Sociedad del espectáculo, a menudo circense, por lo común, puro vodevil. Devoción, obscena, al Acontecimiento con mayúsculas. La mano en la nuca justo antes de que Rato se introdujera en el coche que lo llevaba a declarar. Imagen de apertura en los telediarios. ¿Y después? Palabrería en las tertulias, obviedades en las columnas de opinión. Declaraciones obligatoriamente previsibles, en las que sólo varía que se abra más o menos la boca para soltar la perogrullada de turno. Rodrigo Rato, un juguete roto que vivió de las rentas desde el apogeo del azanarismo hasta que las circunstancias, encadenadas de forma endiablada, lo llevaron a ser poco menos que un apestado. Y, dos guindas, para poner fin al adorno del pastel: de un lado, su entrevista con el titular de Interior, con toda la escandalera política y mediática que trajo consigo. Y, por otra parte, la confusa historia de la detención de un supuesto testaferro suyo.
No nos engañemos. De entrada, cuando su imagen entrando en el coche dio tanta truculencia a los telediarios, era previsible que estábamos ante una puesta en escena del circo con que acostumbran a entretenernos. Pero, ¡ay!, tan pronto transcendió que fue recibido por el Ministro que se encarga de velar por el orden en nuestro país, el contrapeso a su aparente calvario mediático fue de órdago. Miren, no puedo saber los entresijos de esta historia; pero no cabe ninguna duda de que el apestado Rato hizo toda una demostración de poderío al ser recibido nada menos que por el señor Fernández Díaz. Todo un aviso a caminantes y a navegantes: desde los ámbitos del poder gubernamental parecía escenificarse que Rato sigue siendo de los suyos. Desde su propia estrategia, quedaba claro que, en apariencia, no está desprotegido ni abandonado. Lo dicho: el contrapeso a su calvario.
¿Qué pasa con Rodrigo Rato? ¿No es cierto que la detención del ciudadano al que los medios consideran su testaferro recuerda –mutatis mutandis– a aquel episodio, que no está claro que hubieran podido llegar a concebir ni Dostoievski ni Kafka, en el que, tras comparecer el señor Gil ante el juez, el detenido fue su abogado?
¿Qué pasa con Rodrigo Rato? Consta que, bajo su dirección, Caja Madrid acabó en la ruina, aunque su antecesor también colaboró lo suyo. Consta también que fue muy laxo con el uso y abuso de las tarjetas opacas, tanto personalmente como también a la hora de dejar hacer al resto de poseedores de tan inaceptable privilegio. Consta también que está siendo investigado por determinadas prácticas no muy filantrópicas. Consta, en fin, que su presunto testaferro está corriendo, a día de hoy, peor suerte que el propio don Rodrigo.
Tocó la campana con la entrada en bolsa de Bankia. Campanazo el suyo omnipresente en la memoria mediática. Y, desde luego, la cuenta de resultados de la entidad no mejoró mucho a resultas de su gestión. Luego vendrían las escandaleras a las que acabamos de hacer alusión.
¿Qué pasa con Rodrigo Rato? Apestado y, al tiempo, protegido. Muñeco de pimpampum de un tiempo y un país donde los despilfarros fueron hiperbólicos. Estrella de la política económica del aznarismo. Protagonista de episodios de sainete como el de sus cojines, que recuerda a una canción de Peret.
¿Y qué decir de todos aquellos que lo adularon hasta la náusea y que a día de hoy se muestran escandalizados? ¿Y qué decir de un Gobierno que saca pecho afirmando que la ley es igual para todos pero que lo recibe en un despacho oficial? ¿Y qué decir de todas las autoridades políticas que llevaron la ruina las Cajas de Ahorro y que desvirtuaron el significado que tuvieron cuando se fundaron?
¿Qué pasa con Rodrigo Rato? No nos engañemos: no es un garbanzo negro, no es un patito feo entre cisnes. Nada de eso: más bien se trataría de la personificación de unos comportamientos que no fueron, ni mucho menos, un caso aislado.
Y, en cualquier caso, esto no es una catarsis, sino un episodio más de ruido y furia en un ceremonial de la confusión estridente y vodevilesco hasta lo insufrible.
Y lo dicho: no perdamos de vista su aviso a navegantes y a caminantes. Ahora bien, ¿sólo ‘avisó’ el propio interesado?