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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Recuerdos de Oviedo: Aquel funeral en San Tirso

«Verdaderamente tuyo es sólo lo que retorna infinitas veces a tu imaginación, aquello que no puedes dejar de soñar» . (Cesar Pavese).

«Ten cuidado con tus sueños; son la sirena de las almas. Ellas cantan, nos llaman, las seguimos y jamás retornamos» . (Flaubert).

 

 

MARIO ROJAS

Era una tarde fría de principios de marzo de 1969, con un sol de invierno raquítico que se resistía a mostrarse primaveral. El arriba firmante acaba de cumplir 12 años. Había mucha humedad en las calles. La helada de la noche anterior parecía aguardar a la que caería tan pronto oscureciese. En la iglesia de San Tirso se celebraba el funeral por Ramón, un viejo indiano que vivía con su hermana en la buhardilla de nuestra casa en la plaza del Carbayón.

El funeral era una cita con la melancolía. Sentíamos mucho aprecio por aquel hombre que ponía toda la pasión del mundo jugando a las cartas y que en su decir conservaba expresiones cubanas además del acento. Ramón había regresado de La Habana con ciertos ahorros que le permitieron una jubilación cómoda, así como la compra de dos casas en Ciudad Naranco.
Cuando llegué a San Tirso, el funeral ya había comenzado, pues estaba anunciado para la misma hora de salida del colegio. No había mucha gente en la iglesia. Aun así, me quedé atrás, al no haber sitio libre en el banco donde estaba mi madre y el resto de la familia.
El sacerdote que oficiaba tenía una voz muy clara que resonaba con potencia en todo el templo, si bien he de confesar que mi atención se dispersó en el recuerdo de Ramón más que en la prédica y rezos del ministro del Señor.
El señor que pasó el cepillo no llegó a aproximarse al último banco en el que yo estaba.
Y, en un momento de la ceremonia, reparé en una niña rubia que estaba de pie en el primer banco a la derecha. No pude ver su rostro en ningún momento y, aun así, me llamó la atención el grado de ensimismamiento en el que parecía encontrarse. Su melena rubia, que le llegaba hasta la cintura, resplandecía. Pura quietud con su no sé qué de solemnidad y recogimiento. Llevaba un abrigo claro, creo recordar que de color beis. Fue la luz del momento, la tersura que alivió la congoja. Fue un bálsamo contra el dolor por la muerte de aquel anciano tan entrañable.
Me preguntaba qué parentesco la podía unir con Ramón, al tiempo que deseaba ver su cara. Del primero al último banco compartíamos, barruntaba yo, una experiencia melancólica. Y no podía dejar de imaginarme lo que sus ojos estarían expresando en aquel momento: tal vez ausencia, tal vez tristeza, tal vez quién sabe qué.
Fue la vez primera en mi vida en la que una mujer me inquietó, que me llevó a preguntarme cosas, que me impulsó a inventarme una conversación que nunca tuvo lugar. Siempre tuve presente que la primera mujer que me llamó la atención en mi vida fue aquella muchacha a la que no le pude ver su cara; acaso por eso fue mi primera experiencia en la que, tras un punto de partida, el resto fue imaginación.
Acaso por eso podría pensarse que el enamoramiento y la seducción tienen mucho más de cosecha propia que de realidad más o menos tangible. Con aquella muchacha rubia siempre me quedará pendiente el paseo que no dimos juntos a la salida del funeral, paseo con el que me recreaba ya antes de que concluyese la ceremonia.
Aquel funeral en San Tirso. Eros y Tanatos. No cabría hablar de enamoramiento, sino más bien de aproximación a una cierta magia, a un hechizo que surgió de repente, a una incógnita que nunca llegaría a despejarse.
A la salida del funeral, no vi a la muchacha rubia, que seguramente abandonó el templo más tarde. Esperé por mi madre y nos fuimos a casa. Deseaba estar solo lo antes posible.

Tras la merienda, con los deberes desplegados sobre la mesa, me fue imposible concentrarme en algo que no fuera la muerte de Ramón y la chica rubia del primer banco en el funeral.
Eros y Tanatos. En cuanto a la muerte del vecino de la buhardilla, lo cierto es que, más allá de la aflicción, desde la perspectiva de un preadolescente de 12 años, me figuraba la vida de aquel hombre como algo plagado de episodios infinitos, como una trayectoria marcada por años entonces casi incontables. Su infancia en Corias de Belmonte. Su viaje a Cuba siendo casi un niño. Sus largos años de estancia en la Habana, sus trabajos y sus días casi innumerables, hasta el regreso a Oviedo con los suficientes ahorros para poder vivir como rentista y asegurar también un buen futuro para su hermana y sobrino.
Existía la muerte, sí. De hecho, acaba de vivir el fin de los días de Ramón con cierta congoja, pero la vida, sin ser eterna, era larguísima. El ‘muro cano’ del que habla Jorge Guillén en un inolvidable poema sobre la muerte no podría acecharme a los 12 años. Por tanto, nada de angustia y la congoja estaba llamada a cicatrizar pronto.
¿Y qué decir del amor, o, más bien, de aquel aperitivo de enamoramiento que acababa de vivir? Pues el misterio de no ver su rostro, la magia del momento en que reparé en su melena, las preguntas que en todo momento me hice, la conversación y el paseo que mi imaginación concibió, su presencia imprevista y balsámica, fueron ingredientes para que aquella tarde con los deberes delante, construyese un relato que nunca llegó a suceder. Le puse cara y voz, mirada y parpadeos. Se lo puse todo menos un nombre que la sacaría del anonimato y que pondría romper aquel sortilegio.
Pasaron los años y su recuerdo reapareció en los libros, en una narración de Eça de Queiroz que tiene por título ‘Rarezas de una muchacha rubia’ y también en un hermoso poema de Blas de Otero, ‘Mademoiselle Isabel, rubia y francesa’.

Aquel funeral en San Tirso: Balbuceos de Eros, eternidades de Tanatos.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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