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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Recuerdos de Oviedo: “Yo no soy esa”

« Un tacto oscuro entre mi ser y el mundo, / entre las dos tinieblas, definía/ una ignorada juventud ardiente» . ( Manuel Altolaguirre)

«En un mundo sin melancolía, los ruiseñores se pondrían a escupir y los lirios abrirían un burdel». (Cioran)

PIÑA 

Una tarde de junio, larga y tranquila, después del último examen del curso. Una tarde junio que ya anunciaba el verano. Una tarde de junio de 1972 en Oviedo. Había que hacer algo especial como desquite para celebrar la despedida de las clases, los madrugones y los exámenes. Y decidimos ir, por vez primera, a una discoteca. Una tarde de junio en la plaza de Riego, en la discoteca Maki, a la que se accedía bajando unas escaleras.

No recuerdo el precio exacto de la entrada, que daba derecho a una consumición. La barra, si la memoria no me falla, estaba a la izquierda de la pista de baile, pista que se encontraba al fondo, más bien pequeña, a decir verdad.

La ginebra que servían con el kas de limón, por fortuna, no era mucha, por lo que aquella copa iniciática no me supo especialmente amarga. Alrededor de la barra, moviendo los vasos en busca del tintineo del hielo, el género predominante era el masculino, mientras que en la pista de baile sucedía justo lo contrario. Las copas como asidero en los unos, frente al baile como expresión del momento en las otras. Y, más que la música, lo verdaderamente llamativo de aquello era el juego de luces en la pista, los destellos que buscaban compás con aquellos ritmos desenfadados y ágiles para el baile suelto.

Con la copa, un cigarrillo que servía para embeberse en el ambiente que estaba conociendo. Las voces, la música. Los ecos, las luces. El espectáculo, por partida doble, en la pista y en la barra.

Y, de repente, las luces cambiaron, el silencio se hizo por unos instantes. Era el cambio de turno. Tocaba el baile lento. La pista se quedó sola en aquel interín. La masculinidad de la barra se preparaba para invitar a bailar. Y, de repente, sonó una canción de Mari Trini: ‘Yo no soy esa’. Identifiqué la voz, pero no conocía la canción. Tocaba bailar. Bueno, intentarlo.

Puedo confesar y confieso que la oscuridad que se hizo fue una especie de salvoconducto para presentar batalla a la timidez resultante de la hoja de ruta obligada hasta el lugar donde había alguna chica a la que, finalmente, invitaríamos a bailar, así como al temor a lo aflictivo que podía resultar un rechazo a semejante petición. Pero en aquel estreno en semejante práctica nos acompañó la suerte.

La chica era, como Mari Trini, rubia y pálida. Ella llevaba vestido algo azul. Apenas intercambiamos topicazos. Pero intuí desde el primer momento que el novato en ambientes discotequeros era yo.

‘Yo no soy esa’. A decir, verdad, la canción distaba lo suyo de ser una obra maestra. Transmitía toda ella una queja, un lamento, una reivindicación frente a lo que se esperaba de la mujer que la protagonizaba. Pero contó más la voz y sus acompañamientos que la letra. La voz cercana al desgarro. Un cierto lamento que, junto a la penumbra, envolvía. Un cierto lamento que, sin propiciar una atmósfera de rechazo y rebeldía, apuntaba su no sé qué de reivindicación, de queja aguardentosa, pero, eso sí, en pequeña medida, como la copa que nos habían servido, con la dosis justa para saborear algo lejanamente fuerte, que no llegaba a rascar la garganta, ni, en este caso, las emociones que –a qué negarlo– apuntaban más bien en otra dirección.

‘ Yo no soy ésa’. No podría recomponer ni siquiera un atisbo del rostro de mi primera compañera de baile. Recuerdo, no obstante, que en varias ocasiones retiró el pelo de la cara, que, sin duda, la sofocaba. Apenas intercambiamos palabras. Aquello era una suerte de cómoda navegación dejándose llevar por la música y la penumbra, navegación sin zozobras ni mareos, acaso en exceso tranquila para las pasiones adolescentes, pero navegación al fin con su no sé qué de ternura y tersura. Aquello era un ritual de cercanía cómodo y grato.

Nunca olvidaré el enorme contraste entre el ritual de sacar a bailar, algo desolador, frente a todo lo que envuelve el baile en sí mismo, porque el marco y el cuadro son puro cortejo, porque hay en todo ello una continua invitación al despertar de la sensualidad mientras se baila. Música y luces celestinescas a la espera de que el conjuro aparezca susurrando. Susurros que son, ante todo y sobre todo, ecos de la música que llega, coros de un canto que inunda el escenario. Ayes con vocación de melodía dirigida a la piel de la pareja de baile.

‘ Yo no soy esa’, estreno en tales lides, a los 15 años. Como diría Aute, queda la música, en este caso, más bien la voz, que sirvió de acompañamiento al estreno bailando.

¡Y qué cosas! Dos años después, en septiembre, volví a Maki. El verano se acababa y el nuevo curso llamaba a la puerta. Puedo recordar (y recuerdo) que me pareció espantosa una canción de Dani Daniel: ‘Por el amor de una mujer’, toda una cursilería, un amaneramiento estomagante, que me veía incapaz de bailar.

Bien pensado, no es para sacar pecho una educación sentimental acompañada de canciones marcadas por lo insulso y almibarado. Que una canción de Manolo Otero haya sido el referente de escarceos eróticos, a un tiempo, sonroja y provoca hilaridad.

Un estreno en junio. Una despedida en septiembre. En medio de aquellas dos canciones, la que puso letra y música a un baile inolvidable fue ‘Los días de arcoíris’, de Nicola di Bari. Pero ésta sería otra historia.

No volví a Maki nunca más. Pero he de confesar que, de las dos ocasiones en que estuve en esa discoteca, recuerdo el momento de la entrada, con algo de luz la primera, y de noche, la segunda. Sin embargo, no logro rescatar imagen alguna de los dos momentos en que abandoné la discoteca. Quizás, ternura y agrado en la primera. Sin duda, empalago y melancolía en la segunda. Entre los 15 y los 17 años. Entre canciones de un tiempo y un país que se resistía tanto y tanto a la buena y profunda música.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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