«Platón quería que gobernasen los filósofos; no pidamos tanto, reduzcamos al mínimum nuestro deseo, pidamos que no nos gobiernen analfabetos. Y aún peor, señores, que los analfabetos intelectuales son los que a la vez practican el analfabetismo moral». (Ortega y Gasset).
Ministros de España, el señor Méndez de Vigo y el señor Fernández, con sus carteras de Educación e Interior respectivamente. Ministros de un Gobierno reaccionario y con un inequívoco afán de contrarreforma.
Al primero, según acaba de declarar en una entrevista, le parecía lúgubre, por no decir tétrico, un retrato de Unamuno que hizo Gutiérrez Solana en 1936. Por eso ordenó retirarlo. Por eso –y también– para que no estuvieran frente a frente ValleInclán y el ex rector salmantino.
¡Ay! Tengo para mí que lo en verdad le molesta el señor Ministro de Educación es la heterodoxia de Unamuno en cuestión religiosa. Si esto fuese así, como intuyo, se entiende mal que conserve el retrato de Valle, a no ser que desconozca la obra de don Ramón. Si lee ‘Divinas palabras’, se sentirá testigo de una especie de enloquecedor aquelarre y le faltará tiempo para ir en busca de auxilio espiritual.
¡Ay! Pero, más allá de las hipótesis, lo que manifiesta don Íñigo acerca de lo inquietante del retrato pone de relieve que no comprende, o que se niega a comprender, lo que plasma Solana de inquietud y angustia en un año como 1936, angustia que refleja el semblante del gigante del 98. Si todo un ministro de Cultura no es capaz de asimilar una representación pictórica de un momento histórico concreto, muy mal vamos.
¡Ay! Pero es que además la máxima autoridad política en materia educativa y cultural confiesa que le encanta un programa televisivo de cine en el que se reponen películas en su mayor parte casposas, en su mayor parte de la España cañí. ¡Madre mía!
Por su parte, no es poca la escandalera que hay a resultas de que don Jorge Fernández Díaz, nuestro ministro del Interior, haya recibido recientemente a don Rodrigo Rato, sobre el que recaen últimamente sospechas que dieron lugar a procesos abiertos. Aun en el supuesto de que los temas de conversación abordados hayan sido los fisiócratas o recuerdos de los tiempos del cuplé, la metedura de pata de don Jorge es soberana y debería dar lugar a la dimisión o al cese. Pero esto es España, y aquí, ya se sabe, nunca pasa nada.
O sea, tenemos a todo un ministro de Educación y Cultura a quien le desasosiega un retrato de Unamuno. O sea, tenemos a un ministro del Interior que, a la hora de recibir a ciudadanos, el criterio que más parece prevalecer es el amiguismo.
Ministros de España, de la España más casposa y reaccionaria, de la España del amiguismo.
¿Hay alguna maldición para que en este país, en lo esencial, nada cambie en lo que respecta a su vida pública, en lo que respecta a su reaccionarismo, en lo que respecta a ese analfabetismo, también moral, del que habló Ortega en su momento y que reproduzco en el encabezamiento de este artículo?