“Yo, a ratos, logro convencerme de que soy un Napoleón porque, como él, no tengo más que sesenta pulsaciones por minuto. La confusión en mi caso no es grave, porque soy tan sólo un escritor. (Ortega y Gasset).
El hombre que quería ser escritor y, sin embargo, se dedicó a la política. El político que niega ser inverecundo, como decía Ortega acerca de Mirabeau, a quien consideraba el arquetipo de hombre público. El presidente que encarna la antítesis de Areces al no hacer nunca de doctor Pangloss. El hombre de partido que representa todas las luces y sombras de una FSA que, a estas alturas, constituye todo un régimen en Asturias. El dirigente llariego que no siente debilidad alguna por el asturianismo y al que tanto y tanto le afligen los nacionalismos que en España están siendo.
Así se presentó Javier Fernández en su discurso de investidura, fiel a sí mismo, sin ruido, sin furias estridentes, pero dolido y doliente con los populismos, con sus críticos más punzantes, con quien ponga en duda, siquiera por un momento, que él es, por decirlo al valleinclanesco modo, el principal cruzado de la causa contra las corruptelas, el adalid de la regeneración política. No le gusta que se hable de la muy actual dicotomía orteguiana entre vieja y nueva política, para él, la hay buena y mala. Y está claro dónde sitúa la suya y la de los suyos.
Fue un discurso sin el más mínimo atisbo de proyecto para Asturias. Fue un discurso en el que nuestra tierra sólo tuvo presencia como descripción paisajística. Fue un discurso que apenas miró al futuro, en el que el presente se le escapaba y en el que el protagonismo principal recayó sobre su persona. Fue un discurso a la defensiva, lo que no da lugar para grandes esperanzas, cuando no las manifiesta el principal responsable político de nuestra tierra en el arranque de su segundo mandato autonómico.
Fue un discurso en el que se elogió el trabajo en soledad frente a las concesiones circenses, frente a las puestas en escena, frente a escenificaciones mediáticas. Fue un discurso de puertas adentro. Fue un discurso en el que no faltaron las alusiones a sus bondades.
¿Y la calle, y la indignación y el descontento? ¿Y el paro y la decadencia económica? ¿Y los desastres medioambientales? ¿Y la inanidad, también la estulticia, de tantos dirigentes?
Don Javier Fernández el profundo habló de cambios en la Constitución, los que promueve su partido, pero sólo de esos cambios. Es decir, no anunció, ni siquiera voluntad, de cambiar cosas en Asturias. No planteó la necesidad de cambios que acaben con los privilegios de la mal llamada clase política, pues, según él, no existen, aunque el Parlamento autonómico, que cuenta con 45 diputados y diputadas, dispone de 48 asesores que se eligen a dedo, y éste es sólo un ejemplo entre muchos al respecto.
El texto, en sí mismo, no daba patadas al idioma, lo que, en estos tiempos, ya es algo. Pero, si vamos al contenido, no sólo se echó en falta el simple esbozo de un proyecto para Asturias, lo cual es llamativo per se. Se echó en falta también una mayor preocupación por las personas que están sufriendo las consecuencias de la crisis, así como una apuesta, incluso un desafío, contra todas las decadencias que nos asfixian.
El balance es pobre si se piensa que don Javier tiene mayor confianza en sí mismo que en las posibilidades del territorio al que gobernará por segunda vez.
Y, por otro lado, está lo de la falta de pulso y las pulsaciones. Como reza la cita de Ortega con la que encabezo este artículo, no es grave que un escritor se crea todo un Napoleón, por una mera coincidencia en el ritmo de sus latidos. Pero resulta muy inquietante que un dirigente político confíe más en sí mismo que en las potencialidades de su tierra, que en su presente y su futuro, todo lo imperfecto que se quiera, pero inmediato, muy inmediato.
Don Javier y su ensimismamiento. Un discurso en el que tienen mayor énfasis sus desvelos a resultas de la deriva independentista de varios partidos políticos catalanes que todas las carencias que sufre la Asturias de hoy a la que va a gobernar.
No le pido, don Javier, que le tuerza el cuello a ningún cisne, pero me atrevo a implorarle que le tome el pulso a Asturias y que intente reanimarla.