cosas del alma, que era de Dios, pero que se ocupaban de ella la Iglesia y el Estado, que de las del cuerpo. El tabaco no era algo tan prohibitivo ni para los consumidores ni tampoco para quienes lo vendían.

No importaba el sabor del cigarrillo. No importaba que nos gustase más o menos, que rascase mucho o poco la garganta. Lo que contaba era saber fumar. Siempre había alguien dispuesto a dar la lección magistral de cómo tragar el humo, de cómo, al menos en apariencia, saborear un cigarrillo con estilo.

Tabaco y hormonas, tabaco y crecimiento, tabaco y adolescencia. Había que iniciarse en el ritual del crecimiento físico: fumar, decir algún que otro taco y probar el vino sin gaseosa y la cerveza. Fumar y beber era cosa de hombres.

Confieso que mi estreno en asuntos de tabaco fue muy descafeinado: pues aquel cigarrillo mentolado no tenía las estacas de los celtas cortos ni rascaba demasiado la garganta.

El caso era estrenarse en tan consuetudinaria práctica. El caso era simbolizar que la niñez se había quedado atrás. El caso era no estar entre los rezagados a la hora de determinados rituales como el tabaco.

No era del caso comprar cajetillas, cuestiones presupuestarias de la paga semanal aparte, pues resultaba impensable llevar un paquete de tabaco en el bolsillo. Por eso, los pitillos sueltos eran el recurso pintiparado para semejantes ceremoniales.

Tabaco y hormonas. Tabaco y juego. Lo ilícito, más o menos tolerado, era fumar algún pitillo suelto y pirar alguna clase refugiándose en una sala de juegos.

En la parte más alta de la calle Rosal, cerca ya de Santa Susana, había una sala de juegos, cuyo nombre, si la memoria no me falla, era muy exótico: Las mil millas.

A decir verdad, aquellas máquinas fueron nuestro primer contacto con lo tecnológico. Luces que parpadeaban, agujeros por donde se fugaban las bolas, puntos que se contabilizaban electrónicamente, movimientos de cadera, nada eróticos ciertamente, para evitar que la bola se colase. El reto era conseguir una partida por los puntos cosechados. El reto era quedar bien con el mirón de turno que, o bien esperaba que dejásemos libre el aparato, o bien hacía de espectador tras haber agotado el presupuesto.

Con aquellas máquinas, compartían protagonismo los futbolines, mucho más artesanales. A veces, las partidas resultaban muy animadas.

Tabaco y hormonas. Lo peor de quienes daban lecciones magistrales de cómo se fumaba era su empeño en que aprendiésemos a tragar el humo. Sin semejante aprendizaje, no sabíamos fumar, no aprobábamos aquella práctica de crecimiento físico.

La Boalesa y Las Mil Millas, chuches y juego, tabaco y máquinas, refrescos y escondrijos. Formaban parte ambos establecimientos del tránsito adolescente cotidiano por aquellos lares. Y, bien pensado, también eran emplazamientos donde todos nos examinábamos y presentábamos nuestros deberes, sólo que en lugar de hacer exámenes y presentar los ejercicios exigidos, teníamos que pasar otras pruebas: la de saber fumar y tragar el humo en un caso, la de lograr muchos puntos en el otro. Y es que siempre había personas voluntarias que se erigían en autoridades para dar su aprobación en tales menesteres.

Tabaco y hormonas. No éramos, claro está, fumadores sociales, sino actores de una obra en la que no nos negábamos a participar siguiendo lo que estaba en boga. Lejos quedaba el momento del cigarrillo como confidente en ratos de soledad. Lejos quedaba también el asociar determinadas vivencias al pitillo. Se trataba del que el mayor de la clase, o el pionero en tales experiencias nos viese fumar. Se trataba de un ceremonial absurdo y mecánico. Se trataba de seguir la corriente, o, si se prefiere, de hacer el idiota.

Sin embargo, lo de la sala de juegos era muy distinto, porque ya se establecía una relación con la máquina, una máquina nada receptiva a nuestros requerimientos de gesto y palabra, pero que nos producía sentimientos muy encontrados. Hacía falta mayor esfuerzo y concentración.

No recuerdo con precisión si en Las Mil Millas había una máquina para seleccionar discos. De todos modos, era algo muy habitual. Y confieso que agradecía mucho que no funcionase, porque, salvo excepciones, la canción elegida era chillona y de mal gusto. Digo esto porque en otra sala de juegos que estaba en González Besada era muy habitual escuchar a Dolores Vargas, y aquello resultaba muy enojoso para los oídos.

Tabaco y hormonas. Un pitillo mentolado fue, como escribí más arriba, mi estreno. Acompañé aquello con un refresco de limón. Y no pasé la prueba de fumar con estilo y tragar el humo, al decir de alguien que estaba allí observándome mientras se fumaba un cigarrillo rubio.

Aquello fue como salir a la pizarra maquinalmente, o como subrayar una definición de un libro, es decir, algo sin emoción, sin remordimientos, sin satisfacciones. De hecho, tardé en repetir la experiencia.

Tabaco y hormonas en un tiempo en el que ya empezaba a asomar la pelusilla del bigote, en un tiempo en el que iba en el guion hacer cosas no autorizadas, pero tampoco perseguidas más allá de lo esperable.

Lo dicho: los vicios que se perseguían en aquellos tiempos eran otros, los que se hacían a escondidas y no los que constituían una prueba a superar por el mayor de la clase. Los que se pensaban con cierto regodeo, sin necesariamente pasar a la acción.

Hormonas revueltas, neuronas que no podían atentar contra Dios ni contra España. Pero el cigarrillo era una chiquillada tolerable y tolerada desde los 13 años en adelante.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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