Nació un 13 de septiembre, en el mismo mes en el que ‘Al Alba’, su obra maestra, se hace omnipresente, recordando el episodio de los últimos fusilamientos de Franco que suscitó aquella canción de amor memorable. Siempre Aute, siempre el artista total que se expresa componiendo música, escribiendo poemas y pintando. El artista total que, además, no tiene incoherencias que ocultar y que en todo momento mantuvo su independencia a salvo, que jamás justificó lo injustificable y que no se sumó a ningún pesebre.
Siempre Aute, sin ñoñez, sin sentimentalismos empalagosos, sin ingenuidades hueras. Amor y muerte. Paz que se reclama desgañitándose. Historias que terminan mal y que no están exentas de dolor. Prohibición para lo panfletario y los maniqueísmos. Metáforas logradas que, en muchos casos, van más allá de efectismos de ocasión. Referente de un tiempo y un país que no se vendió nunca al mejor postor, que no se doblegó ante halagos del poder.
Siempre Aute, digo. Aquella noche más larga tan temida, aquella madrugada en la que los fusiles se dejarían oír. Aquella danza macabra que se percibía minuto a minuto.
Siempre Aute: no se sumó, como otros cantautores, a coros y danzas de nadie. Se manifestó con discreción pero con claridad cuando el desencanto hizo mella en aquella España que no se esperaba tanto entreguismo, tantas renuncias y renuncios. Y siguió pintando, escribiendo poemas y componiendo canciones. Y siguió con su bagaje artístico, con su Albanta, es decir, con su utopía y su coherencia.
Siempre Aute, todo un superviviente que preservó en todo momento la independencia, que no defendió lo indefendible ni justificó lo injustificable, que se centró en cantar y contar lo que vivía y lo que pasaba sin guiños a ningún poder.
Siempre Aute, todo un ejemplo de la obra bien hecha y de la coherencia ante lo público. Me consta que en todo momento tuvo presente aquello que dijo Camus a propósito del compromiso público de los intelectuales y artistas, y que, llegado el momento, no se dejó deslumbrar por unas siglas que sirvieron de coartada a intereses muy ajenos a lo que supuestamente simbolizaban.
Todo un bálsamo frente a tanta impostura. Todo un respiro frente a tanta mediocridad. Toda una garantía de autenticidad para todos aquellos que asociamos vivencias inolvidables con acordes y canciones suyas, autenticidad que nos sirve de desquite al saber que no hemos estado acompañados siempre de letras y músicas que, al final, se quedarían emponzoñadas por falacias e intereses bastardos y sórdidos.
Siempre Aute. Siempre ‘Al Alba’. Siempre esa hora en la que alguien tenía que apurar el postre. Esa hora, sí. ¡Ay, esa hora! Las cuatro y diez.