« Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos » . (Chesterton).
« La única educación eterna es ésta: estar lo bastante seguro de una cosa para atreverse a decírsela a un niño ».
(Chesterton).
Recupero a ráfagas imágenes de aquella tarde de invierno. El autobús estaba detenido en el semáforo de la calle Argüelles. Cruzamos camino del Filarmónica. ‘Doctor Zhivago’ era la película que ponían a las siete y media. El patio de butacas estaba casi lleno. Recuerdo el tren, recuerdo los paisajes invernales, recuerdo la serenidad que transmitía el protagonista en aquellos lances tan difíciles en los que le tocaba desenvolverse. Recuerdo la tristeza que inundaba la sala. Se diría que la historia que allí se proyectaba no era sólo entretenimiento. Se diría que había en la trama un dramatismo contagioso. Frío, mucho frío, el de los escenarios y paisajes. Y silencio, mucho silencio, entre un público que apenas gesticulaba. Se diría también que, entre los espectadores, no pequeño número había visto ya la película, o, en todo caso, conocía la historia.
MARIO ROJASNunca pregunté por qué me habían llevado a ver aquella película. Tal vez, me tocó ser mero acompañante. Sea como fuere, puedo decir que no me quedé con la historia, pero sí con su atmósfera donde el sufrimiento era omnipresente, donde el mundo no parecía estar concebido a la medida de los sueños, sino de las pesadumbres. Al héroe, representado por Omar Sharif, la suerte no le sonreía. Supe, bastantes años después, que muchas escenas de aquella película se habían rodado en España. Y es uno de los pocos casos en que el libro lo leí mucho después de haber visto la película. Y, a decir verdad, no establecí comparaciones porque el largo lapso de tiempo hizo que la versión cinematográfica no solapase la lectura.
Lo llamativo del caso es que fue tal el modo en que penetró en mí aquella atmósfera de drama y dolor que hasta los momentos anteriores a la película, sobre todo el del trayecto desde la plaza del Carbayón hasta el Filarmónica, se empaparon en mi recuerdo de desgarro y tristeza.
No eran indios contra vaqueros. No era un duelo de principio a fin entre el bueno y el malo, con o sin un feo por el medio. No era un espectáculo trepidante y lujoso de romanos. Aquello era otra historia muy distinta, una historia que calaba, como el frío y la humedad, hasta los huesos.
Pero, por fortuna, aquella película fue una excepción en la niñez. Pero, por fortuna, el Filarmónica tendría protagonismo en mi infancia más allá de ‘Doctor Zhivago’. Recuerdo una ocasión en que vimos la película de turno desde gallinero. Y lo más novedoso fue que accedimos al cine, no por la puerta principal, sino por otra mucho más pequeña que se encontraba al lado. Llegamos con la función empezada. Era del Oeste. Y jamás olvidaré que, en la fila uno había una pareja que no paraban de discutir, si bien nadie les llamó la atención. Y hubo un momento en que dos fornidos pistoleros echaron un pulso. Fue entonces cuando la susodicha pareja se concedió una tregua y pusieron toda su atención en aquel lance. Si la memoria no me falla, al lado de cada brazo, clavadas en una madera, había una navaja.
También hubo películas en las que los buenos no acabaron bien: ‘Murieron con las botas puestas’. El héroe salía, claro está, bien parado ante el público espectador. Cierto es que el contratiempo de que los buenos no triunfasen en nada se pareció en este caso al poso de tristeza que había dejado entre el público la versión cinematográfica de la novela de Pasternak.
Sin duda –y perdón por la obviedad- todo era ficción, pero hasta un niño podía percatarse de las enormes diferencias que podía haber entre una historia concebida para el entretenimiento, o el enaltecimiento de un mito, como era el caso de ‘Murieron con las botas puestas’, frente a otras como ‘Doctor Zhivago’ en las que se contaban tramas mucho más cercanas a la realidad de lo que hasta el espectador más avispado podía imaginarse. Y es que, volviendo a ‘Doctor Zhivago’, confieso que no pude no pensar en esta película cuando leí unas luminosas y terribles páginas de Cioran en las que establece dramáticos y trágicos paralelismos entre Rusia y España, entre España y Rusia.
Por otra parte, el Filarmónica no es solo el cine más próximo a mi infancia, sino que además su estética está marcada por la nobleza de un marco que es adecuado al cuadro.
En el Filarmónica, tuve la suerte de recibir en 2007 una distinción concedida a resultas de la presencia de un libro mío, el que tiene por título ‘Ortega y Asturias’, en la Asturias de la emigración. Y es que hablo de un entorno de palabras e imágenes, en este caso, cinematográficas, que forjó y moldeó un mundo a la medida de mis sueños, ese mundo que descubrimos en la infancia a golpe de asombros y afanes por aprender y jugar.
Pero, ante todo y sobre todo, el Filarmónica fue también el escenario en el que la Academia de la Llingua me hizo el honor de invitarme a intervenir en la ceremonia del Día de Les Lletres asturianes en 2012. En aquel discurso, intenté devolver las palabras y los sueños a mi mundo en Lanio y en Oviedo, a la biblioteca de mi padre, a los trabajos y los días de un universo que conocí e interioricé, con la lengua de los sueños, los juegos, las aventuras y las personas que marcaron mi vida.
Y no dejó de ser un magnífico regalo haber tenido la oportunidad de manifestar todo aquello en el Filarmónica, el cine que más frecuenté en mi infancia, el cine en el que vi historias que se fundieron y confundieron con ese arsenal onírico que, en última instancia, nos sostiene.
Y nos tiene.