Una historia no es sólo verdad cuando se narra cómo ha sucedido, sino también cuando relata cómo hubiera podido acontecer (Johannes Mario Simmel).
Bien mirado, la paradoja no puede ser mayor: hablamos, a un tiempo, del crimen de nuestra guerra civil que más horrorizó al mundo y también de los enigmas que empiezan tras el fusilamiento, enigmas que se multiplican cada vez que se conmemora la tragedia que se cebó sobre el autor del ‘Romancero gitano’. Federico, el poeta siempre vivo, cuyo cadáver no se sabe a ciencia cierta dónde está. García Lorca, el autor teatral que, con una fuerza poética envidiable, hizo decir a uno de sus personajes que a la muerte había que mirarla cara a cara. Por otro lado, se diría que esa misma dama de la guadaña quiso ocultar sus restos para siempre. La paradoja, así pues, no puede ser mayor: un cadáver que no se localiza a ciencia cierta y, al mismo tiempo, un mito que está cada día más vivo.
La España que le dio muerte, desde el odio a la genialidad y a todo lo que fuese magia, no podía imaginarse ni de lejos que, con el paso del tiempo, su crimen no iba a ser olvidado, sino que, antes al contrario, iba a estar más presente que nunca en el país que lo vio nacer y en el deslumbrante mundo en el que vivió su víctima.
Cada nueva indagación demuestra que aquí algo juega al escondite. El paso del tiempo no hace más que acrecentar el pudor de la muerte misma que se niega a que se encuentren los restos de un crimen que conmovió al mundo.
Cada año, la memoria colectiva culmina su peregrinación al lugar donde supuestamente pueden encontrarse los restos de Lorca. Pero resulta que no se da con ellos, pero resulta que no hay algo material a lo que rendir culto. Pero resulta que los versos más inmortales de Federico suenan y resuenan dando vida a una obra inmortal. Pero resulta que el conmovedor poema de Machado tras el asesinato de Lorca se convierte en el himno coral de la memoria. Pero resulta que la tragedia y el drama se presentan y se representan sin una hornacina visible y tangible a la que dirigirse.
Y es que –fíjense bien– es ella, la muerte, la que se diría que no resiste ser mirada cara a cara por todos los que se sobrecogen ante el recuerdo de Federico. Es ella, es la muerte, la que huye. Es ella, la muerte, la que se vuelve esquiva.
¿No es esto que digo la prueba irrefutable de un simbolismo gigantescamente trágico? ¿No es esto que digo la demostración más dramática de que los clamores contra un crimen monstruoso se niegan a certificar la muerte de uno de los grandes de la poesía y la tragedia?
Todo lo demás, todas las horas previas a su detención y asesinato, son los prolegómenos de una muerte a la que no le quedó más opción que esconderse y avergonzarse, porque –reitero– no se siente con fuerza para que la miren cara a cara.