«El hombre es, por encima de todo, heredero. Y que esto y no otra cosa es lo que le diferencia radicalmente del animal. Pero tener conciencia de que se es heredero es tener conciencia histórica» (Ortega y Gasset).
Querido Lisardo: Al tiempo que el Gobiernín llariego va ultimando su capítulo de nombramientos, también decidió acerca de la concesión de las medallas de oro y plata a empresas y personas que vienen destacando por sus contribuciones a la sociedad asturiana. Y me complace mucho que estés entre los galardonados. Me complace porque mereces sobradamente el reconocimiento público que simboliza la Medalla de Plata que te acaban de conceder.
Es incuestionable que la cultura asturiana te debe mucho y que, desde que ejerces tu labor como director general del Festival Intercéltico de Lorient, la música asturiana tiene en ti un embajador de lujo. Pero, más allá de eso, lo que conviene que se sepa es que eres una de las pocas personas que se viene ocupando de Asturias en tus trabajos y tus días desde hace mucho años. Es más, no sería exagerado afirmar que has consagrado y consagras tu vida a esta tierra.
Voy a permitirme, Lisardo, hablar aquí de las muchas conversaciones que tuvimos a lo largo de los años, especialmente de aquello que tienes tan claro al decir que «Asturies ye el país que nun quier ser». Y es esa falta de voluntad colectiva la que trae como consecuencia no pocos de los males que venimos padeciendo desde hace muchos años.
Algún día, querido Lisardo, tendrá que escribirse la historia de la transición en esta tierra y también la historia del asturianismo desde la caída de la dictadura a esta parte, asturianismo que, en lo político, cosechó muchos y sonados fracasos. Asturianismo que, en lo social, se encontró siempre con complejos que aún no pasaron por el diván, complejos que tienen mucho que ver con el hecho de que no pocas personas sienten vergüenza ante el hecho de que sus padres y abuelos calzasen madreñes y calasen boinas. Asturianismo que se encontró siempre con la falta de voluntad política y social para sentirnos y reclamarnos como pueblo.
Y lo paradójico del caso, amigo Lisardo, es que en no pequeña parte del asturianismo está lo más lúcido de esta tierra, en tanto que es, además de otras cosas, heredero de la etapa más brillante de la historia de nuestra Universidad.
En todo caso, amigo Lisardo, una vez expuesta la necesidad de un estudio exhaustivo y claro de las etapas que acabo de nombrar, considero que es de justicia que, a la hora de hablar de tu trayectoria en la vida cultural de esta tierra, se tenga en cuenta que tu aportación y tu obra no es sólo la erudición que atesoras sobre nuestra música, así como el empuje internacional que le vienes dando, sino que, además de todo eso, de por sí muy relevante, hay que tener en cuenta el todo y no una de las partes.
Y ese todo es tu asturianismo irrenunciable, a contracorriente, en una tierra que no quiere creer en sí misma, en una tierra que, por lo común, rinde culto y pleitesía al foráneo por el hecho de serlo, en una tierra que padece las consecuencias de estar en el extremo contrario del chauvinismo, en una tierra que aún no asumió oficialmente que la palabra ‘esperteyu’ no es menos digna y menos culta que su equivalente en castellano, en una tierra que, oficialmente, no hace suya su propia lengua.
Y hacerla suya no es ir contra ninguna otra, sería sumar y no estar, con perdón por incidir una vez más en lo obvio.
Lo dicho, querido amigo, me alegra que se haya hecho justicia reconociendo tu trayectoria, una trayectoria, insisto, en que lo único a destacar no es tu contribución a la música, sino tu asturianismo, un asturianismo omnipresente en tus trabajos y tus días.