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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Atrapados en la insularidad

«Hay caballos asturianos, de alma asturiana, inconfundibles con sus semejantes; son los caballos de los curas de aldea, de los médicos de pueblo, animales llenos de apariencia, peludos, encanecidos, desengañados, que parecen sonreír amargamente con su belfo inferior caído bajo los dientes de color ocre. Y perros asturianos, famélicos y huesudos, como los perros del Señor en las encáusticas de Gadi y Memmi; esos perros de las alquerías, doctores en ciencias misteriosas, que tumbados bajo el hórreo ladran soñolientamente sin dignarse mirar al transeúnte, y por las noches aúllan venteando a la muerte. Por doquiera asoma un hondo sentimiento de pesimismo panteísta, romántico, opuesto a la clásica serenidad del mediodía» (Pérez de Ayala).

De nuevo, la fiesta oficial de Asturias. De nuevo, los discursos oficiales que, me temo, resultarán tan hueros y complacientes como viene siendo costumbre. De nuevo, a pesar de todo, muchos nos preguntaremos no sólo por el presente que protagoniza nuestra vida pública, a decir verdad, poco alentador, sino también por aquello que somos y, sobre todo, por cómo nos sentimos, en tanto pueblo, en tanto sociedad. De nuevo, algunos seguimos preguntándonos por qué no se habilita una conmemoración civil sin excluir la festividad religiosa. La conmemoración de un 25 de mayo, día en el que, con todos los matices que se quiera, la ciudadanía asumió el protagonismo de la vida pública.

Pero, ante todo y sobre todo, toca preguntarse cómo se siente Asturias dentro de un país al que seguimos llamando España, y toca insistir en nuestro síndrome de insularidad, que, curiosamente, hace que, sintiendo nuestro asturianismo tan a flor de piel como el territorio que más pueda reivindicar eso que llaman «hecho diferencial», no nos agobia el resto del país en la medida en que ese síndrome constituye todo un respiradero.

Una tierra que en su momento acuñó moneda propia, que llevó a cabo una revolución que la puso entonces en vanguardia de la historia, que tiene una lengua, acaso agonizante, pero no muerta como muchos desearían, que, en sus momentos de esplendor, se mostró abierta y solidaria, que siente lo agridulce en la entrañas como el paisaje otoñal, que cuenta con una hermosísima palabra («señardá») para referir el mencionado sentimiento agridulce, que se sabe alejada, tal y como dieron literariamente cuenta Clarín, en ese arranque antológico de su narración que tiene por título ‘Doña Berta’, así como Pérez de Ayala que manifiesta y percibe que lo agridulce habita hasta en los perros y los caballos que viven en nuestras tierras.

Una tierra que, al mismo tiempo, sabe disfrutar de su propia insularidad, ofreciendo a sus habitantes esa atmósfera de lo atopadizo, término del que, por cierto, se ocupó Ortega, sugiriendo, nada menos, que debería ser incorporado al discurso filosófico: «En suma, el Mundo como ‘resistencia’, a mí me revela el mundo como ‘asistencia’. Si fuese sólo ‘ubmeimlich’, desazonador, ‘infamiliar’, me hubiera ya ido, y el sentimiento de «infamiliaridad» o desazón, no existiría si no existiese su opuesto: lo atopadizo y sazonado». En atopadizo, abre Ortega una nota a pie de página que dice: «Este vocablo asturiano es el único que traduce exactamente el ‘heimilich’, el ‘gemülich’ alemán y el ‘cosy’ inglés». (Entre paréntesis: los que sienten tanto odio por el asturiano deberían reparar en estas palabras de Ortega).

Una tierra, en suma, con su historia y con su modo de sentirse en el mundo. Una tierra, cuyo discurso tendría que ir mucho más allá del covadonguismo, sin que ello implique desconsideración alguna a las creencias de cada cual, sin que ello implique tampoco que no reconozcamos el hechizo y la belleza de Covadonga.

Una tierra que sigue instalada en su insularidad y que, de otro lado, lleva demasiados años en el furgón de cola de España, furgón de cola del que no nos sacaron los gobiernos autonómicos que hemos venido teniendo desde la transición a esta parte.

Atrapados, pues, en ese bucle de insularidad que conlleva melancolía, lo que no debería ser obstáculo para pensar en nosotros mismos y en reivindicarnos, sin incurrir en chauvinismos, tal como somos, tal como nos sentimos.

Se trata de eso: de dar forma a lo que somos y a cómo nos sentimos, de dar forma a través de un discurso público en el que se nos haga sitio como pueblo, como historia, como presente y como proyecto de futuro.

Pero, me temo, un año más, que seguiremos escuchando y leyendo topicazos que nos agarrotan y nos paralizan.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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