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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

RECUERDOS DE OVIEDO: La antigua estación de ALSA

« La arquitectura en general es música congelada» . (Schelling).

JESÚS DÍAZ 

Un recuerdo como una foto fija es el que tengo del primer ALSA que vi en mi vida. Fue desde el mirador de nuestra casa en la Plaza del Carbayón en compañía de mi madre. Lo imborrable de aquella imagen es el conjunto de viajeros que viajaba arriba, acompañados de no sabría decir qué bultos o equipajes. Muy cerca de allí, donde ahora está Correos, se encontraba la estación de autobuses cuya imagen apenas logro rescatar. Salvo estas dos imágenes, más borrosa la segunda que la primera, ya viene un buen arsenal de recuerdos de la antigua estación del ALSA en la plaza Primo de Rivera.

Antigua estación del ALSA, la parada de taxis a su entrada, el llamativo edificio que tanto dio que hablar y en el que tantas actividades comerciales se desarrollaron, donde, a principios de la transición, desfilaban muchos políticos camino de su sede.

Antigua estación del ALSA, testigo del tráfico de la calle General Elorza, no sólo punto de partida para viajar por Asturias, sino también punto de encuentro.

Confieso que, tan pronto dejaba atrás el vestíbulo, siempre tuve la sensación de entrar en una especie de una diminuta ciudad subterránea que empezaba por el largo pasillo de la planta primera, lleno de negocios y que concluía escaleras abajo donde se estacionaban los autobuses. Y es curioso que no recuerdo haberme detenido nunca a comprar nada en ninguno de los muchos establecimientos que por allí había. Acaso ello se debió a que, salvo excepciones, no llegaba nunca a aquella estación sobrado de tiempo.

Tras el último escalón, ya en la planta donde se estacionaban los autobuses, si no me falla la memoria, lo primero que había era una sala de juegos, que contaba con la acostumbrada máquina de discos. Pues bien, una vez, al pasar por delante, camino de la sala donde se compraban los billetes, sonaba una canción de Juan Pardo en la que el cantante parecía tener respuesta a la eterna pregunta, teológica y filosófica, sobre la existencia de Dios. Pues el artista gallego sabía por dónde moraba el Altísimo. ¡Madre mía, cuánta profundidad!

La sala donde se compraban los billetes era muy amplia y contaba con una ventanilla de información. Rara vez tuve que hacer cola para adquirir el billete camino de Requejo (al otro lado del puente de Lanio) o de Cornellana. Para ir a Gijón o Avilés, la cosa era muy distinta.

De aquella estación, con tantas columnas, lo más inolvidable de todo era el olor a gasóleo, un olor inconfundible a decir verdad que se esfumaba ya dentro del autocar.

En aquella estación, oscura y con tanto y tanto movimiento, también eran omnipresentes las columnas que servían, entre otras cosas, para delimitar con precisión el vehículo en el que nos correspondía viajar. Columnas que sostenían y separaban a un tiempo.

Lo más significativo de todo, no obstante, era que, al menos a determinadas horas, aquello venía a ser una especie de concentración de representantes de todos los rincones de Asturias, con las excepciones de los andenes donde se estacionaban los autocares con destinos como Avilés y Gijón. Lugar de encuentro entre vecinos que regresaban a sus casas, tras haber cumplimentado visitas, tras haber hecho sus trámites.

Se diría, por otro lado, que allí los autocares perdían gran parte de su protagonismo, se hacían menos visibles. Nada se parecía la sensación que se tenía ante el vehículo estacionado que la sobrevenida en la parada en Requejo o en Cornellana cuando llegaba el autocar en un espacio abierto y libre.

Por otra parte, hasta tal extremo aquello era Asturias que recuerdo haber visto autocares con destinos a Bélgica y a Suiza, es decir, allí también tenían su punto de encuentro los asturianos de la emigración a Europa de la segunda mitad del pasado siglo.

Muchos años más tarde, también pasé por esa estación para viajar a Madrid, aunque confieso que utilicé mucho más el tren camino de la capital del reino.

Una especie de mundo subterráneo bajo un edificio con estética de colmena. Un punto de encuentro para la Asturias que iba y venía a la capital y que regresaba a su pueblo. Un escenario de referencia obligada de la vida llariega durante décadas.

La antigua estación del ALSA, que utilicé mucho más como punto de partida que como destino, pues, de vuelta a Oviedo, prefería bajarme en algunas de las paradas que había en la ciudad antes de llegar a aquella especie de confluencia de casi toda Asturias.

La antigua estación del ALSA. No sería sincero si dijese que me agradaba transitar por aquellos andenes. Era un escenario provisional, que no estaba concebido, lógicamente, para que los transeúntes se sintiesen cómodos. Lo que allí había era el resultado de algo funcional y sencillo.

Pero, por encima de todo, diría que la sensación más significativa que me producía la antigua estación del ALSA era la de estar fuera de Oviedo, la de un tránsito provisional en un túnel, camino de determinados destinos. De un túnel común para la Asturias de aquel momento. De un túnel, eso sí, con todos sus rincones perfecta y profusamente explicitados. Un túnel de confluencia para ese viaje de vuelta a casa que es, a la vez, tan literario y tan vital.

Antigua estación del ALSA, todo un mundo subterráneo, acaso no fuese del todo disparatado conjeturar que aquello era el metro que nunca tuvimos para viajar por Asturias. Un metro muy singular y genuino, pues, en el momento mismo de emprender el viaje, salíamos a la superficie en el autocar que nos llevaba a casa.

Antigua estación del ALSA, el Metro que nunca existió en Asturias. Metro, por lo oscuro y subterráneo. Metro, por un mundo suburbano que llegó a concitar.

Antigua estación del ALSA, con autocares desplegables de color gris.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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